Marcelina Poncela, una paisajista desconocida en su ciudad

Marcelina Poncela, con su marido Enrique Jardiel y sus hijas mayores. / El Norte

Una tesis recupera a la madre del escritor Jardiel Poncela, pintora vallisoletana casi anónima a pesar de que Ayuntamiento y Academia custodian su obra

Victoria M. Niño
VICTORIA M. NIÑOValladolid

Fue hija de su tiempo y a la vez puso un pie en el siguiente escalón, emancipándose a los 25 años, siendo maestra y pintora en la España del XIX. Marcelina Poncela Ontoria (Valladolid, 1864-Quinta de Ebro, 1917) es más conocida en Asturias o Aragón que en su ciudad natal a pesar de que su obra cuelga en el Ayuntamiento vallisoletano y que la Academia de Bellas Artes de la Purísima custodia dibujos y óleos de la madre del dramaturgo Enrique Jardiel Poncela. La historiadora María Dolores Cid presentará en otoño su tesis doctoral sobre esta mujer de cuya muerte se acaba de cumplir el centenario el pasado día 31 de julio. La oportuna efeméride no ha sido aprovechada por su ciudad para dar a conocer a la «primera y única mujer que consiguió la pensión de la DiputaciónProvincial de Valladolid en el siglo XIX para continuar sus estudios en Madrid». Esa beca la procuró 540 pesetas en 1887 y 650, el siguiente año. En 1889 fue el Ayuntamiento vallisoletano el que la pensionó con 1.250 pesetas. La pintora agradeció la aportación enviando los dos cuadros que cuelgan en las paredes del consistorio, ‘María Cristina y Alfonso XIII niño’ y ‘¡No viene! o La Azotea’.

Marcelina nació en la calle Vega, el 2 de junio de 1864. Fue la única hija de Ángel Poncela que sobrevivió a la infancia, perdiendo a su madre cuando tenía tres años. Pronto descolló por sus aptitudes intelectuales y artísticas que le llevaron a realizar los estudios de Magisterio y a ingresar en la Escuela de la Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción, donde tuvo como maestro a Martí y Monsó. A la muerte de su padre en 1882, vive con una tía en Madrid y continúa su formación en la Escuela de Artes y Oficios, cuyo primer premio le entregará Núñez de Arce, otro vallisoletano.

Evolución estética

Artes y magisterio siguen alternándose en la formación de Marcelina, que será una de las seis mujeres que se matricularon en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado entre 182 hombres. «Ella comienza pintando lo que se les permite a las mujeres: paisajes, flores y retratos, porque las alumnas no podían aprender pintando del natural, lo que sí hacían los hombres con modelos», explica Loli Cid. «Es sobre todo una paisajista que evoluciona hacia las escenas costumbristas, hacia un regionalismo simbolista». En cuanto al estilo, el realismo deriva al final hacia un «preimpresionismo tardío porque España estaba cerrada a todas las vanguardias, en las que solo participaron los que habían salido fuera. Se ve en ‘El abuelo’, creado a partir de manchas de color. Sí evoluciona, por ejemplo ‘Interior de la fragua’, de 1915, es un estudio de la luz que fue muy aplaudido por la crítica».

La autora de ‘Poesía y realidad’ se sumó a la Colonia artística de Muros, en Asturias, una curiosa reunión de artistas que pintaban al aire libre. Marcelina fue también única en su sexo en el grupo integrado por Tomás Campuzano, José Robles, Tomás Muñoz Lucena y Agustín Lardhy. «Debía ser muy guapa, tenía unos ojos verdes que enamoraron a todos sus compañeros. Le dedicaron poemas, le regalaron cuadros», explica Cid. Tres veranos pasó Poncela (1887-1890) en ese ‘beatus ille’ artístico y Asturias la ha recordado en varias exposiciones y publicaciones.

La educación como motor

En 1890 la familia se muda en Madrid al edificio donde el estudiante de caminos Enrique Jardiel vivía en una pensión. Marcelina comenzó a salir con aquel joven más interesado en los mítines socialistas de Iglesias y en la vida bohemia que en su carrera. La familia de ella estaba en contra de la relación y Marcelina se fuga con 25 años. En 1894 aprueba la oposición para ejercer como profesora en las Escuelas Normales de Maestras y se casa. «Toda su vida impartió clases. Colaboró altruistamente en los centros de Fomento de las Artes, donde acudían los obreros tras su jornada laboral. Como no pudo acceder a su plaza definitiva en Zaragoza, pues ya era madre, daba clases a señoritas en su casa, eran hijas de familias acomodadas y los padres preferían una mujer para enseñarlas». Participó de ciertas ideas krausistas compartidas con su marido sobre el poder de la educación como motor de cambio social. «Él era un gran relaciones públicas, siempre metido en los actos de Iglesias, trabajó de periodista y finalmente como delineante en Renfe. Ella siempre dio clases».

Pese a la dedicación que exigían la crianza de sus cuatro hijos y el trabajo, Marcelina arañó tiempo para pintar y enviar sus cuadros a las Exposiciones Nacionales desde 1892 a 1915 (además de al Círculo de Bellas Artes, al Palacio de Cristal). «Logra varios premios y menciones. Participaban muchos, hasta 2.500, pero se la debía estimar pues su obra aparece en los catálogos, donde se hacía una selección». Tres hijos de los Jardiel Poncela llegaron a adultos, María Rosario –madre del pintor Pepe Jardiel–, Angelina y Enrique. «Enrique, el dramaturgo, siente adoración por su madre, a la que cita en todos los prólogos de sus obras y a quien perdió cuando solo tenía 17 años. Su hija Evangelina, que después se casó con Alfonso Paso, fue criada por Angelina», aclara Cid, quien ha tenido acceso a la correspondencia de Marcelina con su mejor amiga, la vallisoletana Juliana Concejo.

«Cuando viene Enrique a estrenar una obra en el Lope de Vega se le acerca una señora mayor, Juliana, y le entrega las cartas de su amiga Marcelina para que no se perdieran cuando ella muriese». Allí están todas las cuitas de la pintora, su preocupación por alguna tía anciana que se queda en Valladolid, su vida en Madrid. Amiga de otras pintoras de su tiempo como Adela Ginés, llegaron organizar exposiciones feministas en el salón Amare de Barcelona en 1901.

Sus cuadros serán parte de la exposición que Zaragoza prepara sobre Enrique Jardiel Poncela. Conocida en Quinto de Ebro, pueblo de su marido, en Asturias, lugar de la colonia, apenas lo es en su ciudad.

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