Las pistas que condujeron a la liberación de Ortega Lara hoy hace 20 años

Agentes encubiertos, toneladas de documentos, miedo a ser detectados, pistas fracasadas, una cita en una playa de Las Landas... Uno de los mandos de la Guardia Civil que dirigió la operación relata sus detalles. «Nos volvimos paranoicos. Sabíamos que cualquier error podía costarle la vida»

ÓSCAR B. DE OTÁLORA

«Trabajábamos con una presión tremenda porque sabíamos que cualquier error nuestro le podía costar la vida a Ortega Lara», recuerda Francisco Vázquez, uno de los oficiales de la Guardia Civil que dirigió las pesquisas que permitieron liberar a Ortega Lara. Hoy, veinte años después de que sus investigaciones permitiesen localizar el zulo en el que un comando de ETA mantuvo retenido al funcionario de prisiones durante 532 días, describe el escenario angustioso en el que él y sus compañeros se movían entonces. «Teníamos agentes encubiertos en Mondragón y Bergara, una zona en la que es muy difícil trabajar porque se trata de una comunidad cerrada en la que cualquier desconocido levanta sospechas. Sabíamos que si alguno de nosotros era detectado, el comando huiría sin revelar el paradero de su rehén y lo dejarían morir de hambre. El estrés era tremendo», confiesa el agente.

«La ETA de papel y el boli»

Hasta que Mondragón y Bergara se llenaron de agentes de paisano con todo tipo de disfraces, habían pasado más de 500 días de pesquisas, seguimientos, vigilancia, análisis de documentos... Todos ellos, infructuosos y efectuados bajo la máxima presión. «Abrimos cientos de investigaciones que no llegaron a nada», relata el oficial. El mismo 17 de enero de 1996, día en el que Ortega Lara fue secuestrado en el garaje de su casa de Burgos, fueron inspecionados caseríos, se hicieron batidas por bosques perdidos del País Vasco, controlaron los consumos de agua y electricidad de edificios, vigilaron a sospechosos… «No teníamos muchos hilos de los que tirar. En el lugar de los hechos no había restos de ADN ni ninguna evidencia con la que trabajar, así que había que buscar otras formas de investigar», explica Vázquez. Una de las primeras misiones que llevaron a cabo fue revisar la documentación más antigua de ETA en busca de algún dato que se les hubiera pasado por alto y que pudiera conducir a un zulo. «Se trabajó con toneladas de documentación. Estamos hablando de la ETA de papel y boli, cuando todavía no existían ordenadores ni ficheros informáticos encriptados», recuerda.

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Una cadena de montaje en Intxaurrondo

En la sala de juntas del cuartel de la Guardia Civil de Intxaurrondo se apilaron los cientos de cajas con documentos incautados a la cúpula de ETA en Bidart, una operación llevada a cabo cuatro años antes y en la que se consiguió entrar en el nido de la serpiente de la banda. «Tuvimos que comprar caballetes y paneles de madera porque no había mesas suficientes para desplegar toda aquella información. En muchas ocasiones, además, se trataba de papeles que a los jefes de los terroristas les había dado tiempo a romper y se habían recompuesto como un puzzle». Vázquez recuerda aquella sala llena de analistas como una gran cadena de montaje. «Los papeles pasaban de una persona a otra y se iban cotejando informaciones. Se abrían líneas de investigación que se cerraban en cuestión de días y otras que se trabajaban durante meses y al final no conducían a nada. Algunos días la frustración era absoluta». Y esta falta de avances tenía un condicionante que se convertía en una pesadilla. «Nos atormentaba ser conscientes de que el secuestro era una pena de muerte diferida. ETA había pedido algo que el Gobierno no iba a concederle -el acercamiento de los presos a Euskadi- por lo que en cualquier momento podían decidir matar a Ortega Lara».

Agentes de la Guardia Civil en la entrad del zulo en el que estaba retenido Ortega Lara.
Agentes de la Guardia Civil en la entrad del zulo en el que estaba retenido Ortega Lara.

El retrato robot de un fantasma

Para entonces, los agentes del servicio de información de Intxaurrondo habían elaborado un símil de retrato robot de los etarras que podían mantener retenido a Ortega Lara. «Dado que se trataba de una estructura asentada de ETA que podría haber participado en más secuestros en el pasado, estábamos convencido de que eran activistas veteranos. Además, valoramos que estábamos ante un secuestro de larga duración, por lo que los autores debían ser personas con una cobertura totalmente legal para pasar desapercibidos. Estábamos seguros de que se trataba de gente anodina, anónima, muy poco visible en su comunidad», recuerda el oficial. En la reconstrucción imaginaria que los agentes realizaron sobre el fantasma al que estaban buscando llegaron a evaluar más rasgos de los secuestradores. «Durante un tiempo incluso nos imaginamos que podríamos estar buscando a una familia que vivía en un caserío y hacía vida normal», rememora Vázquez. «Esa era una tapadera que habitualmente había utilizado la banda en sus zulos de armamento de Francia. Pero en Euskadi había cientos de viviendas con esas características».

La playa de Tarnos en al que estuvo BOL

Una playa de Las Landas.
Una playa de Las Landas.

En 1996, una operación policial en Francia permitió detener a Juan Luis Aguirre Lete, 'Inzuntza', el jefe del aparato logístico de ETA. En su poder se encontró una libreta en la que había escrito '5k BOL. Ortega'. En julio de ese mismo año, tras la detención del etarra Daniel Derguy, se localiza otro documento en el que se habla de una cita con BOL. «Sabíamos que se trataba de una reunión que habían mantenido en una playa de Tarnos, en Las Landas. Eramos conscientes de que podía tener algo que ver con el secuestro, pero no teníamos muchos más datos», explica el guardia civil. Durante semanas, elucubraron hasta la extenuación qué podría ser BOL. «No sabíamos si era una referencia a una persona, a un lugar o a una cosa. Estas tres letras podían ser el nombre de un comando. Por ejemplo, al comando Argala había etarras que le llamaban 'Arg'. Pero también podría tratarse de una localización, de la clave de algún lugar. O unas iniciales del nombre y dos apellidos de alguien». Los investigadores de Intxaurrondo comenzaron a buscar pueblos en los que se utilizase ese apodo, apellidos que contuvieran esas tres letras o lugares que pudieran ajustarse a esa sílaba extraña. Tras semanas de búsqueda apareció Josu Uribetxeberria Bolinaga, un simpatizante de la izquierda abertzale de Mondragón. Era un veterano, un ciudadano anodino, anónimo, muy poco visible en su comunidad... y que visitaba a menudo un taller industrial de su pueblo.

Un hombre que compra pan y leche

«Investigar a Bolinaga nos volvió paranoicos. Le vigilábamos día y noche y no hacía ningún movimiento extraño», explica Francisco Vázquez. «No era como seguir a los sospechosos de un comando. Cuando ves que entran en una ferretería y que se llevan tres kilos de tornillos y compran unos tupper ya sabes que están adquiriendo componentes para una bomba. Pero Bolinaga no realizaba ninguna compra rara». En esos días, los agentes camuflados en Mondragón observaban cada paso de su sospechoso, sin saber si se encontraban ante una pista que de nuevo sería un fracaso o quizá encontrarían el hilo que les llevaría hasta Ortega Lara. Y entonces un día sucedió algo. «Le vimos comprar unas cantidades anormales de pan y leche. Era algo fuera de lo común, más de lo que podía consumir una familia. Entonces supimos que tal vez sí estábamos ante una persona que retenía a un secuestrado». Así que desde ese momento los seguimientos al sospechoso se volvieron obsesivos. «Si veíamos que daba dos vueltas en una rotonda pensábamos que igual nos había descubierto y entrábamos en paranoia. Entonces nos dábamos cuenta de que simplemente se había perdido y de que no pasaba nada». Pero los pequeños gestos se fueron acumulando y 'delatándole'. Los investigadores observaron que muchas noches pernoctaba en el taller industrial -luego comprobarían que era la época en la que Ortega Lara estuvo enfermo-. Todo apuntaba a que él era el jefe del equipo de secuestradores.

200 agentes en un bosque

El 1 de julio de 1997, doscientos agentes de la Guardia Civil permanecían ocultos en una zona boscosa en las inmediaciones de Mondragón a la espera de entrar en el pabellón industrial en el que las distintas investigaciones situaban a Ortega Lara. «La tensión era tremenda. Muchos de los agentes que estaban allí se encontraban al borde del agotamiento, tras semanas y semanas de trabajo, sin vacaciones ni descanso. Entonces nos llegó la noticia de que un secuestrado por ETA acababa de ser liberado. Creímos que se trataba de Ortega Lara hasta que nos dijeron que era Cosme Delclaux -el industrial que también estuvo retenido en las mismas fechas que el funcionario de prisiones, concretamente 232 días-». «Por unos momentos creímos que nos habíamos equivocado y que todo nuestro trabajo había sido en vano». A las cuatro de la mañana, los agentes, en una comitiva formada por vehículos blindados y coches camuflados, procedieron a detener a los sospechosos y trasladar a Bolinaga al pabellón en el que creían que estaba Ortega Lara. El arrestado se negó a colaborar pero los agentes comenzaron a empujar la maquinaria almacenada en el taller en busca de dobles fondos o compartimentos ocultos. Fue cuando desplazaron una de ellas y descubrieron un agujero en el suelo, cuando Bolinaga se vino abajo. Unos minutos después, Ortega Lara recuperaba la libertad. «El alivio fue inmenso. No se puede describir. Estábamos extenuados físicamente y veíamos que el trabajo había dado sus frutos».

Aplausos en los peajes

Uno de los recuerdos que no se le borran a Francisco Vázquez es su salida de Mondragón esa misma mañana, cuando la noticia de la liberación de Ortega Lara ya era noticia en todos los medios de comunicación. «En los peajes aplaudían al paso de la caravana de la Guardia Civil, algo que no había sucedido jamás en el País Vasco». El oficial sabe que se produjo una euforia en la sociedad vasca a raíz del rescate, pero él no la vivió. «Me tuve que encerrar en un sótano durante cinco días para redactar las diligencias judiciales de la operación y poder entregárselas al juez. Y los datos que encontrábamos eran inmensos. Bolinaga y sus cómplices habían participado en el asesinato de cinco guardias en los 80, habían secuestrado el empresario Julio Iglesias Zamora en 1993 y habían utilizado el taller de Mondragón para perfeccionar las granadas caseras de ETA». “Era un comando con más implicaciones de las que habíamos imaginado. Cuando acabé el informe era muy extenso».

Agentes de la Guardia Civil durante una batida en el monte.
Agentes de la Guardia Civil durante una batida en el monte.

«Recordar batallitas»

Veinte años después de aquella operación, Francisco Vázquez se dedica a la persecución del terrorismo yihadista. Muchos de los compañeros que participaron en la liberación de Ortega Lara se han jubilado, otros continúan en el cuartel de la Guardia Civil de Intxaurrondo, todavía en los servicios de información, mientras que algunos se han reconvertido a la persecución del crimen organizado. «A veces nos reunimos y recordamos viejas batallitas. Fueron unas vivencias muy intensas», asegura Vázquez. Las «viejas batallitas» supusieron, con el tiempo, la derrota definitiva de ETA. «No tengo duda de que si algún día los etarras valoran cómo fueron derrotados se darán cuenta de que la liberación de Ortega Lara y el asesinato de Miguel Angel Blanco que cometieron unos días después fueron claves en su final», sentencia.

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