La casa en la que pasó largas temporadas en poeta, declarada en ruina por el Ayuntamiento.
La casa en la que pasó largas temporadas en poeta, declarada en ruina por el Ayuntamiento.

Amor, celos y muerte en Noviercas

  • La vivienda soriana que habitó Gustavo Adolfo Bécquer junto a su mujer, Casta Esteban, cuyo derribo ha anunciado el Ayuntamiento de la localidad soriana, fue testigo de una vida trágica y azarosa

La polémica está servida. El derribo de la casa que Gustavo Adolfo Bécquer habitó junto a su mujer, Casta Esteban, en la localidad soriana de Noviercas no solo se llevaría por delante un edificio en ruinas, sino que también haría desaparecer el escenario de una azarosa vida repleta de amor, celos, desamor y muerte.

Propiedad del prestigioso médico Francisco Esteban, marido de Antonia Navarro y padre, por tanto, de la mujer del poeta, su desplome fue anunciado en el Boletín Oficial de la Provincia, si bien contemplaba la posibilidad de mantener en pie la fachada. Sin embargo, la presión vecinal en contra de tal medida acaba de traducirse en una primera aportación económica de la Diputación Provincial, de 50.000 euros, para evitar lo que Amigos de Noviercas considera una pérdida irreparable y el final definitivo de la huella becqueriana en su entorno.

Gustavo Adolfo Bécquer

Gustavo Adolfo Bécquer

Porque en Noviercas, en efecto, se desarrollaron episodios cruciales –y trágicos– de la tormentosa relación entre el poeta sevillano y Casta Esteban Navarro, soriana nacida en 1841 en Torrubia. Esta apenas había cumplido 17 años cuando conoció a Bécquer en la consulta de su padre, ubicada en la capital madrileña, a donde había acudido para tratarse la sífilis. Cuentan que fue un flechazo de ida y vuelta.

Una vez superada la resistencia paterna (¿qué padre de la época era capaz de ver con buenos ojos el matrimonio de su hija con un paciente de sífilis?), contrajeron matrimonio el 19 de mayo de 1861 en la iglesia madrileña de San Sebastián. Por entonces, el poeta acababa de recuperarse del célebre desengaño amoroso con Julia Espín Guillén, posible musa de sus rimas.

Aunque los recién casados residieron en la casa número 19 de la madrileña calle del Baño, los viajes a Noviercas, a casa de sus suegros, eran constantes. De hecho, en la localidad soriana concibió Casta Esteban, el 9 de mayo de 1862, a Gregorio Gustavo Adolfo, el primer hijo del matrimonio; le seguirían Jorge Luis Isidoro, nacido en Madrid, y Emilio Eusebio. La tragedia sobrevino al nacer este último en Noviercas, el 15 de diciembre de 1868, pues ya hacía tiempo que Bécquer no vivía con su esposa. ¿Qué había ocurrido?

«Acompañando a Gustavo y a Casta, con sus dos hijos, fuimos a Noviercas, provincia de Soria, donde residían los padres de Casta, y allí ocurrió la tragedia entre Gustavo y su esposa. Rivalidades con un antiguo novio (con el cual se casó al morir Gustavo) hicieron salir a los dos desafiados a la plaza del pueblo. Al día siguiente Gustavo se separaba de su mujer, llevándose a sus dos hijos, de tres y cinco años, a un caserón, sin casi otros muebles que las camas. Allí estuvimos refugiados hasta marchar a Soria con el tío Curro Bécquer, hermano de mi abuelo», escribió en 1932 Julia Bécquer, su sobrina.

Pero era una verdad a medias. Lo cierto es que las andanzas de Bécquer con su hermano Valeriano, pintor de disipada y alocada vida, separado de Winifreda Cogan al poco de casarse, habían ido minando la paciencia de Casta Esteban: «El matrimonio Bécquer se ha resentido con la absorbente presencia de Valeriano –escribe Heliodoro Carpintero–. Casta advierte que Gustavo es arrastrado por su hermano hacia sus correrías artísticas, de las que ella queda excluida para atender a sus dos hijos. Casta acaba por odiar a su cuñado. Y para atraerse de nuevo a Gustavo acude al más desdichado de los procedimientos».

Amor, celos y muerte en Noviercas

Abandonada en Noviercas con sus dos hijos, Gregorio Gustavo y Jorge Luis, la soriana no dudó en recurrir a los celos para recuperar a su esposo; según Carpintero, de sus amoríos con un antiguo novio llamado Hilarión Borobia, apodado El Rubio, soriano pendenciero y maleante que también estaba casado. Las murmuraciones en Noviercas no se hicieron esperar.

«Cuando me lo contaron sentí el frío / de una hoja de acero en las entrañas [...] Cayó sobre mi espíritu la noche», reza la becqueriana Rima XVI. Era el anuncio de la ruptura definitiva: el poeta marcha primero a Toledo, acompañado de sus dos hijos y de su hermano, hasta que en 1869 se establece definitivamente en Madrid. El cruel imaginario popular llegó a atribuirle esta copla autobiográfica: «Yo con Casta me casé/porque la creía casta/yo por casta la adoré/y hoy reniego de su casta».

Lo cierto es que mientras Bécquer triunfa en la capital, Casta aguarda en Noviercas el momento de poderle recuperar. La ocasión propicia la brindará la muerte de Valeriano el 23 de septiembre de 1870. Pero todo resultó un espejismo: tres meses más tarde, «a consecuencia de un grande infarto de hígado, complicado con una fiebre intermitente maligna o perniciosa», fallecía Gustavo Adolfo y la de Torrubia regresaba, sola y con tres niños, con apenas 28 años, a la Noviercas paterna. Le aguardaba la última y definitiva tragedia.

El 22 de mayo de 1872, esta vez a instancias de su familia, la viuda de Bécquer contraía matrimonio con el asturiano Manuel Rodríguez Bernardo, importante recaudador de contribuciones en Noviercas. Tan solo ocho meses y cuatro días duraría la dicha conyugal. El 26 de febrero de 1873, mientras la pareja disfrutaba de una fiesta de carnaval en la casa de su amigo Luis García, apareció el «Rubio». Para sorpresa de todos e indignación del matrimonio, llevaba en la cabeza unas astas de toro y un cartelón con el nombre de Gustavo Adolfo Bécquer. La expulsión del gamberro fue seguida, minutos después, del sonido de un disparo. El cadáver que yacía en el suelo no era otro que el de Manuel Rodríguez, abatido en plena calle mientras Casta gritaba desconsolada.

Nadie pudo probar las murmuraciones populares que señalaban al Rubio como despechado autor del crimen. Noviercas cerraba así el trágico círculo de la huella becqueriana en la piel de Casta Esteban, que pocos años después, huérfana de padre, mendigaría ayuda y dinero por las calles de Madrid.

En 1884 publicó ‘Mi primer ensayo’, una mediocre colección de cuentos editada, según su propio testimonio, «como último recurso para defenderme de la miseria y el hambre». Ingresada, en marzo de 1885, en el Hospital Provincial madrileño, hay quien asegura que ya llevaba tiempo ejerciendo la prostitución. Murió el 30 de marzo «a consecuencia de meningo encefalitis crónica» y sin otorgar testamento. Gerardo Diego aseguró que le sobrevino la muerte al abrasarse intentando encender un quinqué.