Contar la vida con la cámara

'Boxeo', de Luis Laforga. /
'Boxeo', de Luis Laforga.

«Ni alegría, ni tristeza, solo la realidad», así definía sus fotografías Luis Laforga, a cuya obra dedica una antológica la Diputación de Valladolid

Victoria M. Niño
VICTORIA M. NIÑO

Un mirón discreto, parapetado tras su cigarrillo, con el hombro ligeramente vencido por el peso de la cámara. Esa figura alargada que lo mismo estaba en el ensayo de los Corsario, en la plaza de toros o en pasional procesión era Luis Laforga. Fotógrafo de prensa, institucional, de empresa, un ‘freelance’ que desplegó su don de gentes a ambos lados del visor y vivió durante cuatro décadas de la imagen. La Diputación inaugura el día 19 una exposición antológica del artista vallisoletano, con un estudio del profesor de la UVA Fernando Gutiérrez Baños.

Carlos Alcalde, director del Archivo de la Diputación, GaloSenovilla, ex responsable del área cultural de Caja España, y Ramón Gómez, jefe de fotografía del El Norte han acompañado a Diego Laforga, presidente de la Asociación Fotográfica que lleva el nombre de su padre, han sido los comisarios de la muestra. Han buceado entre los 250.000 negativos que el homenajeado produjo en cuatro décadas tras la cámara. Un acuerdo entre la Diputación y la citada Asociación ha permitido la digitalización de los fondos.

‘Luis Laforga: Bendita casualidad’ es el título del estudio que firma el historiador del arte. La casualidad es recurrente en el intermitente discurso del fotógrafo. A ella alude para explicar cómo deja de ser técnico en la SER para vivir de la fotografía o cómo comienza a registrar el devenir de la Seminci, festival que cubrió 21 ediciones (entre 1980 y 2002). Precisamente con este trabajo dio un salto cualitativo en su carrera, profesionalizó su pasión. La década anterior, la de los setenta fue «de aprendizaje», explica Baños, que destaca los retratos a su amigo el pintor Carlos León. Su aproximación a otras artes está siempre ligada a la amistad, ocurrirá lo mismo con Manolo Sierra o con Fernando Urdiales. La empatía precede a la imagen. En 1985 organiza su primera muestra en la cárcel de Villanubla.

Los noventa «son años de crisis, en el sentido positivo de la expresión», afirma Gutiérrez Baños. Laforga estaba tan interesado en el qué fotografiar como en el medio para hacerlo. Le gustaba probar las novedades técnicas y en 1992 ya cuenta con una cámara digital. En esa década se asoma al color y la manipulación de la imagen en el ordenador, aunque para él no era «manipular» sino «trabajar» la imagen.

Toros y teatro

En el cambio de decenio se habían abierto dos mundos nuevos para él, la tauromaquia y el teatro. Se acercó al ruedo, también por azarosas circunstancias en 1988, y allí permaneció feria tras feria, «se dejó seducir por la plasticidad y por el rito», apunta Baños. Laforga encontró el paralelismo entre su disparo y la muleta, «al igual que los matadores, el fotógrafo nunca debe perderle la cara al toro en la plaza». Si algo tenía de molesto aquella concentración era la imposibilidad de escrutar con el objetivo «lo que ocurría en los tendidos». Por entonces inició su colaboración en el teatro, con especial dedicación a Corsario. «La foto dramática es la escuela en la que aprendió a dominar el uso de la luz y a retratar las expresiones», sostiene el comisario.

La primera imagen que vendió a un periódico fue una del Domingo de Ramos a la ‘Hojas del Lunes’ en 1974. La Semana Santa fue otra de sus citas anuales con el evento que arrastraba a su ciudad, Valladolid. Y de nuevo el blanco de su cámara no es al que se dirigen todas las miradas, sino que enfoca la vida que envuelve los pasos. Este tema «le brindó la oportunidad de dar a conocer su trabajo en el extranjero». Aunque «no fue un gran viajero», dejó constancia de su paso por Rumanía, Cuba (en ese viaje, 1996, cambió el blanco y negro por el color) y Lisboa, una ciudad por la que sentía devoción. Dentro de los encargos privados hay fotografías de Laforga para organismos como la CHD o empresas como Fasa, Collosa y Michelín. Para esta última realizó una serie sobre los trabajadores de la fábrica. Estas monografías le trasladaron de colectivos laborales a otros como los de la discapacidad mental, iniciando una estrecha colaboración con Asprona. «Este proyecto me ha cambiado mucho, en el mundo de la prensa con el tiempo vas perdiendo sensibilidad, pero de la mano de estos chavales he recuperado la comunicación y la ilusión como persona y como fotógrafo», confesaba Luis.

Había colaborado asiduamente con siete periódicos, locales, regionales (El Norte de Castilla, entre ellos)y nacionales, y con al menos otra docena de medios de forma más esporádica. Era un ‘freelance’ muy conocido. Gutiérrez Baños señala un último tema destacado en la obra de Laforga, el escenario en el que transcurre casi toda su producción, Valladolid. «Fue el intérprete de una ciudad poliédrica y multiforme, más rica en matices de lo que presumen los tópicos». Esa ciudad por la que pasea Delibes y los emblemáticos pavos reales, que guarda tantos palacios como tantos otros han sido destruidos, que le permite «fantasmagorizar» sus plazas con la magia digital. Retratará esa ciudad de una singular manera para dar a conocer el proyecto ‘Ríos de luz’, una experiencia que le hizo sentir extraño en esos rincones tan conocidos porque «parecía que estuvieras en Marte».

Alternó el artificio artístico con la «fotografía humanística», libertad creadora con rigor documental, proyectos personales con encargos comerciales. Pero el voyeur del final de la barra estaba convencido de su misión: «contar lo que he vivido, ni tristeza ni alegría, solo la realidad». Se refería al proyecto con Asprona, pero bien puede suscribirse para las imágenes que llenarán la sala de la Diputación.

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