El complicado retorno de los legajos de Simancas que expoliaron las tropas napoleónicas

Dos guardias civiles custodian las primeras cajas de documentos llegados a Madrid./El Norte
Dos guardias civiles custodian las primeras cajas de documentos llegados a Madrid. / El Norte

Un libro desvela las claves que explican la devolución al Archivo, el 6 de noviembre de 1942, de 325 legajos incautados por el general Kellerman en 1811

ENRIQUE BERZALValladolid

Cuando el 7 de noviembre de 1942 El Norte de Castilla publicó en portada el regreso al Archivo de Simancas de los 325 legajos saqueados en 1811 por las tropas francesas, no utilizó por casualidad el término «restitución». Este periódico, al igual que todos los que se hicieron eco de aquel histórico evento, cumplía la consigna dada por Franco y Serrano Suñer de difundir la entrega de documentos como si se tratara de un acto de justicia, una gestión certera del Régimen y una victoria incontestable sobre el país vecino, al que los franquistas no tenían especial simpatía. La obediencia de los rotativos fue ciega; no podía ser de otra forma, habida cuenta de la mordaza impuesta al periodismo.

Lo cierto, sin embargo, es que detrás de aquel acontecimiento latía una realidad diferente al supuesto rescate justiciero. Así lo demuestra Arturo Colorado Castellary, catedrático de Historia y Análisis del Arte Visual de la UniverDos guardias civiles custodian las primeras cajas de documentos llegados a Madrid.sidad Complutense de Madrid, en el libro ‘Arte, revancha y propaganda. La instrumentalización franquista del patrimonio durante la Segunda Guerra Mundial’, recientemente publicado por la editorial Cátedra.

Llegada de los documentos a Simancas el 6 de noviembre de 1942.
Llegada de los documentos a Simancas el 6 de noviembre de 1942.

En efecto, el retorno de los legajos simanquinos, al que Colorado dedica algo más de 160 páginas, estaba comprendido en el convenio firmado el 27 de junio de 1941 entre el ministro de Asuntos Exteriores, Ramón Serrano Suñer, y el embajador de Vichy en Madrid, François Petri, el cual, lejos de plantear una restitución, estipulaba un claro intercambio de obras de arte. De este modo, a cambio de la devolución a España de obras saqueadas por las tropas napoleónicas entre 1810 y 1814, nuestro país entregaba a Francia, a modo de compensación, un retrato de Mariana de Austria atribuido a Velázquez, el de Antonio Covarrubias de El Greco, 19 dibujos de la ‘Histoire d’Artenice’ de Antoine Caron y el tapiz de Goya ‘La riña en la Venta Nueva’. Fue así como nuestro país recuperó la Dama de Elche, el cuadro de la ‘Inmaculada Concepción’ de Murillo, varias esculturas ibéricas y seis de las nueve coronas votivas que componían el valioso Tesoro de Guarrazar de época visigoda. Y también, como ahora veremos, 325 legajos del Archivo de Simancas.

Edificio del Archivo de Simancas.
Edificio del Archivo de Simancas. / Fran Jiménez

Cosa distinta es que el régimen franquista, para indignación de las autoridades francesas, se apresurara a calificar dicho acuerdo de restitución o reparación de una injusticia histórica, con fines puramente propagandísticos y de rentabilidad política. En ello insiste Colorado Castellary. Eso sí, con los documentos de Simancas, Franco y Serrano Suñer lo tenían más fácil, puesto que aquí no se planteaba un intercambio sino «un gesto de buena voluntad» por parte de las autoridades de Vichy, al que España habría de responder con otro «gesto de amistad»: la entrega de esos 19 dibujos de Antoine Caron, fechados en la segunda mitad del XVI, que representaban escenas cortesanas del tiempo de Enrique II y Catalina de Médicis.

El grueso de los documentos simanquinos lo componían 256 cajas que el general Kellerman se había llevado en 1811 con destino a los Archivos Nacionales franceses y al Quai d’Orsay, con documentación muy relevante acerca de las conflictivas relaciones entre España y Francia en el siglo XVII. Aunque una parte importante había sido devuelta ya en 1815, aún quedaban en París más de 300 legajos. Es posible que el mariscal Petain acelerara su «buena voluntad» negociadora presionado por la demanda de Franco ante Hitler en la famosa entrevista de Hendaya, celebrada el 23 de octubre de 1940, en la que el Caudillo exigió recuperar las posesiones francesas en África a cambio de entrar al lado del Eje en la Segunda Guerra Mundial. De ahí que ya en diciembre de ese mismo año, coincidiendo no casualmente con la fiesta de la Inmaculada, los franceses accedieran a enviar el citado cuadro de Murillo.

Ambición alemana

Poco después, el 10 de febrero de 1941, aún sin contrapartida española, entraban por Port Bou 35 cajas con la Dama de Elche, las piezas arqueológicas ibéricas y las coronas votivas visigodas. Pero de los documentos del Archivo de Simancas aún no se sabía nada. ¿Qué había ocurrido? Colorado Castellary cifra las razones de dicho retraso en tres factores: la intransigencia francófoba del Ministerio de Asuntos Exteriores liderado por Serrano Suñer, que contrastaba con la francofilia de la Dirección General de Bellas Artes que capitaneaba el marqués de Lozoya; las propias reticencias de los archiveros franceses, empeñados en ralentizar el envío; y los intereses de las autoridades alemanas (los nazis habían ocupado Francia en junio de 1940), que, en última instancia, pretendían quedarse con los documentos de Simancas.

Por eso el 12 de febrero de 1941 solo llegaron a Madrid dos cajas. El resto iría entrando a cuentagotas, entre el 12 de marzo y el 27 de junio, en la embajada de España. Y ello fue posible, revela Colorado, gracias a la intercesión negociadora de Maria Ursula von Sthorer, esposa del embajador alemán en Madrid que, además, mantenía una relación muy estrecha con José María Sert, agregado de Asuntos Exteriores y hombre en la sombra en dicha negociación. A ello hay que sumar las presiones de tres agentes enviados a París por la administración española: los archiveros Vicente Navarro Reverter y Julián Paz Espeso, y Félix Vejarano como delegado de Exteriores.

De este modo, el 27 de junio de 1941, coincidiendo con la firma del convenio entre Serrano y Pietri, las autoridades francesas entregaban los 41 documentos restantes, que enseguida fueron depositados, junto al resto de cajas, en el Museo del Prado. Fue entonces cuando saltó la sorpresa: un documento había quedado en manos alemanas y nunca regresaría a España. Se trataba de una carta del rey de Inglaterra, Carlos II, al embajador Leopoldo I, fechada en Whitehall el 25 de junio de 1663, relativa a las ciudades de Lübeck, Bremen y Hamburgo; las autoridades hitlerianas aducían que no pertenecía a Simancas. Los españoles condescendieron.

Más desconocida es la razón por la que hasta el 6 de noviembre de 1942, los 325 legajos no entraron en el Archivo vallisoletano. Sea como fuere, al día siguiente, El Norte de Castilla, cumpliendo las consignas oficiales, explicaba que «las acertadas gestiones del Gobierno que preside el Caudillo de España, General Franco, eficazmente secundadas por los ministros de Asuntos Exteriores y de Educación Nacional, han logrado del Gobierno del Mariscal Pétain que se reintegre a España la documentación». Esta comprendía, según la revista ‘Hispania’, «los tratados y negociaciones con Francia más la correspondencia diplomática de nuestros embajadores en París, minutas y consultas del Consejo de Estado para responder a los despachos de nuestros representantes en aquella Corte, o sea toda la documentación de Simancas relacionada con Francia».

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