El último francotirador

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Kevin Lacz. / A. Ferreras / V. Carrasco

  • Kevin Lacz, exmiembro de los SEAL, el cuerpo de élite de la Marina de los Estados Unidos, ha escrito un libro contando su experiencia en Irak

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¿Qué siente un francotirador cuando mata? Kevin Lacz permanece en silencio un par de segundos y esboza una sonrisa antes de responder. «Solo el retroceso del arma». ¿Ninguna emoción, pese a acabar con una vida humana? «Cuando comprendes lo malas que son estas personas, no hay lugar para las emociones ni para las dudas. Un terrorista es un consumidor de aire. Nada más».

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  • La experiencia de Kevin Lacz en Irak, en imágenes

Kevin Lacz es un SEAL, un miembro del cuerpo de élite de la Marina de los Estados Unidos, y durante 2006 sirvió en Irak. El verano de ese año, probablemente el peor de la guerra, lo pasó en la ciudad de Ramadi, uno de los focos de la insurgencia. Su atalaya era una torre de seguridad, con el ojo derecho puesto en la mirilla de su MK11, un fusil semiautomático de ocho kilos y un calibre de 7.62 milímetros con la calavera de ‘The Punisher’ (Los castigadores, como se llamaba el grupo) grabada en la culata. La vida y la muerte era todo lo que veía a través de ese círculo. Lacz, un ‘armario’ de cien kilos de puro músculo, se considera ‘El último francotirador’; así se llama el libro (Editorial Crítica, 19,90 euros) que presentó ayer en Madrid, en el que relata sus experiencias en el frente de guerra.

Igual que a centenares de jóvenes como él, el 11-S fue la «fuerza motora» que empujó a Kevin Lacz (Meriden, Connecticut, 1981) a alistarse en el Ejército. «El padre de un amigo murió en las Torres Gemelas. Sentí rabia», explica. Estaba en la universidad, pero no era un buen estudiante, y vio que su camino podía estar en las Fuerzas Armadas.

Pero Lacz, apodado por sus compañeros como ‘Dauber’, no quería ser carne de cañón en la infantería. Aspiraba a «llevar la guerra al corazón del enemigo». Soñaba con convertirse en un SEAL, el cuerpo que se encarga de las misiones más arriesgadas en las zonas más peligrosas. Pero para lograrlo, debía superar un proceso de selección tremendo que en el Ejército americano llaman ‘La Semana Infernal’. «En cinco días dormimos cuatro horas en total. Empezamos cien hombres y acabamos 39. Este entrenamiento es una experiencia que no se parece a nada de lo que te puede ocurrir en la vida», recuerda. Pero era la puerta que había que traspasar si uno quería pertenecer a los SEAL. Lacz lo consiguió: Irak estaba más cerca.