Películas en el desierto

Francisco Heras, que dirige los cines Broadway en Valladolid, ha aportado un vehículo que se convertirá en 'cine portátil' para los refugiados saharauis

Francisco Heras (derecha) junto a su hijo (el segundo por la izquierda), otros colaboradores y el vehículo donado. /Fotografía cedida por F. Heras
Francisco Heras (derecha) junto a su hijo (el segundo por la izquierda), otros colaboradores y el vehículo donado. / Fotografía cedida por F. Heras
Clara Rodríguez Miguélez
CLARA RODRÍGUEZ MIGUÉLEZValladolid

Francisco Heras empezó su viaje el pasado abril. No había hueco para vacaciones en su maleta: el dirigente de los cines Broadway (Valladolid), ponía rumbo a África con el Club Rotary. El viernes 18 de agosto ha entregado las llaves de un vehículo todoterreno a Omar Addlahe Ahmed, director de la Escuela de Cine Bujdur. ¿El objetivo? Que los estudiantes saharahuis y sus familias puedan acceder a un cine itinerante que proyecte las películas al caer el sol.

Tinduf, (o Tindouf) se compone de 5 pueblecitos, más bien campamentos, que se agrupan más allá del imponente y peligroso muro que separa a los saharauis de Marruecos. Millones de minas antipersona y fuertes cada pocos metros hacen imposible cualquier tentativa de tocar con la punta de los dedos el primer mundo. No sólo recursos filmográficos son bienvenidos. «No tienen absolutamente nada», lamenta Heras. Al encontrarse con ese panorama en su breve expedición humanitaria, desarrolló una propuesta enfocada al ámbito en el que él trabaja, pero no descarta ampliarla o realizar alguna campaña que permita a quién lo desee colaborar en la mejora de vida de los saharauis. De momento el jeep partirá hoy desde Valladolid hasta Valencia y desde allí obtendrá un pasaje hasta Mostaganem. Una vez en suelo argelino, el saharahui encargado del ‘cine portátil’ conducirá unas cinco horas hasta llegar a los campamentos.

La tierra en la que «se mastica arena» en el aire, como la bautiza el empresario, alberga unas 200.000 personas, «sobre todo mujeres y niños», relata. Sus hogares son humildes jaimas (tiendas para el desierto) o casitas que empiezan a construirse en hormigón para evitar el rápido deterioro del adobe con las inclemencias del desierto. Las cabras se comen bolsas de plástico para intentar paliar el raquitismo que comparten con los camellos. En mayo, los quirófanos se ven forzados a cerrar hasta octubre porque el termómetro sube hasta los 50 grados.

«No te lo voy a recomendar, pero sí que te voy a pedir que vayas», afirma Heras con sencillez, para explicar la necesidad de ayuda que vive el pueblo saharaui, confinado desde hace 45 años a una árida porción de desierto encajonada entre Marruecos, Argelia, Mauritania y el Sáhara Occidental. Las disputas internacionales mantienen a estos habitantes en una permanente provisionalidad que ellos suplen lo mejor que saben.

forma sobre todo a documentalistas. Aunque este año no podrán celebrar su habitual festival de cine en el desierto por falta de recursos, han remarcado su intención de rescatar la iniciativa el que viene. A pesar de sus limitaciones, la escuela intenta profesionalizar en el sector a los interesados, ya que la otra opción es irse a estudiar a Argel. Otras escuelas se posicionan en el área, entre ellas una para sordomudos y ciegos y otra que es también biblioteca. Múltiples son los proyectos humanitarios de varios países que intentan aportar mejoras mediante ayuda sanitaria, envío de alimentos o búsqueda de un sistema que evite la oxidación que empieza a apoderarse de las cañerías actuales. «Habrá que seguir ayudando hasta que la situación termine» puntualiza Francisco Heras. «Espero que no se prolongue otros 45 años». Mientras, pronto comenzarán las primeras proyecciones motorizadas de Tinduf.

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