Espíritu cristiano abierto al ser humano

Las Edades del Hombre, que ideó junto al sacerdote José Velicia, y muchas de sus novelas revelan la hondura espiritual, siempre reconciliadora, de José Jiménez Lozano

José Jiménez Lozano con José Velicia en su casa de Alcazarén./
José Jiménez Lozano con José Velicia en su casa de Alcazarén.
Enrique Berzal
ENRIQUE BERZAL

La gestación de Las Edades del Hombre, icono cultural y seña de identidad artística de Castilla y León más allá de nuestras fronteras, no puede entenderse sin el concurso personal e intelectual de José Jiménez Lozano. Y es que el escritor y periodista no solo estuvo en el germen de la idea, que podríamos simplificar en la voluntad de abrir el tesoro artístico de la Iglesia al mundo y revelar la íntima conexión del misterio con los anhelos más íntimos del hombre, sino que su bagaje cultural resultó indispensable para el éxito de la primera edición, inaugurada en la Catedral de Valladolid el 24 de octubre de 1988. Un proyecto impulsado en unión con el sacerdote vallisoletano José Velicia, quien alumbró la idea tras visitar la exposición 'Thesaurus' de Barcelona, en 1985.

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Como recordaba Amando Represa en 1992, el abulense «dotó de jugo y savia» al certamen «sugiriendo capítulos, señalando temas, inventando títulos, y dotándolas, en fin, de la necesaria garra para que los objetos a exponer (tallas, óleos, retablos, libros o documentos) no fueran sólo eso, 'objetos', sino un mensaje a la contemplación del espectador, que armonizara, a su vez, la belleza o la cultura, con el pensamiento y el ejemplo». El mismo Jiménez Lozano le confesaba en 2007 a María Merino, autora de una biografía del escritor, que «la idea se le cayó a José Velicia de las manos mientras estábamos asando patatas en la chimenea de la cocina en que trabajo con frecuencia. José Velicia acababa de llegar de Barcelona donde había visto una exposición realmente de joyas artísticas, pero como amontonadas con un excelente pero frío criterio académico. ¿Qué podríamos hacer en esta tierra nuestra para mostrar el patrimonio artístico de ella? Y nos pareció que podría hacerse de otro modo más vital, según la sucesión del sentimiento religioso».

En efecto, el de Langa se encargó del guión de la primera exposición, basado en diez capítulos, ayudó a elegir las obras artísticas, redactó textos y contactó con terceras personas para que se sumaran a Las Edades. También escribió guiones para los primeros vídeos y textos para varias publicaciones, y suyos fueron los guiones de las cuatro exposiciones de la primera etapa -las que acogieron, además de Valladolid, las catedrales de Burgos, León y Salamanca-, el de la muestra que viajó a Amberes, y los de El Burgo de Osma y Palencia. También publicó 'Los ojos del icono', un ensayo que acompañó la muestra iconográfica vallisoletana, y en 1990, los textos de 'Estampas y memorias', libro editado por Las Edades del Hombre.

Ciertamente, para el autor de 'Guía Espiritual de Castilla' (1984), su concurso en Las Edades consistía en plasmar a través del arte –siguiendo, eso sí, un relato expositivo determinado- lo que ya venía transmitiendo en muchas de sus novelas. De hecho, la primera de ellas, titulada 'Historia de un otoño' (1971), muestra los asuntos clave de su producción literaria, al narrar el aplastamiento del monasterio de Port-Royal y plantear el problema de la integridad de la conciencia frente a los poderes de este mundo: «El cristiano mediocre muere confiado en que encontrará a un Dios con los brazos abiertos, como a su madre cuando era pequeño», puede leerse en uno de sus pasajes. A partir de ese momento, los personajes de sus obras se convierten en reflejo fiel de esa rebeldía que le obligaba a oponerse a la decisión de cualquier poder, fuera eclesiástico o civil, si iba en contra de su conciencia o de su libertad interior.

'El sambenito' (1972), por ejemplo, gira en torno al proceso inquisitorial de Pablo de Olavide, en una clara reivindicación del espíritu tolerante de la Ilustración española, con frases como ésta: «Y tú, España, ¿por qué tú sola necesitas inquisidores? ¿Por qué es tan difícil ser aquí cristiano? ¿Por qué, España, tus hijos siempre han de vivir con miedo?». A su vez, 'Parábolas y circunloquios de Rabí Isaac Ben Yehuda' (1985) recrea, en un contexto de persecución antisemita, la condición de víctima doble del protagonista, lapidado por los judíos ortodoxos de su propia comunidad pero, al mismo tiempo, abandonado por un Dios silente: «Y se quejaban mis abuelos a Yahvé, pero éste parecía reírse de su suerte o quizás jamás le llegaron sus ruegos y se helaban entre los árboles o el césped o se perdían en la niebla».

Otro exponente de su hondura narrativa lo vemos en 'Sara de Ur' (1989), una historia de amor que recrea un relato bíblico pero convertido en totalmente marginal y libre, sin olvidar 'El mudejarillo' (1992), relato singular sobre la vida y época de San Juan de la Cruz, o 'El viaje de Jonás' (2002), que recupera a su manera el famoso pasaje bíblico. También 'Abram y su gente', una de sus últimas obras (2014), se adentra de nuevo en las escrituras sagradas y actualiza pasajes como las negaciones de San Pedro, las peripecias de Moisés, las tribulaciones del profeta Jonás, el despiste de los discípulos de Emaús y el cinismo «políticamente correcto» de Poncio Pilato.

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