Lita Cabellut, en su estudio de La Haya (Holanda), una vieja fábrica en ruinas que ella misma rehabilitó como vivienda y lugar de trabajo. Tras la artista, su cuadro 'Impulus 7'.
Lita Cabellut, en su estudio de La Haya (Holanda), una vieja fábrica en ruinas que ella misma rehabilitó como vivienda y lugar de trabajo. Tras la artista, su cuadro 'Impulus 7'. / Eddy Wenting

«España me debe un beso»

  • Las ‘celebrities’ se rifan sus cuadros, por los que se pagan hasta 140.000 euros. Lita Cabellut, la pintora española más cotizada del mundo, es una desconocida en nuestro país

A mí me hubiera gustado llamarme Ana o Sara, ¡o Bárbara!». O simplemente Manuela, se confiesa la pintora española más cotizada del mundo. Lita, de Manuelita, es el diminutivo que su madre adoptiva le encasquetó a aquella gitanilla disléxica de ojos oscuros y vivarachos, que son «la morada» de su duende. Graduada en buscarse la vida por los bajos fondos de Barcelona, hoy todavía elucubra sobre la posibilidad de cambiarse un nombre que siente ajeno. Son sus tres hijos los que tratan de quitarle la idea de la cabeza con un argumento que repiten de forma machacona: Lita le va que ni pintado a la famosa Lita Cabellut (Sariñena, Huesca, 1961), una mujer alegre, arrebatadora, que mastica cada palabra y paladea cada instante, que se abre en canal en la conversación y que se define sin tapujos: «Obsesiva, nerviosa, cariñosa, comprensiva». Un «claroscuro», porque «la sombra no existe sin la luz».

Quizá sea esa la única manera de explicar por qué Lita Cabellut es una completa desconocida en nuestro país, mientras el resto del mundo se rifa sus cuadros a precio de salmón de Alagón. Ni siquiera ella le encuentra sentido. «No lo entiendo». Según el último ranking de la revista ‘Artprice’, referencia en el mercado del arte, solo hay dos españoles que vendan más que ella, y son hombres: Miquel Barceló y Juan Muñoz. En el puesto 333 del ‘top 500’ de artistas contemporáneos más cotizados del planeta aparece Lita, con unas ventas totales de más de medio millón de euros en las subastas celebradas este año y un precio máximo de 140.000 euros por un lienzo. Ni ella misma sabe por qué pintura los pujaron, pero se lo imagina: «A lo mejor es un (Charles) Chaplin, que tienen muy buena salida». Y los retratos de Frida Kahlo, y los de Coco Chanel... «Pinto aquellos personajes que conozco bien, que estudio a conciencia». Generalmente, con una ‘cara b’ tan sombría como la suya.

¿Alguno se le ha puesto especialmente rebelde?

Mi autorretrato. Los lienzos impregnados del lumpen que la abrazó en la infancia –prostitutas, proxenetas, vagabundos, ladrones– también se los quitan de las manos.

¿Un pasado oscuro, como el suyo, atrae a más clientes?

No, hay que tener arte. Mi historia es la misma historia aburrida de miles de personas. Pero si hay un relato de superación, como el mío, eso anima mucho en momentos tan difíciles como este. Hay gente que no sabe si va a tener un mañana. Yo soy la prueba de que todo puede cambiar. De que nada es perpetuo. La gente quiere ver cosas positivas. Además, a un artista no lo hace un galerista, sino el pueblo. Así pasó con Goya o con Van Gogh.

Lita nunca conoció a su padre. Su madre, una prostituta, la abandonó a los tres meses en Barcelona. Vivió con su abuela, pero su muerte la empujó a la calle, a pedir limosna por Las Ramblas, La Boquería y Port Vell. Terminó en el orfanato. Aunque Lita, como Huckleberry Finn, no solo vivió de la caridad. «Ser niño de la calle también es divertido. En mi pandilla nos cuidábamos, nos queríamos y hacíamos lo que nos daba la gana. Sacábamos las monedas de la fuente de la Plaza Real. ¡Robábamos las carteras a los turistas! Pedíamos Zippos a los marineros; nos metíamos en restaurantes y decíamos que nuestro padre estaba en el lavabo mientras nos servían. Nos zampábamos la comida y salíamos corriendo. ¡Tantas cosas! ¡Me lo pasaba pipa!», rememora excitada. No hay lugar para la autocompasión.

Diálogo con los fantasmas

Lita Cabellut lo deja claro: «Mi vida es un espectáculo, pero es más importante lo que hago ahora con ella: vivir conscientemente, darle identidad a lo que no entiendo, amarme a mí misma. Estar en diálogo con mis fantasmas».

¿Qué tipo de fantasmas?

Mis recuerdos. El recuerdo de una madre, darte cuenta de que es una señora mayor, que no ha tenido una oportunidad, que ha sido víctima de sus circunstancias y que en realidad no es un monstruo, sino una víctima... Quizá eso es más grande que yo misma.

Los años le han enseñado...

A saber lo que me gusta y lo que no. O eres extraordinario, o déjame en paz. No quiero perder el tiempo. El vino es un ejemplo. Bebo poco, pero sé perfectamente si está bueno o está malo (ríe).

«España me debe un beso»

/ Gerard Rancinan

Toda la creatividad que nació «en aquella época de Barcelona, cuando no tenía reglas», estalló como el magma de un volcán en erupción después de la primera visita al Museo del Prado. Un regalo de la familia bien que la adoptó con 13 años y que tuvo el bendito ojo clínico de dar rienda suelta a sus sueños. En la pinacoteca, Lita se pegó de bruces con ‘Las tres gracias’ de Rubens. Pero el cuadro de la revelación, «y que está presente en cada personaje que pinto», fue ‘La romería de San Isidro’, de Goya, uno de sus referentes junto a Rembrandt, Freud, Bacon y Tàpies. «Con Goya me sentí reconocida. Me impactó ver que él conocía la oscuridad, la locura, lo grotesco». Lita salió de allí «conmovida y sobresaliente». Había encontrado «un lenguaje para dar voz» a los desarrapados, «a quienes mantenemos en las esquinas de nuestra visión». A los 19 años se marchó a vivir a Holanda e ingresó en la prestigiosa academia Gerrit Rietveld, donde dejó brotar el «salvajismo» que llena su obra. Ese ‘salvajismo’ del que hablaba Paco de Lucía, que «envenena» sus venas «de locura» y que ha hecho que Lita deje de fumar «para llegar a los 80 años y poder envenenarme con más energía». Un ciclón azabache por el que hoy se pelean galerías de Nueva York, Londres, Amsterdam, París, Beirut, Hong Kong... Por nuestro país no la veremos hasta 2017, cuando exponga en la Fundación Antoni Vila Casas de Barcelona, «la primera persona –y única, de momento– que se arriesgó a mostrar mis lienzos en España». Y avisa: «En 2013, vi mi cuadro colgado y me puse a llorar. Volvía a casa de puntillas, sin hacer ruido. Esta vez llegaré taconeando, con una gran sonrisa».

¿Qué le debe España?

Un beso. Cálido, de bienvenida, el que damos a los nuestros. Un piropo de un desconocido nunca llega tanto como el que te da el niño de tu barrio. Ser reconocida en tu casa te besa el alma.

Mientras eso ocurre, esta «retratista de almas» seguirá haciendo caja entre las ‘celebrities’ que se pirran por sus creaciones desgarradoras, lúgubres, trufadas de grietas de vida al óleo. Ella guarda escrupulosa discreción sobre la identidad de sus clientes, aunque ‘The Times’ ya desenmascaró a uno de los grandes coleccionistas de Lita Cabellut: el archifamoso chef norteamericano Gordon Ramsay. No solo eso. Medio Hollywood devora con fruición el arte de esta pintora española. Hugh Jackman o Halle Berry, por ejemplo, ya han colgado en sus mansiones varios lienzos de Cabellut. No suelta prenda, pero concede: «Me parece un milagro que me paguen por algo que para mí es inevitable hacer, que es mi vida. Hay quienes compran un cuadro para su casa de Nueva York, otro para la de Londres y otro para la de Suiza. Si pudiera, ¡regalaría mucho!».

Lita, que bromea con su «síndrome de Stendhal crónico», se declara «intolerante con los ignorantes arrogantes», sueña con levantar un orfanato para niños que no se parezca al que ella conoció y se atraganta de pasión al hablar de jardines y hortensias, de la salsa de tomate y el conejo con almendras que prepara para sus hijos, de la costa Brava y de una vida que adora: «No sé qué planes tiene conmigo, pero a veces me gusta pensar que soy su niña favorita», celebra. Aunque Lita no eligiera llamarse Lita.

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