«La fotografía es oficio de soledad; si viajas solo, te relacionas de verdad con el mundo»

José Manuel Navia trabaja en un taller.
José Manuel Navia trabaja en un taller. / Marcelo Aurelio
  • El fotógrafo José Manuel Navia dialoga en el Aula de Cultura con Gustavo Martín Garzo sobre el viaje como metáfora y 'Nostós', una reflexión fotográfica sobre memoria y territorio

José Manuel Navia (Madrid, 1957) viaja más para reconocer que para descubrir. Con ese presentimiento se ha movido por el mundo y ha hilvanado un relato fotográfico sobre tiempo, memoria y territorio. Ese espíritu lo recoge ‘Nóstos’, que se expone en el Círculo de Bellas Artes de Madrid dentro del festival PHotoEspaña 2014. Dice Navia que son los griegos de Micenas quienes en el segundo milenio antes de Cristo inventan el concepto de viaje en sentido moderno, de modo que ‘La odisea’ de Homero es el primer ‘nóstos’ y origen de los demás, lo que convierte el viaje en metáfora de la vida humana. Durante 12 años ha trabajado en este proyecto, que primero reunió en un libro, ‘Nóstos’ (Ediciones Anómalas), «que significa viaje y recuerdo y es la raíz de la palabra nostalgia». Del viaje como metáfora dialoga en el Aula de Cultura de El Norte de Castilla con el escritor vallisoletano Gustavo Martín Garzo.

¿Qué experiencias le llevaron a plantearse este proyecto?

–Es el resultado de una manera mía de entender la fotografía, el viaje y la vida. Este tipo de trabajos, cuando se sienten con intensidad, se convierten en un modo de vida. En todos mis trabajos he querido huir de la idea de lo exótico porque me da mucho miedo, y siendo fotógrafo, más. Cuando viajo a Marruecos me interesa aquello que me recuerda las vidas del sur de España y mundos que son cercanos desde el punto de vista cultural. Eso me llevó a construir ‘Nóstos’. Me interesa ese viaje de ida y vuelta. Hay un tipo de fotógrafos y escritores que necesitamos viajar muy lejos, pero luego emprendemos el camino de vuelta al hogar, buscando lo cercano. Una idea que articula ‘Nóstos’es que a finales de los noventa viajo a Armenia, y voy allí porque me dicen que se parece a Castilla. Y efectivamente, llego a una zona muy ligada al cereal y además me encuentro algunas imágenes que me recuerdan mi infancia.

–¿En qué territorios puso el foco?

–Básicamente en la España interior, en Portugal, en Marruecos, en la Provenza, en el Cáucaso, y en el Mediterráneo central, especialmente en Sicilia. Mi idea es, con esos territorios reales, reconstruir uno soñado o ideal que se parece a esta España interior en la que nací. El libro es una suma de viajes. He trabajado los últimos doce años con esta idea en la mochila. Un fotógrafo que no entienda que en su trabajo está presente el azar no ha entendido la fotografía. Lo importante es crear un clima en el que sientes que estás cerca de los lugares y personas que te importan. Lograr ese acercamiento profundo exige mucho tiempo, algo que va contra el modo de vida actual. La fotografía es un oficio de soledad, porque cuando estás solo te relacionas con el mundo. Cuando viajas solo es cuando de verdad te relacionas con el entorno. Una de las cosas que me aporta esa soledad es tiempo para leer. Para mí la lectura va muy asociada a los viajes, he leído mucho más fuera de mi casa que en ella.

–Es fotógrafo y estudió filosofía. ¿Dota esa formación de un sentido peculiar a las imágenes?

–Me especialicé en antropología y me interesa la fotografía por lo que tiene de lenguaje, me atrae más eso que los aspectos puramente plásticos. La fotografía es un medio visualmente narrativo. Empecé en ella por la fascinación de la técnica y el cuarto oscuro, pero cuando veo que la fotografía puede ser otra cosa es cuando la uno con lo que estoy estudiando en la Universidad. En mis trabajos siempre hay escritores, citas que de alguna manera dialogan con las imágenes. No me interesan que los textos expliquen fotos sino que dialoguen en paralelo. Una de las motivaciones para salir a fotografiar es lo que leo, porque eso me lleva a soñarlo y luego a querer verlo. Si no hubiera tenido relación con la literatura y el ensayo no habría sido fotógrafo.

–¿En qué medida le guía el poder de significación de la imagen?

–Lo explico con una frase de William Carlos Williams cuando fue a ver una exposición de uno de los grandes maestros, Walker Evans, y al salir del Moma de Nueva York definió así lo que vio: «Estas fotografías significan mucho pero no sabemos el qué». El lenguaje de la fotografía es eso. Cuando es profunda o nos hace pensar tiene un gran poder de significación que no es igual para todas las personas.

–¿Cómo relaciona las imágenes con la literatura?

–Es difícil pero a la vez es apasionante. Jordi Soler escribió sobre mi trabajo la palabra contaminación. Me gusta que las palabras contaminen las imágenes y al revés, pero no que se supediten unas a otras. Que se contaminen para enriquecerse mutuamente. El problema es cómo llevar eso a la práctica, lo que te obliga a tomar decisiones difíciles, como poner imágenes y textos para que se produzca esa relación enriquecedora y no se estorben. Yo utilizo la palabra, que suele ser la de otros, pero soy fotógrafo y uso el lenguaje de la fotografía.

–¿Qué es ser fotógrafo?

–A estas alturas, una forma de vida. Incluso una manera de intentar entender el mundo. Es un modo de manejar unas herramientas que me permiten no solo relacionarme con el mundo, sino intentar entenderlo, que es tanto como intentar entenderse a uno mismo.

Fotografía de 'Nostós' en las tierras altas de Soria.

Fotografía de 'Nostós' en las tierras altas de Soria. / José Manuel Navia

–Defiende Sebastiao Salgado que ahora que todo el mundo dispara de forma compulsiva móviles y otros dispositivos de imagen, la fotografía ha dejado de ser memoria.

–Con la simplificación que supone la fotografía digital y el aterrizaje de la cámara en el teléfono móvil se ha producido un cambio brutal. Pero entre los grandes apocalípticos de la fotografía se tiende a pensar que todo ha muerto, y ante a esos planteamientos yo tendría cuidado porque las cosas tienen su intrahistoria. En los talleres con fotógrafos jóvenes suelo decirles que no hay que tener miedo a que todo el mundo haga fotos, que en sí mismo no es malo, porque algo aprenderán de lenguaje fotográfico. Y les hago esta comparación: todo el mundo sabe leer y escribir en España y mucha gente utiliza la lectura y la escritura en su trabajo y en su vida privada. Pero eso no quiere decir que todo el mundo sea escritor. Igual que ser fotógrafo no es solo tomar imágenes, sino hacerlas especialmente bien y tener algo que contar con ellas. Se acabó el fotógrafo que lo es porque hacía fotos difíciles técnicamente buenas.

–Si la fotografía es ejercitar la mirada, ¿no la tendremos cansada ante la avalancha diaria de imágenes?

–Sí, pero creo que estamos en una época de la hipercomunicación, con la palabra, la imagen en movimiento.... todo son eslóganes. Pero a nivel personal la gente está más incomunicada. Y eso no perjudica a la fotografía, sino a la calidad de vida, a las relaciones humanas. Y también aporta cosas, la realidad tiene matices, grises, pero creo que hay una pérdida en ese exceso de bombardeo en el que es difícil elegir lo que te gusta, pero nadie te obliga a ver todo lo que sale por televisión o a estar todo el día delante de Internet.

Fotografía de 'Nóstos' en la provincia de Valladolid.

Fotografía de 'Nóstos' en la provincia de Valladolid. / José Manuel Navia

–¿Qué le apetece fotografiar?

–Cada vez me atrae más fotografiar en los entornos más cercanos. Cuando por tu trabajo has tocado todos los continentes y has viajado por casi todo el mundo tengo claro que me apetecen los lugares más cercanos. De hecho, llevo cinco años viviendo en un pueblo de Toledo por querer estar cerca de ese territorio que tanto me interesa. Las mesetas son el lugar donde veo más imágenes y siento más cosas, la llanura frente a la montaña.