«El ilustrador está determinado por el contexto»

Tom Schamp. / Henar Sastre

Tom Schamp, autor de ‘El libro más divertido del mundo’, inauguró el III Vilustrado con una conferencia sobre la creación de álbumes

Victoria M. Niño
VICTORIA M. NIÑOvalladolid

Primero fue diseñador gráfico y se fue decantando hacia el mundo de los álbumes ilustrados. Tom Schamp (Mortsel, Bélgica, 1970) inauguró ayer la tercera edición de Vilustrado con una conferencia sobre el camino recorrido para dedicarse a los libros. «Antes ilustré de todo: pósters para acontecimientos, sellos, campañas de publicidad, prensa. Lo bueno de un libro es que pruebas si eres capaz de contar una historia, frente a los otros trabajos que son más efímeros, un libro permanece». Y en esas historias, a Schamp le queda un resto de su pasado de diseñador.

Tanto en la conferencia inaugural como en el taller aparecen las letras como parte de la ilustración, ¿las usa como signos internacionales?

–Generalmente yo mezclo combinaciones tipográficas con la ilustración. Trabajo con las letras como parte del dibujo porque es la imagen de la palabra. Investigar en esa relación me encanta. Por ejemplo, ahora acabo de hacer un trabajo para un cliente japonés sobre las ventas en invierno. Si escribes ‘winter sale’ en inglés, en Europa nos evoca una imagen, pero en japonés, donde usan una escritura conceptual, funciona de distinta manera la evocación. Siempre hay variaciones, la ilustración viene a ser la búsqueda del equilibrio entre lo bonito, lo entendible, lo legible.

¿Cómo se gestan sus imágenes?

–Soy un dibujante muy anecdótico, que me quedo con imágenes de lo cotidiano, de lo que me rodea, de lo que todo el mundo conoce. Por ejemplo, el invierno o la lluvia son para mí unas botas rojas, porque todo el mundo ha tenido unas en algún momento de su infancia. No soy un diseñador que se ciña a la sencillez severa, a la esencia de la imagen de lo que quiero dibujar. En cambio como ilustrador puedes recrearte en lo bonito. Para mí el color es esencial y a menudo creo a partir de un campo amarillo o rojo o verde. Si funciona el color, lo demás va bien, y viceversa. Creo que el color es puramente emocional.

¿Es un tópico que los ilustradores de los países con menos luz sean más proclives a utilizar los colores vivos?

–Creo que sí. Si vemos los cuadros de Brueghel, en su versión original, tenían colores muy vivos. Como no carecemos de esos tonos en la realidad, los buscamos en el arte.

¿Es distinto el Schamp que dibuja para otros del que hace sus propios álbumes?

–Es más fácil hacer un álbum propio, en ese caso todo empieza en una imagen que tengo dentro, una idea general y las cosas viene mientras invento. Cuando ilustro a otro siempre estoy inspirado, leo y cada imagen tiene que ir con eso que me ofrecen, alguien lo ha imaginado por mi y cada lector tiene su recreación, la mía como ilustrador es una de tantas. Es bonito, pero limitado. No puedo decir literalmente lo que dice el texto pero debe empatizar con él. En el otro caso, todo parte de mí.

¿Cómo determina el formato a la creación?

–Para mí es importante combinar distintos formatos. No es lo mismo dibujar para una página que para un póster de cinco metros de ancho por dos de alto. Es una cuestión de tamaño y de otras variables. Hay que tener en cuenta si dibujas para niños o adultos. Eso es lo que diferencia a un ilustrador, es alguien que le gusta trabajar en un contexto. Un artista libre ofrece su visión del mundo en una galería o un museo. Un ilustrador está determinado por un contexto y a mí ese límite me gusta e interfiere en tu manera de pensar esa ilustración. También me gusta la interacción con el editor, que te da la visión del álbum desde el otro lado, como un lector. Todo esto tiene que ver con la comunicación, tú tienes una idea y está bien alguien que te diga como le llega. El lector completa el trabajo, tú en la ilustración sugieres y él reconstruye por asociación.

Su último trabajo en España es ‘El libro más divertido del mundo’. ¿Se sintió todopoderoso?

–Es un título un poco pretencioso, en otros idiomas se acerca más a la idea de un libro sobre el mundo ilustrado. Es una broma en relación con los títulos que ponía Richard Scarry, un ilustrador estadounidense que me gusta mucho. En ese caso me pidieron un libro de 60 páginas, lo que es mucho para un álbum que suele moverse entre 30 y 40. Entonces pensé que sería bonito ilustrar un año en la vida, de ahí las cuatro estaciones, y lo que se come, y de dónde procede, y los transportes, y el mar, y un largo etcétera. Trabajo por asociación, una imagen me lleva a otra.

¿Sigue dibujando a su personaje Otto?

–Pensaba dejarle ya, pero estoy con un álbum sobre colores y me vino Otto, un gato gris, como contraposición. En cierta manera quiere reivindicar el gris como color y me venía bien alguien neutral.

¿Percibe diferentes escuelas de ilustración internacional relacionadas con sus países de origen?

–Ahora todo es más global. Vivimos en un momento caracterizado por la variedad de estilos; hay ilustración clásica, contemporánea, artística, infantil. La ilustración publicitaria o de prensa exige tener un concepto una idea, mientras que la de los álbumes no necesariamente. Partes de una emoción, el dibujo la deja traslucir y eso es algo que se ve menos en el arte contemporáneo.

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