«No se me olvida la mirada de la gente que llega en cayucos»

El periodista Nicolás Castellano. / El Norte

Nicolás Castellano, periodista especializado en derechos humanos e inmigración, presenta el martes 20 de junio en el Aula de Cultura el libro 'Me llamo Adou' en el que narra la aventura del niño encontrado en una maleta en la frontera ceutí

Jesús Bombín
JESÚS BOMBÍNValladolid

Nicolás Castellano (Las Palmas de Gran Canaria, 1977) ha hecho de la inmigración, la cooperación y los derechos humanos su nicho informativo. Desde 1999 se ocupa en la Cadena Ser de poner nombre y dar voz a las personas que en naufragios de pateras y catástrofes migratorias perecen doblemente, atrapadas por la tragedia y por el dato que las sepulta entre las víctimas anónimas de las calamidades. Ha escrito ‘Me llamo Adou. La verdadera historia del niño de la maleta que conmocionó al mundo’ (Planeta)’, que presenta este martes 20 de junio (20:00 horas en el Patio Herreriano) en el Aula de Cultura patrocinada por Caixabank y que cuenta con la colaboración de la Junta de Castilla y León.

En este libro relata la peripecia de Adou, el niño descubierto dentro de una maleta en un escáner del puesto fronterizo del Tarajal en Ceuta en 2015. En la valija lo metieron unos traficantes de personas a cambio de 5.000 euros para enviarlo desde Costa de Marfil a España. Su padre, Alí Ouattara, contó que pagó para que lo llevaran en avión hasta Marid, pero finalmente le dijeron que cruzaría la frontera en un coche. El progenitor es un profesor de Filosofía que huyendo de la guerra recaló en nuestro país, donde ha podido traer a su mujer y a otra hija. Adou se había quedado solo en Costa de Marfil junto a su abuela, pero esta falleció y la burocracia española no permitía a su padre traerlo porque le faltaban 56 euros para demostrar que podía mantener económicamente a su familia. A la espera de juicio, el fiscal pide tres años de cárcel para el padre. En el libro, Castellano denuncia «la arbitrariedad» de las leyes de extranjería que regulan la reagrupación familiar.

–¿Cómo se acercó al mundo de la inmigración y los derechos humanos?

–Como soy canario y las pateras tocaron a nuestra puerta en 1994 con la primera que llegó, siempre me interpeló ese fenómeno tan poco racional de que la gente se juegue la vida. Mi primera práctica en la Ser fue en 1999 y la primera noticia que redacté tuvo lugar el 26 de julio, a propósito del naufragio de una patera en el que murieron seis marroquíes. No podía entender que la gente se ahogara a diez metros de la orilla y me empecé a hacer preguntas: quién era esa gente y por qué venían así, y me rebelé ante el modelo tradicional de contar a los inmigrantes como un número y ya está. A partir de ahí me propuse explicar a la gente qué había detrás de los resortes de la inmigración y empecé a viajar por los países de origen de salida de pateras, de tránsito y de llegada.

–¿Por qué eligió la historia de Adou?

–Pensé que a través de esa imagen podía contar el relato de las trabas de las familias que ya están aquí. Parece que una vez que los inmigrantes llegan a España desaparecen y no es así. La legislación española se lo ponía imposible al padre de Adou, empecé a desligar el hilo y descubrí un historión con una familia que lucha por estar unida.

–¿Cuál es la situación actual de Adou?

–La gran paradoja de la familia es que sigue separada al día de hoy. El padre, por la situación penal, está imputado y tiene el pasaporte retirado, no puede salir de España y el fiscal le pide tres años de prisión. Y la madre y sus dos niños se trasladaron a París en busca de familiares y amigos hasta que se solvente todo. Adou te cuenta todo el tema que vivió como si fuera una aventura, su padre –que habla cinco idiomas– hace todos los días los deberes con él por teléfono. La intención de la familia es, si todo sale bien, reunirse en Bilbao, porque allí tiene un gran amigo que hizo cuando vino en patera y cree que pueden tener una oportunidad laboral.

–¿A qué conclusión ha llegado tras años cubriendo informativamente episodios migratorios?

–Europa sigue fracasando en la gestión de los flujos migratorios, es un síntoma de una enfermedad de los derechos humanos y se va a convertir en un cáncer que va a acabar con el sentido propio de Europa. No podemos asistir a que la gente tenga que estrellarse contra nuestras fronteras. Cada una de las víctimas es responsabilidad de las leyes de extranjería y asilo que impiden que esas personas puedan venir. Migrar no es un delito. La mayor cifra de muertes por venir a nuestras fronteras está en Europa, es un fracaso colectivo como sociedad y para los gobernantes, consintiendo que la gente muera por tener un futuro mejor. Cualquier persona, y lo dice el artículo 13 de la Declaración de Derechos Humanos, tiene derecho a elegir libremente el lugar en el que quiere vivir.

«Europa sigue fracasando en la gestión de los flujos migratorios, síntoma de una enfermedad de los derechos humanos» nicolás castellano

–¿Ha disminuido la sensibilidad social hacia la inmigración?

–Estamos teniendo una regresión, vivimos en el mundo con más muros como nunca antes se ha conocido. Tenemos 65 millones de desplazados forzosos en el planeta, la mayor cifra de la historia. La inmigración tiene que salir del vicio informativo en el que solo los medios se hacen eco cuando hay un drama, y también de ese ciclo político fracasado en el que se ofrecen buenas palabras y solo se culpa a las mafias. Basta ya. Todos deberíamos alzar la voz y decir ‘No en mi nombre’ para que no pasen estas cosas.

–¿Cómo solucionar el problema de la inmigración? ¿Aboga por abrir fronteras sin restricciones?

–No es un problema la inmigración, es un fenómeno natural tan antiguo como el propio ser humano, que siempre se ha movido en busca de un lugar mejor para vivir o desarrollarse profesional y personalmente. Yo no tengo la solución, pero el modelo de gestión de los flujos migratorios en el mundo no funciona, fracasa, mata, separa familias, y después de tantos años deberíamos de dejar de tragarnos este mensaje infantil de que la inmigración es un problema. Pasó en la época de los fascismos europeos, y recientemente se ha visto el auge de los partidos xenófobos por esta simplificación. No explicamos bien por qué la gente viene. Eso pasa porque no dejamos que puedan pedir visado en las oficinas de la UE en sus países. Hemos cosificado a los inmigrantes como una masa que se dibuja como peligrosa y el resultado es que la gente se traga ese mensaje. Los medios debemos reflexionar sobre cómo informamos de esta realidad. En la frontera sur española suceden episodios gravísimos de violación de los derechos humanos y los medios no se hacen eco de ello. Parece que si los niños mueren lejos o en lugares como Grecia lo cubrimos, pero si pasa a las puertas de nuestra casa hay que mirar para otro lado.

–Hay países donde se teme la inmigración por las dificultades que entraña a veces la integración.

–Yo rebato el argumento. No son inmigrantes que no se han integrado, son personas francesas, belgas, aunque su abuelo sea argelino. Hay una forma de describir que es estigmatizante. Es un uso del lenguaje intencionado para criminalizar lo que es un fracaso en la gestión de fomento del empleo, estudios y políticas sociales en los barrios más deprimidos de Francia, Bélgica o Reino Unido. Los autores de los atentados de las últimas semanas son británicos, podemos buscar el origen en el árbol genealógico de esas personas o tratarlas con respecto intelectual y pensar por qué se radicalizan los europeos, por qué Europa ha exportado yihadistas a la guerra de Siria e Irak y no a la inversa. ¿Por qué no escudriñamos qué circunstancias están llevando a estos jóvenes a atentar? Es más cómodo decir que son inmigrantres y descendientes de marroquíes, nadie ve que la creación de desigualdad entre los jóvenes propicia que se puedan entregar a la violencia. Hay que elevar la mirada y ver qué es lo que falla.

–Ha sido testigo de la llegada de pateras y barcos cargados de inmigrantes a Canarias, Ceuta, Melilla y Andalucía. ¿Qué ha visto en ellos?

–Sus ojos de miedo absoluto hasta que están a bordo del barco de salvamento o llegan a tierra. Esas miradas no se me olvidan, sobre todo las de los niños. Son miradas de no entender por qué están en esas circunstancias. Esas barcas son en muchos casos la lotería de la muerte. Se dice que al menos el 30% de las pateras se pierden en el mar. He visto muchos cadáveres desgraciadamente. Y me sigo preguntando por qué lo seguimos permitiendo. Ojalá nuestros gobernantes pasaran un tiempo en esas pateras y en esos territorios de origen. Pero ante todo, lo que he aprendido al recibir a mucha gente es lecciones de vida. Son gente valiente, que merece la pena, con unas ganas enormes de vivir.

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