Adiós al pintor Florencio Galindo, maestro del realismo sucio

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Dice Mario Benedetti que la muerte es una «traición de Dios». Así es como se siente uno, traicionado, ante la muerte repentina de Florencio Galindo. Traicionado porque el pintor abulense se encontraba en pleno momento de creatividad, de expresividad, de felicidad. Su labor como comisario en la exposición 'La poética de la libertad', sin duda el hecho cultural más relevante de cuantos se han dado cita en la celebración del IV Centenario de la muerte de Miguel de Cervantes, había ido más allá de la mera responsabilidad artística de la muestra. Su obra 'El laberinto del dictador', incorporada como una más entre las piezas de Ai Weiwei, de los grandes informalistas españoles y de los propios artistas de la catedral de Cuenca, se había convertido prácticamente en el símbolo de la exposición. Sobre la dureza de los espinos de la alambrada, los lazos azules de la esperanza, el testimonio de los que han conseguido pasar, aun dejando girones de su vida en el intento, las barreras de la intolerancia del hombre contra el hombre.

Sin lugar a dudas podemos decir que la muerte ha encontrado a Florencio Galindo (Adanero, Ávila, 1947) en un momento nuevo de expresión. Discípulo de Antonio López y profesor de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid, su virtuosismo realista se cruzó desde el principio con el informalismo de su otro maestro, Antoni Tàpies, dando lugar a ese extraordinario realismo sucio que define a la segunda generación de los grandes realistas españoles, de la que él es uno de sus representantes más cualificados. Sobre estos presupuestos expresivos, y alentada por un espíritu al mismo tiempo ético y poético, la pintura de Florencio Galindo llama la atención sobre la acción del hombre en su afán por limitar y esclavizar a la naturaleza; y también sobre la posibilidad de encontrar la belleza en medio de un universo hostil y opresor.

Sus rosales cautivos o sus pájaros escarmentados son la mejor muestra de esa capacidad del artista para conjugar, en una misma obra, lo sucio y lo diáfano, lo turbio y lo absolutamente definido: el hallazgo en medio de las turbulencias. Así desde su primera exposición en 1973 en la galería Egam de Madrid, hasta cualquiera de las grandes muestras que ha protagonizado, durante más de cuatro decenios en España, Europa, Iberoamérica o los Estados Unidos. Una obra extensa e intensa que le ha valido numerosos reconocimientos, desde el Premio Blanco y Negro hasta el L’Oreal, pasando por las becas de la Juan March o el Bellas Artes.

Sin lugar a dudas su vivencia cotidiana en Ávila, en la pequeña localidad de Narrillos de San Leonardo, frente a frente cada día con el paisaje humanizado de Castilla, tiene mucho que ver en esto; lo suficientemente cerca de Madrid como para no perder un solo movimiento del arte universal, pero lo suficientemente lejos como para poder abundar cómodamente en una contemplación casi metafísica, sanjuanista, de la Naturaleza. De esta manera el pintor abulense ha conseguido hablar de lo propio, lo cercano, lo humilde, con categoría de gran expresión plástica; ha logrado situar al mundo rural, a la Naturaleza manipulada por las manos de los hombres, en una magnitud plenamente artística, iluminada. Cada cuadro de Florencio Galindo es un conmovedor poema plástico donde la sinestesia de los sentidos, lejos de confundir al espectador, le ayuda a desvelar verdades profundas.

Sobre la fuerza y el valor de su obra, es imprescindible recordar ahora a la persona, a su conversación inagotable, a sus vivencias inauditas, a sus visiones iluminadas; a la rebeldía profunda que sentía ante la injusticia de tantas y tantas acciones humanas. “Los vivos, comparados con los muertos, resultamos insoportablemente banales”, escribió nuestro Miguel Delibes. Qué razón tenía.