Enamorarse del desafino

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Un fotograma del filme. / Archivo

  • Meryl Streep, Hugh Grant, Simon Helberg y el director Stephen Frears recrean a la insólita Florence Foster Jenkins

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Stephen Frears tiene la virtud de no darse importancia. Si fuese cierto lo que dice sobre su penúltima película, 'Florence Foster Jenkins', que se estrena estos días, el director de 'Mi hermosa lavandería' o 'La reina', por citar dos bien diferentes en una trayectoria de cuatro décadas, tenía casi todo hecho de antemano.

"El guión de Nicholas Martin era muy bueno", dice en el curso de las entrevistas de promoción, en Londres, de director y actores. El personaje que da nombre al filme, una mecenas de la música que un día decide saltar del palco al escenario, requería una actriz capaz de cantar mal. "Sólo puedes cantar mal si cantas bien y Meryl Streep canta muy bien. Trabajó con un profesor en Nueva York antes de venir. Lo traía todo aprendido".

Un director con una carrera como la de Frears, sin años vacantes entre el cine y la televisión, ofrece a los estudios la garantía de que no se enredará, y con un buen guión y un estupendo reparto ha construido un mecanismo eficaz de comedia, con la ternura distorsionando los sentimientos de crítica o de vergüenza ajena. Una perfecta mecánica cinemática para contar la historia real de una pésima cantante que amaba el canto.

Streep, que ha encarnado en la pantalla a jóvenes ingenuas, madres trágicas o jefas de gobierno, se ajusta ahora ropajes y diademas de mujer estrafalaria, sexagenaria y gruesa para comparecer como Florence Foster Jenkins, una dama rica del Nueva York de la década de los cuarenta, enamorada de un segundo marido (Hugh Grant), descendiente obviamente ilegítimo de un conde inglés, y encantada con su pianista, débil, risueño y dulce (Simon Helberg).

Una de las diversiones de encarnar a a su personaje fue, dice Meryl Streep, trabajar de nuevo con Consolata Boyle, la diseñadora de vestuario irlandesa con la que ya colaboró en su papel como Margaret Thatcher en 'La dama de hierro'. Aquí, lujo y extravagancia en los ropajes sirven a la muñeca gruesa Streep para componer las ilusiones y enamoramientos de la protagonista.

"Tenía un montón de problemas en su vida", dice Streep sobre Florence. "De edad, de peso, la inutilidad de las mujeres mayores. Era rica y estaba enferma. Y cada día se proponía ver lo mejor en su marido y dedicar lo mejor de sí misma a la música. Me gusta esa voluntad". A la actriz también le hubiese gustado ser cantante. Su padre era pianista. Pero el público del cine y su familia han sido hasta ahora sus audiencias.

Helberg es el algo torpe Howard Joel Wolowitz en 'The Big Bang Theory', una exitosa serie cómica de televisión en la que jóvenes científicos sabelotodo se enfrentan con desigual fortuna a los avatares de la vida romántica. Más conocido por un público juvenil por ese papel, irrumpe en esta película como el delicado pianista de Florence y arrebata pantalla a todos los demás actores.

En su encarnación de la parte acompañante de la primera parte, de músico que sabe que su necesidad de dinero le ha llevado a ser partícipe de un disparate, parece haber también una reivindicación. "Esto es arte", dice, "no hay una demostración empírica. Vemos en Florence lo mismo que vemos en los niños, que hacen algo porque les encanta hacerlo, no porque vayan a ser juzgados por otra gente. Hay en eso pureza y una honestidad".

"La mejor actriz de la historia"

A Hugh Grant le van bien los papeles de 'gentleman' cínico, aparentemente inepto para las cosas prácticas y por ello encantador de mujeres inadvertidas, que pretenden proteger a hombre tan elegante. Aquí el actor inglés desvela al fin su juego. Hace de cínico a tiempo parcial porque eso es lo que exige su fidelidad final a Florence y a su empeño de insistir hasta las últimas consecuencias, como él, actor fracasado, hubiese querido.

Es un Grant mayor, más grave. De él dice Stephen Frears que se ha pasado toda la vida aparentando indiferencia cuando es un profesional meticuloso y concienzudo. Su campaña contra los excesos y delitos de la prensa británica en su persecución de famosos le había apartado del cine, pero el guión y la dirección de Frears eran un gran reclamo. Y esta película le presentaba el reto de encarnar al peculiar marido de Meryl Streep, "quizás la mejor actriz de la historia".

Todo estaba ya hecho. Un buen guión, la mejor actriz del mundo, un galán que quiere reivindicarse como actor, un joven aspirante con ganas de robar pantalla a los dinosaurios, excelentes decorados y vestuario,... Frears realmente debía tenerlo fácil, como él dice, y el resultado es una película muy eficaz, entretenida, cómica y dulce, que incomoda al espectador porque en realidad nada de lo que ve debería estar ocurriendo.