Robert Saladrigas.
Robert Saladrigas. / Albert Olive-Efe

«El flujo de miles de libros a la venta es absurdo, una desmesura»

  • Robert Saladrigas ha reunido en la obra ‘En tierras de ficción’ sus artículos y críticas sobre los autores más influyentesen la narrativa contemporánea

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Con cientos de artículos y críticas literarias escritas, asegura Robert Saladrigas (Barcelona, 1940) que cada día se sumerge en la aventura de leer con la firme predisposición de maravillarse. «Y aquí estoy. Pasando páginas y más páginas. Escribiendo. Fantaseando sobre el sentido de la vida», cuenta en la introducción de ‘En tierras de ficción. Recorrido por la narrativa contemporánea. De Edgar Allan Poe a Evan Dara’, que publica la editorial palentina Menoscuarto, un libro que completa la obra que publicó en 2013 ‘De un lector que cuenta’, una selección de algunos de sus textos escritos a lo largo de los últimos treinta años. Saladrigas habla de su particular paladar literario a través de las reflexiones sobre la obra Heinrich Böll, Truman Capote, Georges Perec, Camilo José Cela, Julio Cortázar, Sinclair Lewis, Virginia Woolf, Paula Fox o Elena Ferrante, entre casi un centenar de narradores.

–¿Qué criterio ha seguido para elegir a los escritores?

–La calidad. Tengo el privilegio de escribir semanalmente sobre libros que elijo entre las literaturas universales que se traducen en nuestro país, por tanto, eso me permite seleccionar muy bien. El único requisito ha sido que sean autores de gran calidad, o que marquen tendencias. A lo largo de los años, cuando uno tiene cierta edad y experiencia, distingue perfectamente los caminos que son válidos de los que no.

–¿Cuál es la función de la crítica?

–Hay dos tipos de crítica: una académica, que a mí me suele interesar poco, dirigida a un público cómplice; y después está la que se ejerce en los periódicos, en los suplementos literarios, y aquí hay que observar unos requisitos. En la crítica académica al lector le hablas de Faulkner y no necesitas contarle quién es, y en un diario a un lector sin rostro hay que aclararle de quién estás hablando. En los medios de comunicación lo fundamental es que te entiendan, se escribe para un lector y eso no significa bajar el nivel intelectual de lo que escribes. El lector tiene que entender que no estás haciendo publicidad ni estás al servicio de intereses comerciales. A un libro malo no hay que dedicarle espacio, pero si hay un libro de un autor bueno al que puedes poner objeciones, hay que decirlo.

–¿La crítica literaria actual es demasiado benevolente?

–Sí. Está demasiado ligada a intereses comerciales. A quien hay que agradecer que se publique a un autor es al editor. Cada libro tiene su espacio, hay que juzgarlo como tal. Y un libro importante hay que tratarlo como se merece desde el punto de vista de la trascendencia cultural para el país. Un título malo no tiene por qué tener espacio, hay que ignorarlo y punto.

–¿En qué se basa al evaluar una obra literaria?

–En criterios culturales. Uno tiene el suyo propio con toda justicia o injusticia. Además, soy escritor. Y tengo que andar con pies de plomo. Cuando leo un libro que me entusiasma, lo primero que pienso es cómo lo ha hecho su autor. Y de esta pregunta surge ya el artículo crítico. E igualmente estás capacitado para percibir cuándo te están tomando el pelo, si hay trampa. No hay otra forma de hacerlo que confiando en la experiencia y la honestidad de la persona. Te puedes equivocar, pero no subvertir el criterio y dar gato por liebre al público. Y el prestigio que uno pueda tener vendrá dado porque el lector entienda que estás diciendo la verdad.

–¿Ha flexibilizado la crisis económica los criterios de valoración de una obra literaria?

–Bueno, es que se dedica menos espacio a la crítica. Antes escribíamos artículos largos y prolijos y hoy es imposible por cuestión de espacio, y se da más cancha a la imagen.

–¿Se vincula la opinión literaria con el gusto elitista?

–Yo creo que no. Eso ya no cuela. Todo el mundo sabe, como en cinematografía, quiénes son buenos y malos críticos. Hay que confiar en alguien. Cuando uno entra en una librería y ve la cantidad de libros que hay ahí necesita alguien que le oriente. Cuando uno va a la ópera y viene un genio, el precio es uno; si actúa un principiante, el precio es otro. Pero en los libros no ocurre así, ‘El Quijote’ vale exactamente lo mismo que la última mierda que se publica hoy y comparten el mismo mostrador. El precio no distingue la calidad, entonces necesitas a alguien. Yo antes de ir al cine procuro guiarme por las críticas que creo que coinciden con mis gustos. Hay gente que escribe la crítica en función de lo que dicen las solapas, sin haber leído el libro, pero esto lo ha habido siempre.

–¿Hay desencuentro entre la crítica y los escritores?

–Bueno, un escritor –y tengo la doble vertiente–.... verá, estoy harto de leer que dicen que no les interesa la crítica. Mentira. A todo el muno le interesa qué dicen de nosotros. Y a poder ser nos gusta que hablen bien. Hay que afinar el objetivo. Yo escribo sobre autores extranjeros, pero si escribiera sobre los de aquí, no me dirigiría a ellos, sino al lector. Es evidente que cuando hablan bien de uno se siente el mejor del mundo, y cuando hablan mal, al revés, pero esto es humano. El objetivo es el lector, no el editor ni el autor. Escribo mayormente sobre narradores extranjeros por una razón: porque soy autor, entonces es casi una cuestión ética. Me siento mucho más libre hablando de Paul Auster que de un colega que tengo en la esquina. Y por otro lado me beneficia porque tengo más opciones literarias al alcance.

–¿Cómo ha sido la evolución de la novela en los últimos treinta años?

–La novela está en crisis desde la época de Flaubert. El gran siglo de la novela es el XIX. En España el gran novelista en esa época es Galdós y la gran novela española del siglo XIX es ‘La Regenta’, de Clarín. A partir de ahí la novela en el siglo XX tuvo mutaciones tremendas, con la llegada del ‘Ulises’ de Joyce, Marcel Proust, Faulkner... La novela sigue en crisis por fortuna, porque te obliga a buscar, indagar. Estoy leyendo ‘Cáscara de nuez’, de Ian McEwan y el narrador es un feto. Es una forma de aceptar un reto, que es la obligación del novelista como artista, que entienda la novela como arte, no como forma de ganar dinero, sino de instrumento artístico. El escritor que entiende esto como un arte tiene el deber de renovarse libro tras libro.

–¿Cómo ve al lector español?

–Tenemos hoy más lectores que nunca. Y ha evolucionado. España es un país complicado en este aspecto, no tenemos un Bachillerato como debería ser, y la Universidad no funciona como debe; sin embargo, tenemos buenos lectores. Sobre todo lee la mujer. Y esto ha sido fundamental. Pero se publican en España miles de libros al año y es absurdo. Las tiradas han bajado, lógicamente, pero lo que no ha bajado es este flujo tremendo y absurdo. Los que somos lectores de raza, casi viciosos, no damos abasto, no llegamos. Cuando miro la biblioteca y miro los libros que he guardado y no voy a leer nunca... ¿no sería más sensato reducir los títulos y ampliar las tiradas? Hace años vivimos en este absurdo y nadie pone coto a esta desmesura.

–¿Qué escritores actuales serán recordados por su obra literaria?

–Hay un filtro para eso que es el tiempo. Cuando hoy hablamos de ‘Madame Bovary’ lo hacemos sobre un libro que perdurará en la memoria mientras exista un lector, igual que ‘La Regenta’, o ‘La busca’. El baremo es el tiempo. Hay libros con los que ocurren cosas curiosas. Hay algún título que se publica, se olvida y al cabo de dos años reaparece y queda para siempre. Es el caso de ‘Llámalo sueño’, escrito por Henry Roth en 1923, que se leyó en su tiempo, desapareció, reapareció en los años sesenta en edición de bolsillo y prendió como la mecha. Muchas cosas que se publican ahora y arman un gran barullo no van a sobrevivir, son artefactos comerciales. Las novelas tienen ahora una caducidad de tres o cuatro meses. Hay autores que trabajan a seis meses vista, no pretenden pasar a las posteridad, si no ganar dinero en tres o cuatro meses. Y este no es planteamiento del arte de escribir o de la poética.

–¿Y los premios literarios?

–No hay ni uno que tenga prestigio en este momento. ¿Quién cree hoy en un premio literario? En un momento dato el Nadal tuvo la función de descubrir autores, a Delibes, a Carmen Laforet, Ana María Matute, Martín Descalzo..., pero ahora es un gran espectáculo porque un editor gana dinero. Es difícil comprar una novela por el hecho de que la hayan premiado. Ni el Goncourt se libra.

–¿El ‘best seller’ está hoy reñido con la calidad?

–Sí, seguro. No hay un solo ‘best seller’ que pueda defenderse en el terreno de la calidad. La gente escribe por encargo. Están los departamentos de laboratorio editorial que deciden sobre qué tema se puede escribir y con qué elementos para que el libro entre al mercado. Yo los ignoro. Puede haber algún ‘best seller’ de calidad, no cerremos la puerta a la posibilidad, pero no hay un ‘Chacal’, de Forsyth, o ‘El padrino’, de Mario Puzo. El equivalente hoy yo creo que no está. Es difícil mantener la calidad y ser comercial. Ojalá coincidieran las dos cosas, pero las exigencias comerciales lo impiden. ¿Qué editor publicaría hoy a Proust? Pienso que las editoriales pequeñas son el futuro de la literatura.