La Venus de las pieles

JESÚS FERRERO 18 May 2016

La figura de la mujer fálica que castiga al hombre y lo somete es muy antigua, y se percibe ya en el mito de las amazonas: una leyenda que procede de la época arcaica de la cultura griega.

Pero el hecho de que una figura más o menos simbólica circule por ahí no quiere decir que haya sido de verdad definida y de verdad iluminada. Sabíamos que nuestra psique cobijaba una zona oscura, pero hasta que no llegó Freud no se empezó a cartografiar esa zona, dándole un lugar en la conciencia y un lugar en el lenguaje.

La mujer castigadora y sádica podía ser visible en la Biblia (pensemos en Salomé), pero no como en la novela La venus de las pieles del escritor austríaco Leopold von Sacher Masoch, un singular personaje de ascendencia judía, eslava, española y bohemia. Todo un póquer de ases configurándole desde el instante mismo de su nacimiento.

De Masoch surgió el concepto masoquismo, para hacer referencia a esa tendencia en la que se invertía el sentido del dolor, convirtiéndolo en deleite. Lo que va a definir esa tendencia se despliega con cierta claridad y cierto puritanismo en La venus de las pieles. La novela se publica en 1870. En esa época éramos muy antiguos, por decirlo de algún modo. Más adelante, en el cruce del siglo XIX con el XX, se va a producir en toda Europa un gran aliento de modernidad, pero en la época en que Sacher Masoch publica su más célebre novela esa modernidad brilla por su ausencia. El libro narra el conflicto entre una pareja sadomasoquista de una forma bastante virginal: como si ambos sujetos estuviesen experimentando por primera vez esa inversión del dolor y del placer, y les estuviese alarmando el arte de humillar y de ser humillado.

Tanto en la novela de Sacher Masoch como en otras posteriores con el mismo tema (ahora pienso en Primavera sombría de Unica Zürn) el narrador invoca a los mártires del cristianismo. Algunos mártires son evocados como símbolos máximos del masoquismo. Esa tradición llega hasta el escritor japonés Yukio Mishima, que veneraba la figura de San Sebastián por lo turbadoramente masoquista que le parecía. El hermoso hombre con las flechas estratégicamente clavadas en su cuerpo, y que mira al cielo como si estuviese en éxtasis, se le antojaba a Mishima tremendamente significativa y muy próxima a lo sublime.

Al hacer enteramente visible la figura de la mujer sádica y el hombre masoquista conformando un círculo del que no es tan fácil escapar, y que el narrador experimenta por primera vez, sin filtros y sin defensas, Sacher Masoch define perfectamente una tendencia, y en cierto modo la domestica. Le da un lugar en la mitología y en el lenguaje, al mismo tiempo que le da un lugar en la realidad. La novela huye de las escenas explícitas, si bien deja claras en dos momentos supremos las contradicciones internas de masoquismo. En muchos aspectos la víctima está partida. Esa escisión interior no desaparece nunca en el alma del narrador y esa escisión le da verdadera profundidad psicológica a la historia.

En el siglo XVIII la sexualidad se impregnó de muchos elementos sadomasoquistas, ese proceso continuó en el siglo XIX, curiosamente al mismo tiempo que la sociedad se hacía cada vez más atea, como si el sadomasiquismo representase la nostalgia de sadomasoquismos anteriores y más aparatosos, vinculados a la nobleza. No en vano, el sadomasoquismo es una geometría que juega con la figuras del amo y del esclavo. En La venus de las pieles esas figuras se van creando a lo largo de un proceso. No aparecen como evidencias desde el principio, como sí aparecen en Historia de O y otras novelas posteriores. En 1870 la sociedad aún no había llegado a la edad de la obscenidad, y Sacher Masoch prefirió ser cauto. La mujer castigadora irá cubierta de pieles en los momentos culminantes, y las pieles evocan la exquisitez y el lujo pero también la prehistoria. Las pieles siempre nos llevan muy lejos: a la edad del hielo.

En la literatura universal son pocas las novelas que se convierten en definidoras de una tendencia humana general, o que se puede dar en todas las sociedades. No siempre esas novelas son las mejores, literariamente hablando, pero llegan a ser mucho más definitivas. A Sacher Masoch le ocurrió con La venus de las pieles. Con ella se inició el género sadomasoquista, tan de moda en nuestros días.

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