Felipe Fernández-Armesto.
Felipe Fernández-Armesto. / El Norte

«Desde el XIX el mundo anglosajón menospreció lo que llamaba 'raza hispánica'»

  • Especialista en imperios y procesos coloniales, Felipe Fernández-Armesto habla este jueves en el Aula de Cultura de la historia hispánica de EE UU

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Hijo de periodistas español e inglesa, Felipe Fernández-Armesto (Londres, 1950) eligió el análisis del pasado para afrontar la actualidad. Tras años de estudio de los procesos colonizadores, los imperios y asuntos varios de la historia social, se ha decantado por las ciencias biológicas: la historia del medio ambiente y la de la evolución cultural de los primates. Este jueves participa en una nueva sesión del Aula de Cultura, en la sala de Caja Mar (Miguel Íscar, 1) a las 19:30 h., con el patrocinio de CaixaBank y la colaboración de la Junta.

–¿Su conferencia está relacionada con su libro ‘Nuestra América. Una historia hispánica de los Estados Unidos’?

–Voy a plantear el tema desde un enfoque distinto del libro, intentando esbozar un contexto panamericano y hasta global. Por supuesto EE UU es un imperio, un estado enorme, producto de conquistas, abrazando una gran diversidad de culturas. Así que me parece lógico que un historiador de imperios se interese por su historia. Soy una persona de intereses universales y nunca pensé que iba a ser un especialista en historias coloniales, sino que me he dedicado a temas inmensos de la historia del planeta y hasta de historias de organismos culturales no humanos. Algunos colegas quieren expulsarme al departamento de ciencias biológicas. Una de las delicias de trabajar para la Universidad de Notre Dame es que se me permite aventurarme por todo lo que me llame la atención. Luego me trasladé a vivir y trabajar en EE UU y no pude por menos que intentar comprender el país.

–Cuando ese hispanismo es más importante, preside EEUU un hombre que borra el español de sus organismos oficiales. ¿Es la economía el elemento cohesionador del dominio estadounidense?

–A pesar de los fracasos y fallos de la política de gobiernos sucesivos, la preponderancia estadounidense ha sido relativamente benigna para el mundo, presentándole modelos más o menos imitables de democracia representativa y de liberalismo económico que funciona, no diría que bien pero que sí funciona. Ojalá existiera un elemento cohesionador para prolongar ese predominio. Pero está claro que el peso demográfico y económico del país no es suficiente para mantener el ascenso que consiguió en el siglo XX. En cuanto al imperio español, la lengua era un elemento descartable. La religión era el único ingrediente de las culturas indígenas que los españoles insistieron en cambiar. Aun así, se ven en las tradiciones católicas de los países hispanos del Nuevo Mundo discrepancias enormes con el catolicismo español. Así que no veo allí ningún indicio de cohesión.

–¿Qué papel tuvieron el sistema esclavista, el protestantismo y la raza en la creación de los Estados Unidos anglófonos?

–La raza no existe, sino como concepto. Los conceptos a veces tienen más fuerza, más influencia, que las realidades materiales, y no cabe duda de que en el siglo XIX, o desde aquel entonces, existía en el mundo anglosajón un menosprecio profundo hacia lo que se calificaba de ‘raza hispana’. En cierto sentido, ese menosprecio fue comprensible, ya que, mientras EE UU e Inglaterra eran países relativamente estables y prósperos, España y las repúblicas latinas del Nuevo Mundo parecían sumergidos en crisis políticas y sometidos a un estancamiento económico. El catolicismo sufría la misma falta de comprensión: en casi todas las guerras del XIX en las que protestantes se enfrentaron a católicos, los herejes vencieron. Pero sorprendentemente cierta nostalgia hacia lo hispano quedaba. Piense, por ejemplo, en el gusto estadounidense por modelos arquitectónicos y literarios españoles.

–Sostiene que la preponderancia blanca, protestante e inglesa en EE UU es una suerte de lapso, ¿acabará la minoría latina siendo tan importante como la anglosajona?

–No. Quisiera que el país volviera a ser lo que históricamente ha sido, una prolongación en el Nuevo Mundo de nuestra civilización, abierta a la influencia de todas las demás culturas que se han establecido allí, las indígenas, las británicas, las alemanas, las judías, la italianas, la polaca, las de origen africano. Pero la verdad es que la tradición anglosajona ha venido a ser preponderante y seguirá siéndolo. Todas las minorías se han acomodado a esa preponderancia, hablando su idioma, ajustándose a sus leyes, tragándose su comida, luciendo su ropa, aprendiendo sus canciones, incluso imitando, en el caso católico, ciertas tendencias de culto protestante. Por supuesto, el proceso admite la absorción de influencias por el sentido opuesto, y la música y comida latinas ya son parte de la mistura. Pero seamos sinceros: EE UU no va a convertirse en un país hispano.

–Frente a otros procesos colonizadores, ¿qué caracteriza al español?

–Todos son sorprendentes pero el español más que otros, ya que se trata de un país pequeño, de pocos recursos naturales, que estableció no solo un imperio marítimo, como los de otros pueblos semejantes en estos aspectos, como los portugueses, holandeses, omaníes, etc., sino también un gran dominio territorial; el más extenso y más diverso en culturas y entornos físicos de todos los imperios preindustriales. No veo ninguna de las diferencias morales que se suelen comentar. Todos los imperios son malos pero los españoles de la Edad Moderna tenían la ventaja de encontrar culturas dispuestas a colaborar con esos extranjeros que venían de lejos, y las relaciones que surgían con las comunidades indígenas eran más positivas que en el caso, por ejemplo, de las colonias inglesas.

–Siendo hijo de español educado en Oxford, hace el camino inverso a sus colegas hispanistas, ¿no le interesó la historia ibérica?

–Si hay literatura que no me interesa es la autobiografía. Pero es una ventaja para un historiador pertenecer a dos o tres culturas: el hecho enriquece la imaginación, ensancha la educación y cultiva las sensibilidades. Sí, por supuesto, me interesan entrañablemente los temas españoles. He escrito artículos y libros sobre historia española, abarcando temas tan diversos como los impresos patrocinados por el cardenal Cisneros, la colonización de Canarias, el concepto de Reconquista y la Armada Invencible.

–¿En qué investiga ahora?

–Tal vez por ser viejo y por el deseo de abarcar los problemas enormes y fundamentales antes de morir, me dedico a la historia de organismos culturales – es decir de todos los animales que tienen cultura, como los primates y los cetáceos–, porque me parece que no vamos a lograr entendernos sino a través de un estudio comparado de la cultura de los demás. En mi último libro, ‘Un pie en el río’, intento una aproximación a comprender las diferencias entre el comportamiento histórico del ser humano y el de los demás primates. Tampoco quiero abandonar temas tradicionales. Con Manuel Lucena Giraldo, del CSIC, estoy trabajando en una historia de la infraestructura de la monarquía mundial española de los siglos XVI al XIX.