Un humanista guiado por la misericordia

Abulense de Langa, José Jiménez Lozano recibió de sus padres un profundo sentimiento religioso que se traducía en la preferencia por los más desvalidos

Jiménez Lozano sentado, a la derecha, en un acto con Nicomedes Sanz y Ruiz de la Peña./Archivo Municipal
Jiménez Lozano sentado, a la derecha, en un acto con Nicomedes Sanz y Ruiz de la Peña. / Archivo Municipal
Enrique Berzal
ENRIQUE BERZAL

Periodista y escritor, humanista en el más amplio sentido de la expresión, José Jiménez Lozano llamó pronto la atención por la hondura religiosa de sus escritos, a cuya inspiración renovadora sumaba la voluntad de hacer del hombre, especialmente del más desvalido, el centro de sus desvelos. Una religiosidad a contracorriente y en diálogo constante con el mundo, la misma que aprendió en su casa materna de la localidad abulense de Langa, donde nació el 13 de mayo de 1930.

Considerado por muchos de sus colegas un místico de las letras, Jiménez Lozano se crió en un ambiente familiar presidido por la humanidad de Sofía Lozano, 'directora espiritual' de sus primeras aficiones literarias, la presencia protectora de Eugenio Jiménez, secretario del Ayuntamiento, y la no menos decisiva influencia del abuelo materno. Más que leer, lo que solía hacer de niño era, según su propia confesión, escuchar.

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De la caridad de Sofía Lozano, mujer profundamente religiosa, da cuenta la costumbre de acoger en el hogar a refugiados de una guerra civil cuyo recuerdo y consecuencias marcaron los primeros años del escritor. Y es que aquella infancia en Ávila, que siempre recordó como una especie de paraíso clausurado, vino presidida por la querencia paterna a aliviar el sufrimiento de los derrotados: «Mis padres me dieron una educación convencional de clase media, probablemente llena de paternalismo y de todos otros defectos y traumas, que tanto entretienen hoy a psicólogos y pedagogos; pero tengo clara una cosa: en medio de aquella posguerra civil, llena de odio y violencia, con pobreza solemne y aplastamientos, aprendí la misericordia por los que sufrían, que implicaba ayudarles de inmediato como se pudiese y, desde luego, la escucha también de lo que tenían que decir», confesaba en 2002.

Realizó los estudios primarios en su pueblo natal, «en una menesterosa escuela rural» que, sin embargo, significó para él un excelente entrenamiento en todo lo relacionado con el ansia de saber. Licenciado en Derecho en 1956, su experiencia como pasante en el bufete madrileño de Gil Robles y la extrema severidad del Código Penal frustraron sus expectativas. Decidió entonces dedicarse al periodismo, oficio que consideraba perfectamente compatible, cuando no complementario, con su vocación literaria.

Enseguida destacó por la hondura existencialista de sus escritos, que transmitían un cristianismo 'de frontera' y una clara preferencia por santos que cuestionaron la ortodoxia y por heterodoxos ejemplares. De mediados de los 50 son sus colaboraciones en la revista 'Destino', tituladas «Cartas de un cristiano impaciente», letras de matiz existencialista compartidas con José Luis López Aranguren, mientras en El Norte de Castilla sustituía al sacerdote José Luis Martín Descalzo en la agustiniana sección «La ciudad de Dios». Defensor de un cristianismo ecuménico en diálogo con la cultura de su tiempo, aquellos artículos eran todo menos convencionales, buscaban sacudir la conciencia del lector, incomodarle sin caer en la moralina al uso. Suponían, de hecho, un contrapunto, repleto de religiosidad, de aquel nacionalcatolicismo de los años de plomo. Ya Miguel Delibes, que lo fichó definitivamente a principios de los años 60, destacaba de él su «cierto ensimismamiento de sabio distraído» y, sobre todo, su «rigor intelectual y una cierta disconformidad con el catolicismo imperante».

Su 'Cristiano en rebeldía' (1963), primer ensayo publicado sobre esta temática, da buena cuenta de ese cristianismo de frontera, hondamente humano y apegado al mundo moderno, pues él mismo confesaba que su objetivo no era otro que remover el «amodorrado panorama del catolicismo español». Si dos años antes había recorrido, en apenas 15 páginas, las conexiones históricas entre cristianismo y judaísmo en 'Nosotros los judíos', en 1966, a resultas de lo acontecido en Roma con el Concilio Vaticano II, vio la luz su 'Meditación española sobre la libertad religiosa', una valiente y sosegada aportación al problema político-religioso en España, siempre desde la perspectiva de quien se identificaba con la apertura religiosa que suponía el histórico cónclave.

'Los cementerios civiles y la heterodoxia española' (1978), considerado su mejor ensayo, recorre la historia del fanatismo y la incomprensión en suelo español para decantarse finalmente por el entendimiento y la tolerancia; en él señala, por ejemplo, que muchos de los que yacen en los cementerios civiles «fueron precursores de lo mejor de nuestro tiempo». Recorrió nuevamente esta senda de tolerancia en 1982, con 'Sobre judíos, moriscos y conversos', libro centrado en la convivencia y los conflictos que en el pasado vivieron en España judíos, islámicos y cristianos: «Nuestra instalación de ahora mismo en la historia, nuestra conciencia de nuestro yo colectivo sería distinta si no se hubiera dado primero una convivencia entre esas tres naciones o castas, la islámica, la hebraica y la cristiana», puede leerse en este ensayo.

Su 'Fray Luis de León', publicado en 2001, es un retrato repleto de dramatismo, centrado en las pasiones desencadenadas por el proceso inquisitorial a que se vio sometido el protagonista entre 1572 y 1576, mientras que su capítulo del libro 'Sobre Teresa de Jesús', publicado en 2015 junto a Teófanes Egido, se sirve de la ficción literaria para ubicar al personaje en su contexto histórico, despojándolo de todo ropaje hagiográfico.

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