Richard Vaughan, en una sala del Teatro Calderón.
Richard Vaughan, en una sala del Teatro Calderón. / G. Villamil

«Si el profesor impresiona, la asignatura motiva; sea inglés o álgebra»

  • Richard Vaughan defiende con su particular método la importancia del oído y la motivación en el aprendizaje del inglés

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«Por cien minutos de metraje, una película tiene veinte minutos de diálogo. Y los directores, guionistas y actores superan, en sus textos, el nivel de dificultad de la vida misma. Sería como tratar de aprender español viendo ‘Torrente’». Con esta contundencia rechaza el docente Richard Vaughan la pretendida eficacia que se achaca al cine o a las series de televisión en versión original con subtítulos para asimilar el inglés. Esta es solo una de sus desconcertantes posturas ante temas comúnmente consensuados, «revolucionarias» por su aparente discurso a contracorriente.

«Una película desmotiva y desmoraliza al alumno», declaró durante su estancia en Valladolid para la firma de un convenio con el Teatro Calderón para promover el aprendizaje del inglés a través de las artes escénicas. «Es muchísimo más efectivo que se metan en YouTube y escuchen una charla TED o una entrevista con nativos anglófonos: Paul McCartney, Freddie Mercury, George Bush, Obama, Trump…». Gracias a estas prácticas, el oído deja de discriminar un sonido del que, en un largometraje, apenas discierne un 10%: «Con el guion escrito delante, la misma persona entiende un 80%», afirmó.

Sostiene estar a favor del doblaje («Sin él, la industria del cine se desmoronaría» ), a diferencia de un amplio 73% de los encuestados en su último informe sobre la situación del inglés en España; un trabajo llevado a cabo por Vaughan Systems en el 40 aniversario de su fundación. Ese mismo estudio refleja una voluntad de cambiar el hábito de españolizar la pronunciación de nombres fonéticos, como Miami (pronunciar «maiámi» en lugar de «miámi»), a diferencia de lo que aconsejan otros manuales de lengua española o instituciones como Fundéu y la RAE.

Una vez más, Vaughan se muestra en amplio desacuerdo con el resultado de su estudio: «La eficacia comunicativa debe primar sobre la calidad de la pronunciación», insistió, recalcando la importancia del entendimiento y del oído por delante de otros conceptos tan temidos por los estudiantes como las ingentes dosis de vocabulario específico o los aborrecidos ‘phrasal verbs’: «Solo existen para que gente como yo gane dinero», ríe a carcajadas.

«Acariciar el oído», como él llama al acostumbramiento al idioma, es la prioridad para abordar esta y cualquier otra lengua.

Nivel mejorable en España

El informe refleja las opiniones de adultos entre 35 y 55 años, tanto con respecto a su experiencia con el inglés como la que desean que tengan sus hijos. Las conclusiones son desiguales: el nivel de inglés sigue siendo bastante mejorable en España y, muy especialmente, en Castilla y León, si bien los padres son cada vez más conscientes de la importancia de esta materia, los jóvenes ayudan a levantar la nota media y el cambio de tendencia favorable de cara al futuro parece más que posible.

«Los padres deben tener en cuenta que desde que nace el niño se activa un contador, y tienen 23 años para que sus hijos adquieran un nivel fantástico de inglés», afirmó el docente. Y sin prisa pero sin pausa, todo pasa por hacerles vivir el idioma, «que no lo estudien como lengua muerta». Lo ideal sería, para Vaughan, que de 0 a 12 años simplemente escucharan o recitasen inglés: «Nada de palabra escrita hasta que no lleguen a la pubertad, su conducta se torne más analítica y puedan reconocer las palabras que han escuchado sin pasarlas por un estudio gramatical o, peor aún, por las leyes de la fonética española».

Es la diferencia a la hora de pronunciar ‘table’ (mesa) como lo haría un nativo, ‘théibl’; o como lo haría un hispanohablante, ‘téibol’. Y no importa que no lo entiendan, como tampoco es relevante que no comprendan el español que reciben en sus dos primeros años de vida: «El impacto lingüístico llega a ser impresionante, a los ocho años ya manejan el subjuntivo; algo que a cualquier extranjero le cuesta un mínimo de cuatro aprender».

Cambiar esas rutinas no depende solo del ámbito familiar, también del escolar. Y aunque Richard Vaughan admite que el sistema educativo español «ha mejorado gracias a los colegios binlingües públicos y concertados», también cree que ese es, aún, «bastante pobre». El docente celebra que los niños hayan superado un «milenario sentido del ridículo, un respeto absurdo al idioma» que aún pesa en sus mayores.

Entre estos vicios se incluye una falta de confianza «infundada, que le hace autoflagelarse y pensar que está a la cola de todo el mundo, cuando hay zonas iguales o peores, como Latinoamérica, Francia, Italia, China o Japón», expuso Vaughan. Por otra parte, también identificó un «desinterés del español medio en desenvolverse laboralmente en el mercado extranjero, salvo contadas excepciones», en palabras del profesor. Ese desaprovechamiento puede verse en todos los ámbitos profesionales, alertó, «hasta en los niveles de los diplomáticos y de los líderes políticos».

Así pues, Vaughan hizo notar que un joven en la veintena puede «cojear» si no está lo suficientemente preparado con el inglés, pese a ostentar dos másteres y un doctorado.

Enseñar a los padres

¿Y para los padres, ya no hay esperanza? Tal vez sí. Vaughan siempre saca el chiste de una «pastilla milagrosa» para aprender inglés, en la que solo se necesitan tres mil horas de dedicación. Según su estudio, más de la mitad de los encuestados estaría dispuesto a pagar cien, mil y hasta tres mil euros por este invento: «Antes las empresas estaban más angustiadas por la urgencia de hacerse con el inglés; ahora también las personas, pero sigue faltando esa concienciación con el esfuerzo». El docente sabe de lo que habla: él confiesa haber precisado de cinco mil horas para hacerse con el español; un tiempo en el que, además, leyó en voz alta cuatro novelas de Pío Baroja.

El método para adultos se divide en tres bloques, un 40% de atención personal, un 40% de «tragar agua» (buscar apuros y solucionarlos) y un 20% de clase, «solo si el profesor enamora». Para Vaughan, «si el profesor impresiona, la asignatura motiva; sea inglés o álgebra». Por otro lado, juzgó conveniente cambiar ciertas actitudes «muy latinas» ante los errores: «Hay que aceptarlos como un maestro que nos reorienta en el camino, como las microcorrecciones con las que enderezamos el volante del coche para no salirnos de la carretera», y no dejar que nos hundan en el fracaso o en la derrota más absoluta.