El cronista de la revolución vaticana

Jiménez Lozano, invitado como corresponsal en el Concilio Vaticano II, dio cumplida cuenta de sus principales novedades a través de 60 entregas publicadas en El Norte de Castilla

José Jiménez Lozano durante el discurso que ofreció tras recibir el Premio Nacional de las Letras en 1992./EFE
José Jiménez Lozano durante el discurso que ofreció tras recibir el Premio Nacional de las Letras en 1992. / EFE
Enrique Berzal
ENRIQUE BERZAL

José Jiménez Lozano fue uno de los pocos seglares invitados como corresponsal en el Concilio Vaticano II, acontecimiento crucial en la historia reciente de la Iglesia católica por cuanto significaba una puesta al día más que necesaria de la institución, la apertura al mundo moderno, el abrazo fraterno a otras religiones no cristianas y la apuesta preferencial por el hombre, en especial por el más necesitado. Fruto de ese trabajo en El Norte de Castilla fueron unas interesantes crónicas que reflejaban el cúmulo de esperanzas suscitadas por dicho evento en los ambientes católicos más tolerantes y abiertos.

En tres etapas distintas, entre octubre de 1963 y febrero de 1966, el abulense hizo partícipe al lector de aquel esperanzador pálpito de renovación: durante la primera etapa escribió 17 entregas, publicadas entre el 27 de octubre y el 11 de enero de 1964; 11 más, entre el 30 de octubre de 1964 y el 7 de enero de 1965, en la segunda; y otras 32 publicadas entre el 6 de octubre de 1965 y el 12 de febrero de 1966. A ello habría que sumar algunos otros artículos en el suplemento cultural.

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Jiménez Lozano fue dando cuenta de todo lo que iba sucediendo en Roma y de sus hondas repercusiones, no ya para la Iglesia, sino también, aunque expresadas de manera menos directa, para la sociedad y la política españolas del momento: las innovaciones teológicas, litúrgicas y eclesiológicas, la división entre progresistas y renovadores, la ardorosa entrega de Pablo VI a la causa de Juan XXIII, la espinosa, y a la vez esperanzadora, cuestión de la libertad religiosa...., todo ello era tratado desde una perspectiva ilusionada y optimista, confiada en una inminente renovación eclesiástica.

Juan XXIII durante el Concilio Vaticano II.
Juan XXIII durante el Concilio Vaticano II. / ABC-Torremocha

Alineado sin duda con las tesis más renovadoras, aquellas que apostaban por una apertura sincera de la Iglesia a los tiempos modernos, pero ajeno al mismo tiempo a cualquier simplificación maniquea que pudiera vulgarizar el mensaje conciliar, el Premio Cervantes no tardó en mostrar sus simpatías por Juan XXIII, 'el Papa Bueno': «Con su aliento pasamos de la sospecha a la luz, del miedo al amor, de la tímida oposición a la insólita experiencia de sentirnos reformadores de muchas cosas y estar en el poder, con el Papa», escribía en mayo de 1964.

El contrapunto a ese espíritu renovador era el catolicismo hispano, excesivamente unido e identificado con el gobierno autoritario del general Franco, «contrarreformista, cerrado, aislado, politizado, con miedos, sofocante. Debiera haber significado una liberación bendita de todos estos demonios, pero desgraciadamente este catolicismo parece monolíticamente intacto», lamentaba el de Langa.

Su estrecha sintonía con el espíritu renovador del Concilio y con la modernización interna de la Iglesia se revela diáfana cuando escribe, por ejemplo, sobre los estudios que abordan la reforma del papel de la curia romana y el intento de limitarla a una función administrativa, o cuando comenta la creación de un consejo episcopal a nivel mundial: «Ha sido a la Curia a la que se les está quitando la “capa magna” de su magno poder, mientras a los cardenales sólo les hace un tanto más barata la factura de su traje talar», señalaba el 5 de febrero de 1965.

Su pluma incidió en medidas especialmente impactantes en aquel contexto religioso y cultural, como la libertad religiosa y sus consecuencias en nuestro país, el levantamiento de los anatemas, la supresión del Índice o la rehabilitación pública de personas que habían sido censuradas, entre ellas la psiquiatra holandesa Mª Teresa Teruwe, a quien se reconoció su catolicismo y su espiritualidad.

Aunque nunca rebasó el tono contenido de quien reflexiona sobre la realidad que le rodea desde una postura autocrítica, Jiménez Lozano tampoco escabulló las importantes consecuencias que tanto el Concilio como la obra pastoral y teórica de los pontífices que lo impulsaron tendría para la sociedad y la política españolas. Por ejemplo, de la 'Pacem in Terris' de Juan XXIII infería una ineludible apuesta por la democracia, y de la idiosincrasia del Régimen Franquista concluía un choque inevitable con los nuevos aires -renovadores, cuando no revolucionarios- de la Iglesia conciliar:

«Nuestra Patria, un país católico que por una terrible paradoja, y si Dios no lo remedia, será el último en comprender lo que significa este Concilio y por dónde va en estos momentos la Iglesia de Dios (…) Por favor todavía no nos llamen ustedes herejes, esperemos a la sesión de hoy o de dentro de dos años, esperemos a que acabe el Concilio; después sabremos si son ustedes o nosotros quienes estábamos con la Iglesia. Y estar con la Iglesia es lo que cuenta», escribía el 10 de noviembre de 1963.

No es de extrañar, por tanto, que sus crónicas en El Norte de Castilla resaltaran la solidez teológica y la apertura de miras de pensadores católicos tenidos hasta entonces como demasiado liberales, entre ellos Yves Congar, Karl Rahner y Jean Danielou, expertos en el Concilio y respetados por quienes, como él mismo, buscaban una Iglesia renovada y fiel a sus orígenes.

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