Los fundamentos del mito

Catedral de Colonia (Alemania), que alberga la tumba de los Reyes Magos. /Reuters
Catedral de Colonia (Alemania), que alberga la tumba de los Reyes Magos. / Reuters

Marco Polo vio la tumba original de los Reyes en Irán y sus cuerpos se guardan en la Catedral de Colonia

V. A.

Llegadas estas fechas, abundan los entusiastas de la desmitificación. No les será difícil encontrarlos. Están por todas partes. Le explicarán que los Reyes Magos seguramente no existieron, que los Evangelios no dicen que fueran tres, ni sus países de origen, ni su edad. Sin embargo, en lo relativo a este mito, la ilusión cuenta con buenas apoyaturas.

Para empezar, no está claro que los Magos sean una invención literaria del evangelista San Mateo, motivada por el propósito de extender el mensaje cristiano a los gentiles, los no judíos, como defienden algunos teólogos e historiadores. Algunos datos dan verosimilitud a la hipótesis de un fundamento real. De hecho, los testimonios de la época, y los hallazgos posteriores, acreditan que en el tiempo en el que se supone que nació el Jesús histórico coincidieron varios acontecimientos astronómicos singulares que pueden explicar la referencia a la estrella brillante de Belén.

Es cierto que los Evangelios no dicen que los Reyes visitaran al niño en el pesebre de Belén, en contra de lo que sugiere la imaginería popular de estas fiestas, sino en su casa, quizás cuando tenía entre uno y dos años de edad. Pero eso solo refuerza la verosimilitud histórica del relato, porque ese tiempo «es compatible con el que podía requerir en la época un viaje como el iniciado por los Magos», explica Francisco Gómez.

Que el niño que vieron los Reyes no fuera un recién nacido explica también por qué Herodes ordenaría matar a los niños de menos de dos años, pues esa es la edad que podría tener Jesús cuando los magos pudieron verlo. La referencia bíblica a los dos años no se entendería si los Reyes fueran solo un invento literario.

No solo eso. Los hombres de aquel tiempo estaban convencidos de que los Magos de los evangelios existieron y de que fueron enterrados. Marco Polo, en el siglo XIII, asegura, en el libro de sus viajes, que ha visto las tumbas de los Reyes Magos en Saba, una localidad iraní situada a 400 kilómetros de Teherán. Lo que Marco Polo vio fue el cenotafio de los Reyes, o sea un monumento funerario donde ya no estaban los cadáveres, pero que seguía suscitando la veneración de los residentes. Que no estuvieran los cuerpos es coherente con lo que sabemos del devenir de sus reliquias. Santa Elena, la madre del emperador Constantino, trasladó sus restos a Constantinopla. Desde allí, en el siglo V, San Eustorgio los desplazó a Milán. Y, más tarde, en el siglo XII, con motivo de las luchas entre el Papa y Federico Barbarroja, el obispo de Colonia se las llevó a su diócesis, donde construyó una Catedral en su honor que aún conserva sus restos.

Por otra parte, es verdad que la Biblia no dice que los Reyes fueran tres, y que en algunas épocas llegó a creerse que pudieron ser muchos más, hasta 60, pero el número de tres es coherente con el número de regalos (oro, incienso y mirra), dado que parece razonable que cada uno llevara uno distinto. También es cierto que la negritud de Baltasar surge con el inicio de los contactos comerciales con el continente africano, pero finalmente quedó fijada en la tradición porque contribuía a simbolizar de forma eficaz la pluralidad de razas que los Reyes representan. Una de las primeras expresiones artísticas que muestra a Baltasar como persona de color es el tríptico de la Adoración de los Reyes Magos de Covarrubias.

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