El Norte de Castilla

Juan Pablo Fusi, historiador y académico.
Juan Pablo Fusi, historiador y académico. / Efe

«Echo en falta
el sentido del Estado y de la historia
en los políticos hoy»

  • Juan Pablo Fusi ofrece esta tarde la charla ‘Azaña y Ortega, dos visiones de España’ en la sesión del Aula de Cultura en el Palacio Real

Al concepto de nación, a la formación del País Vasco contemporáneo y a la Transición ha dedicado Juan Pablo Fusi buena parte de su afán de historiador. Formado con Raymond Carr en Oxford, apuntala cada afirmación con el dato. El empirismo británico se pondrá esta tarde al servicio del análisis de las visiones de España que Azaña y Ortega desarrollaron en sus escritos. El que fuera director de la Fundación Ortega y Gasset ofrece hoy una conferencia en el Aula del Cultura de El Norte, que se celebrará en el Palacio Real, con el patrocinio de Caixabank y la colaboración de Junta y Ayuntamiento.

–¿Abordará a Azaña y Ortega como político y filósofo?

–Los trato como pensadores con un pequeño preámbulo, pues entiendo que no se puede estar en la vida pública española sin estudiar a tres personajes: Cánovas del Castillo,Azaña y Ortega, y su reflexión en torno a España como nación, el gran tema de la política del XIXy XX. Resumir la visión de cada uno difícil. Simplificando, diría que Ortega, entre 1914 y hasta 1936, que es cuando emergen ellos y otros intelectuales en la vida pública, veía a España como un país desvertebrado, sin vitalidad nacional, empobrecido y que por tanto necesitaba liberalismo, europeización y nacionalismo en el sentido de hacer una verdadera España nacional. YAzaña tenía la idea de que el estado español era muy pobre y poco eficiente. Quería un estado fuerte que tenía como objetivo la democracia animando su idea de cambio de monarquía a república. Tenían una gran preocupación por España derivada del 98 y que continúa en la generación del 14.

–Poco parece quedar de ellos en el debate político actual salvo los orteguianos términos de «vieja y nueva política».

–Lo de la ‘vieja y nueva política’ es una estupenda frase que se puede aplicar siempre porque siempre hay una política agotada que exige una nueva. Lo que sí parecen resueltas son varias cosas: muchos de los viejos problemas españoles anteriores a la Guerra Civil denunciados por ellos se han ido resolviendo están resueltos. España no es hoy un país atrasado económicamente, ni rural. Es una economía fuerte, entre las quince primeras del mundo, totalmente desarrollada, dominada por la clase media, con unas exportaciones pujantes y una gran diversificación sectorial. Hoy tiene 70 universidades y hay más estudiantes universitarios –1.200.000– que campesinos –850.000–. Los cambios son sustantivos. El problema del estado me parece resuelto, no hay pugna contra la monarquía. La organización territorial del estado ha hecho un esfuerzo considerable. En 1914 España no tiene más estructura que la de un estado central, provincias y ayuntamientos. La democracia de hoy no tiene ese problema. Otra cosa es el ejercicio de la política y las diferencias profundas entre los partidos. El sistema no es el dilema. Cuando ellos escriben, no hay monarquía liberal. La gravedad de los problemas de la España del XIX y los primeros treinta años del siglo XX están hoy resueltos. Hemos vivido un último año de enorme preocupación e irritación política pero no hablamos de reforma agraria o atraso de regiones.

–¿Padecemos hoy de sobreabundancia institucional?

–Hay un aparato institucional enorme. Volviendo a la España de los años treinta, tenía 30.000 funcionarios. Hoy hay varios millones de funcionarios en un estado articulado a través de un aparato abrumador. Cierto es que antes no había Seguridad Social, ni una educación extendida. Comparamos situaciones y momentos distintos. Lo que hay ahora es un evidente solapamiento de administraciones. Articular todo eso, asomarse a la Constitución o las leyes conlleva una enorme complejidad. Indudablemente es caro y obliga a una negociación permanente entre administraciones.Lo hemos visto con la dificultad para el Estado de crear de un almacén nuclear, los graves enfrentamientos de comunidades y ayuntamientos que lo rechazan. El Estado no tiene competencia para imponer determinadas decisiones.

–¿Conocen los actuales líderes políticos a Cánovas, Azaña y Ortega?

–Mi afirmación inicial es una ‘boutade’ seria. En la política española actual hay muchas personas de enorme competencia tecnocrática, económica, administrativa. Si se lee a Azaña o a Ortega apenas aparecen reflexiones de tipo económico. Como intelectuales generalistas su conocimiento del derecho administrativo, por ejemplo, podía ser deficiente comparado con los actuales políticos que proceden del derecho, la economía o de la ciencia política. Sí echo de menos algo que se les presupone a los políticos pero que no veo que aflore y es el sentido del estado y el sentido de la historia. Parafraseo a De Gaulle que decía con gracia que la izquierda perdía el sentido del Estado y la derecha, el de la historia. El lenguaje del debate público español es paupérrimo en los últimos cuatro años. Durante la Transición hubo un esfuerzo de reflexión. Entre 1975 y 1985 la riqueza del debate era extraordinaria y había un enorme sentido del momento en la clase política. Hoy no veo más que descalificaciones, vaguedades por lo general inoperantes y no oigo programas claros y bien elaborados que demuestren su preocupación por lo que le ocurre a España dentro y fuera. Sobre todo en el último año la degradación del lenguaje político ha sido aberrante.

«No es un fumadero de opio»

–Parece dominar ahora una revisión a la baja de la Transición ¿es justa?

–Hay un desconocimiento de la realidad y la verdad histórica descomunal que en términos intelectuales es inaceptable. Creo que es una estrategia de legitimación. Si uno quiere llevar a la sociedad su convicción de un cambio profundo tiene que decir que las etapas anteriores, incluso aquellas que parecían brillantes, son fallidas. No hay búsqueda de la verdad histórica, solo estrategia política.La Academia no es un fumadero de opio, la gente del mundo académico escribimos libros para enriquecer el debate público. La historia de la Transición es un proceso de cambio de relevancia extraordinaria mayoritariamente positivo, lo que no significa que haya hechos azarosos y errores a veces innecesarios porque, como todo proceso político, no es inocente. No hay revolución inocente.

–Entre sus últimos títulos hay síntesis del mundo y de España en unos cientos de páginas ¿le tira la divulgación?

–Me han agotado, es un esfuerzo de reducción y precisión complejo. Citando a Artola, es más fácil escribir 12 páginas que tres. Vivimos cambios que la oferta cultural no puede ignorar. La cultura del libro no desaparece pero han aparecido otras, audiovisuales, móviles, redes, que exigen unos lenguajes más cortos y más articulados en torno a explicaciones simplificadas. La producción académica no puede perder de vista ni desconocer ese tipo de demanda distinta a la que ha sido la cultura tradicional, afortunadamente basada en el libro.