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Andrés Coello, entre sus cerámicas. / Ramón Gómez

La búsqueda de la originalidad

  • Andrés Coello reúne en la sala de
    Calderón una muestra antológica del último medio siglo de su obra

Andrés Coello nació en Valladolid el 8 de noviembre de 1935 y hace medio siglo decidió dedicar su vida al arte, así que ha titulado ‘Cincuenta de ochenta’ la exposición antológica que reúne en la sala del Teatro Calderón pinturas, esculturas y grabados que resumen las diferentes series realizadas a lo largo del tiempo. Ceramista de palomares y personales e irrepetibles figuras, tenía una tienda de decoración arquitectónica cuando decidió dejarlo todo para seguir el camino que «mejor encajaba con mi forma de ser y de hacer», dijo en la presentación de la muestra que inauguró Ana Redondo, concejala de Cultura.

El artista, que ha buscado siempre la superación y la originalidad dirigido por una curiosidad sin límites ante el resultado de su permanente investigación con formas y materiales, afirmó que lo ha pasado muy bien sorprendiéndose a sí mismo, incluso sustituyendo por el blanco el color de su obra. Autor de esculturas murales que se pueden contemplar en plazas públicas y edificios y creador en 1973 de la primera Escuela de Cerámica, protagonizó en la década de los noventa 15 exposiciones en otras tantas ciudades americanas, desde Buenos Aires a Nueva York. Algunas obras de esta colección, acrílicos y acuarelas sobre papel húmedo, se pueden contemplar en la exposición como un resumen de su interpretación del paisaje a través del color y las formas.

El centro de la sala lo ocupan sus esculturas cerámicas, representadas por la colección ‘Tierra encantada’, piezas de placas soldadas y singular belleza que ha ido haciendo desde 1977 hasta 2013, aunque cada serie es siempre distinta a la anterior por sus texturas y grafismos además de por el color. En otras, Coello ha experimentado con la adición de distintos trozos de pasta, grabados, improntas y penetraciones, e incluso conmemoró la Batalla de Villalar y viajó a Capadocia.

Además es posible ver algunos de los monotipos que el artista inició en 1973 y sigue realizando. Son una de sus maneras de experimentación con formas y colores ya que modifica cada uno de ellos con aportaciones de tinta china, grafitos, acrílicos y acuarelas. Igualmente están representados los ‘Crucificados’, recuerdo a los marginados o los que han muerto por las bombas, las armas o la violencia del mundo actual, que dialogan con las ‘Vidas erráticas’. Contrastan con los collages del 2004, una forma de expresión en papeles estampados con tientas litográficas a los que en ocasiones ha incorporado maderas.

El artista ha viajado con la imaginación a Uruk para rendir homenaje a la ciudad que inventó la escritura, ha seguido ‘La ruta natural’ para buscar el silencio sin color, guiado por el blanco, y ha representado también con su personal estilo el mundo de los toros. Además se ha acercado al Sol, desde que sale hasta que se oculta, y buscado los ecos del silencio en los páramos. Pero siempre su objetivo es contar su forma de ver el mundo. «Quiero que mi obra se reconozca enseguida, que tenga su propia impronta –dijo ayer–, por eso intento siempre hacer algo que nadie haya visto».