El Norte de Castilla

«La batalla contra la despoblación del medio rural está perdida»
/ Sergio del Molino. Antonio de Torre

«La batalla contra la despoblación del medio rural está perdida»

  • Sergio del Molino presentará este jueves en el Aula de Cultura ‘La España vacía’, su ensayo sobre el éxodo del campo a la ciudad de los años 50 y 60 y sus efectos traumáticos

Sergio del Molino (Madrid, 1979) comenzó su relación con las palabras en el periodismo y desde la novela y el ensayo ha construido una voz literaria muy personal que ganó notoriedad a raíz de la publicación en 2013 de ‘La hora violeta’, con la que narró la enfermedad y muerte de su hijo Pablo a causa de una leucemia. Este año ha concitado la atención en el mundo literario con ‘La España vacía’ (Turner), un ensayo en el que analiza el éxodo rural y los desequilibrios y traumas de carácter identitario que ha provocado. Mañana, jueves, acude al Aula de Cultura, patrocinado por CaixaBank con la colaboración de la Junta de Castilla y León, para exponer sus reflexiones sobre la despoblación.

–¿Qué le llevó a poner la mirada en España y cómo está habitada?

–Uno llega a los libros de muchas formas. Por un lado el germen está en mi novela ‘Lo que a nadie le importa’, donde exploraba la figura de mi abuelo, un dependiente del Corte Inglés en Madrid, pero nacido en un pueblo de 50 habitantes en Aragón en el que nunca había vivido y en el que, al jubilarse se compró una casa, la reformó y allí empezó a pasar más tiempo hasta el punto de abandonar Madrid; se fue haciendo un campesino: vestía de pana, llevaba boina y parecía un labriego de toda la vida. Analicé eso en la novela, esa vinculación con la memoria lejana y el pasado rural y cómo podemos llegar a tener una identidad rural falsa viviéndola muy de dentro; vivimos el mito del pueblo. De ahí surgió la idea de abordar una reflexión ensayística sobre cómo se relaciona la parte vacía del país con la urbana.

–¿Qué ha descubierto en sus viajes por la España menos poblada?

–Lo que más me llamó la atención cuando fui conociendo el campo es el sentimiento de ninguneo que tienen los habitantes de la España vacía, de ser ciudadanos de segunda a los que el Estado ha dejado apartados, una sensación de rencor que no es percibida en las ciudades y que está al margen del discurso público. Sus problemas son muy distintos a los de la España urbana y casi nunca aparecen en la agenda pública más que en medios locales o en su territorio; es como si fueran extranjeros en su propio país.

–¿Es su libro un ensayo más que un libro de viajes?

–No es un libro de viajes, aunque es un viaje en un sentido muy amplio. Lo que me interesa es el viaje metafórico y las evocaciones literarias, sobre todo en la relación entre esa España vacía y la urbana. Y cómo eso ha articulado el país y nos influye en la forma de vernos y de convivir.

–¿A qué denomina España vacía?

–A la España interior, las dos Castillas, Extremadura, Aragón, la Rioja, Navarra, parte del interior de Galicia, Asturias y del norte de Andalucía, zonas con una densidad de población mucho menor excluyendo los núcleos urbanos. Si exceptuamos las capitales de provincia hablamos de que viven siete millones de habitantes en un área que supone el 60% del territorio español. Es mucho espacio para tan poquita gente, una España con unos perfiles muy diferentes a lo que es la concentración urbana de Madrid y las costas, y eso nos da la cartografía de un país prácticamente deshabitado. Castilla y León tiene una extensión parecida a Inglaterra y hablamos de 2,5 millones de personas frente a un país con más habitantes que España.

–¿A qué se debe esa situación?

–Las razones son muy antiguas. España nunca ha estado muy poblada. Sucedió lo que llamo el gran trauma, el gran éxodo rural de los años 50 y 60 que hace insalvable el desequilibrio entre el campo y la ciudad. Pero antes hubo cuestiones que incidieron en esta situación, como el reparto de tierras tras la Reconquista y el asentamiento de población durante la Edad Media, la lucha entre ganaderos y agricultores en el Reino de Castilla, la expulsión de los moriscos –que eran labradores– y el hecho de que se apostara por la ganadería... Durante la época franquista se fomentó el desarrollo industrial con el plan de estabilización de 1959. Franco impulsa la industrialización salvaje para acelerar la economía y eso lo que hace es incrementar el éxodo que en 20 años deja vacío el campo porque la gente que vive en la España interior pierde su medio de vida, que es la agricultura a pequeña escala. Y fuerza a emigrar a la gente a la ciudad con lo puesto. Eso hace que el mapa demográfico sea estructural, muy difícil de modificar.

–¿Ve alternativas para combatir la despoblación?

–Los expertos tienden a concluir que no hay vuelta atrás, el declive de la población es irreversible. La batalla de la despoblación está perdida en España. Podemos tener un Estado fuerte que garantice que allá donde viva cualquier persona hay que atenderla como al que vive en el barrio madrileño de Salamanca. Más allá de eso es muy difícil que la acción política consiga nada. Hay zonas de Soria donde la población está por debajo de seis habitantes por kilómetro cuadrado. Muchos políticos y gente que está en Bruselas con la PAC reconocen que llevamos 40 años de políticas públicas a muchos niveles y no se ha conseguido nada, se ha logrado que la gente esté bien, tenga servicios. Más allá de eso es muy difícil atraer empresas porque no hay masa crítica de población que pueda hacer un mercado, y eche a rodar la vida económica.

–¿Da por perdida la batalla contra la despoblación?

–El libro sobre todo parte de radiografiar ese hecho para luego explorar otras historias, no es un catálogo de soluciones. Pero no hay que dramatizar en exceso, hay que exigir a las administraciones que den servicios a la gente viva donde viva, pero hay que quitarle drama a la despoblación porque en términos de país no es necesariamente malo que la población esté concentrada en un punto y el resto sea desierto. Aunque en términos sentimentales es duro porque hablamos del abandono de lugares muy simbólicos, de memoria colectiva y personal muy potentes que tenemos la sensación de que los hemos abandonado.Lo que propongo en el libro tiene más que ver con la sentimentadidad, con cómo nos relacionamos con esos lugares míticos y cómo eso puede generar un problema de relato, de identidad, con cómo interpetamos el hecho de que nuestro origen rural sea un lugar devastado.

–Hay gente que hace el viaje a la inversa, de la capital retorna al medio rural.

–Creo que se magnifica la vuelta al pueblo. Hay algunos casos de éxito. Son historias muy atractivas y se les da un realce que luego en términos numéricos es anecdótico. Es más difícil vivir en el campo que en una ciudad. A no ser que seas un profesional con un trabajo al que le da igual donde viva mientras disponga de Internet, es imposible asentarse en un lugar en el que se ha destruido la economía agraria a pequeña escala.

–¿Qué le parece la respuesta que se está dando desde la política al tema de la despoblación?

–Los políticos viven de vender una esperanza, un maná de que a través del turismo y tal se puede revertir la situación, viven alargando una esperanza de que algo vendrá a salvarnos. Llevamos mucho tiempo con eso y deberíamos planteárnoslo de manera realista, no podemos jugar con las ilusiones de la gente. Cuando dejemos de jugar con esas fantasías nos podremos sentar con quienes viven en esos lugares y se les podrá plantear su destino. Los ingleses tienen un programa para zonas despobladas de Escocia con planes específicos para cada comunidad, se reúnen con la gente y empresas privadas para hacer un plan de trabajo a 10 o 20 años. Aquí hemos vivido un exceso de caciquismo, eso del político providencial que quiere desarrollar zonas con inversiones sin contar con gente que vive allí y sin darles la palabra. Si acabamos con esas ilusiones, podemos empezar a dar una vida digna y realista a la gente que está viviendo allí.

–¿Qué traumas se derivan de esa España vacía?

–El gran trauma es que no hemos digerido el cambio demográfico. Hay un cruce de varias generaciones educadas en un país que ya no existe y viven de esos mitos. Creo que el trauma tiene que ver con esa falta de asunción de cómo se ha transformado el país. Un ejemplo es la explosión demográfica en Madrid en 30 años, con conflictos, tensiones, un cambio radical de la memoria y una refundición de la ciudad, de forma que son más los de fuera que los de dentro.

–¿Qué se puede hacer desde la cultura por la España vacía?

–Lo mismo que por España en general, ser honesto. Está pasando una cosa interesante y es que los escritores más jóvenes tienen una relación simbólica con España porque pueden volver a jugar con esos mitos y recuperar parte de la autoestima perdida, creando un imaginario de gente que no ha vivido esa España vacía pero puede apreciarla. La España vacía tiene la oportunidad de remitificarse, de crear un imaginario en términos de pura autoestima y de no sentirse excluida del discurso. Ahí la literatura tiene un lugar al que no están llegando los medios ni la política.

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