Xavier Güell: «El ser humano es el único que obtiene placer con el sufrimiento»

El músico y escritor Xavier Güell. / El Norte

Homenajea en su segunda novela a los compositores judíos que murieron en Terezín

Echa de menos la intransigencia musical de los sesenta y setenta, «cuando no había tanto la necesidad de conectar con un público mayoritario sino expresarse de la manera más poderosa posible». El Xavier Güell director se formó con Ferrara, Celibidache y Bernstein. El Güell escritor cita a Proust, Montaigne, Spinoza. Mañana hablará este martes de su segunda novela en el Aula de Cultura de El Norte, con el patrocinio de CaixaBank y la colaboración de la Junta. La cita es a las 20:00 h., en la Casa Revilla.

- Tras ‘La música en la memoria’ vuelve a su anterior mundo profesional en ‘Los prisioneros...’. ¿Es un director que escribe o un escritor que rememora al músico?

–Me encuentro muy cómodo, no es tan distinto. No es solo que escribo sobre música sino que mi escritura está condicionada por el hecho de ser músico. La literatura o la música no solo son un pasatiempo agradable sino que afectan a lo más íntimo del ser humano y en consecuencia revela todos sus sentimientos. Eso es lo que pretendo, describir el ansia de libertad y belleza, el desgarro, la angustia, la necesidad de llegar al perdón y en la literatura eso también lo tengo muy presente. Creo que la palabra es el mejor instrumento para denunciar el sufrimiento constante que se infringen los hombres.

-¿Qué caracteriza ese masoquismo de nuestra especie en 1942?

–En ‘Los prisiones del paraíso’ se pregunta por qué el ser humano es el único que obtiene placer provocando sufrimiento, por qué Alemania –la nación heredera de los griegos en lo artístico, en lo espiritual y musicalmente es el país más poderoso de Occidente– ha conducido al mundo a ese horror absoluto, al Holocausto. Cómo es posible, se pregunta el libro, que nazis que eran excelentes músicos, como Heydrich, violinista capaz de interpretar espléndidamente una sonata de Beethoven y al momento, firmar sin que le temblara el pulso los documentos de la solución final que condenaba a los casi nueve millones de judíos al exterminio. Pero el libro es una historia de amor profundo y apasionado como solo se vive cada día cuando puede ser el último entre una aristócrata y científica de la Alemania nazi y el compositor Hans Krasa.Ambos están separados por una barrera infranqueable.

-¿No es un poco inverosímil que una compañera de Mengele quiera salvar a un judío?

–Elisabeth sabe bien que la salvación de Krasa es su propia salvación, que ese es el camino que le posibilitará llevar a cabo una transformación profunda y contestar la pregunta que se plantea; ¿es posible que una pasión que un día te colma arda hasta la muerta pase lo que pase y que, si la vives, ella sola justifica una vida entera?

-¿Qué le aporta su condición de músico a su escritura?

–Como músico tengo la capacidad de la sinestesia, la conjunción de los sentidos, la asimilación de varias sensaciones en un mismo acto perceptivo. Cuando escribo, veo imágenes, escucho voces e intento transmitirlas en papel. Que las frases suenen, que tengan ritmo, es un trabajo que me cuesta. Utilizo la repetición de las palabras como un bajo continuo en la música. Presto atención a las pausas. Todo ello me lleva a leer en alta voz, si no suena como quiero, no me doy por satisfecho hasta que no consigo la transformación de palabras y notas. Mi literatura está cerca de la poesía.

-¿Cómo conviven los personajes reales con los de ficción?

–El marco histórico de esta novela se ciñe a los acontecimientos en Terezín entre 1942 y 1944. La mayoría de sus personajes son reales. He hecho una interpretación personal basándome en un amplio material bibliográfico. Lo histórico salta por los aires al introducir los personajes ficticios de Elisabeth y su padre. Ella es la protagonista aunque debo confesar que mi motivación personal era dar a conocer a compositores como Viktor Ullman y Hans Krasa, directores como Kurt Gerron o escenógrafos como Peter Kien, y a tantos otros seres humanos maravillosos cuyo coraje a la hora de afrontar su vida debe servir de ejemplo. Fueron capaces de responder en los últimos meses de su vida las grandes preguntas. ¿Es posible vivir sin moral?, ¿merece la pena sobrevivir a cualquier precio?

-«El arte nos salva, nos permite entender por qué estamos en este mundo cruel y sin sentido que nos ha tocado vivir sin que nadie nos preguntara si queríamos venir a él». ¿Suscribe a Krasa?

–Completamente. ¿Por qué el arte, nos dice más que otras cosas? Porque más que decirnos nos hace intuir, llegar a otras esferas y eso es particularmente cierto en el caso de la música. Nos permite acceder a lugares vedados a la razón. Lo importante no es saber, al final de sabe muy poco, sino intuir de dónde venimos, a dónde vamos, por qué es mejor el bien que el mal.Esa diferencia fundamental entre saber y intuir es sin duda el arte.

-Terezín es el trampantojo e Goebbels a la vez que ¿la muerte más digna del artista?

–Se les permitió expresarse excepcionalmente por eso es una historia hermosa y cruel. A medida que la guerra transcurre y que los alemanes no tienen la seguridad de ganar, las presiones de la Cruz Roja Internacional para visitar los campos son cada vez mayores. Goebbels presenta los campos como si fueran paraísos donde se permite a la comunidad judía expresarse. Terezín es clave, allí estaba reunida la mayor parte de la inteligencia judía. Los nazis se aprovechan la situación para hablar del ‘Salzburgo contemporáneo’. Terezín es el milagro donde se producen cuatro eventos artísticos cada día, cuando fuera no hay nada.

-Por encima del arte, les mueve la situación de los niños. ¿El motor es la solidaridad con el más débil, la única esperanza de futuro?

–Si alguien quiere saber qué pasó en Terezín, no hace falta que lea muchos libros. Basta con que se asome a los dibujos de los niños. Son de una gran hermosura y profundidad, de una intuición extraordinaria. También hay cuentos dibujados por niños entre 6 y 12 años.Por allí pasaron 15.000 niños menores de 15 años en dos años y medio de los que sobrevivieron 150. Era la parte de la población más débil, la que más sufrió. Los niños eran fundamentales en la ópera de Hans Krasa, ‘Brundibár’. Ypor ella se convierten en el estandarte de Terezín. La representan más de 55 veces, esa era la música que se oía allí . Por otra parte, los adultos se dan cuenta de que hay que dar una salida a esos chavales que no tienen colegio, que no hacen nada, que estaban maltratados por las circunstancias y en ese marco, la música les ayuda a vivir con una percepción distinta. He hablado con una de las supervivientes que cantaban en el coro de la ópera. Decía que la música les cambió, les procuró la experiencia extraordinaria de formar parte de un coro, de tener contacto con los artistas. El Consejo judío tomó como su primera misión salvar a los niños.

-Ha querido subrayar esa música que precede a la ruptura melódica y con el público. ¿Se han reencontrado ya?

–Desde la mitad del sigloXX hay un divorcio entre el público general musical, de manera especial con la contemporánea, y la masa que prefiere músicas más comerciales y populares. Porque la mejor música del tiempo en el que reside el oyente no le interesa, deja de acercarse a ella y se dirige a otras más fáciles. El esfuerzo es tan grande que abandonan la necesidad de escuchar lo mejor en pro de otra que no tiene voluntad de trascendencia. No se trata tanto de atribuirlo a la pereza de unos por acceder o la libertad de otros de escoger, como su capacidad de producción. En el siglo XX hubo este cierto divorcio. Quizá no sea igual ahora ya que la música que se compone es más fácil de asimilar que la de los grandes como Xenakis, Messiaen, Ligeti, Nono o Stockhausen.Ahora lo que se compone es menos exigente y tiene un público mayor. Echo de menos esa intransigencia musical de los años gloriosos cuando no había tanto la necesidad de conectar con un público mayoritario sino expresarse de la manera más poderosa posible.Eso no lo debemos perder. La música es el único arte abstracto y es difícil seguirla sin tener cierta el hábito de escucha. Es normal que haya rechazo instintivo hacia ese mundo sonoro que no entiendo y me disgusta. Solo la educación, el oído se educa con práctica de la escucha, y la intensidad de querer entrar en un mundo maravilloso, que no es fácil, abrirán la puerta.

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