El gestor de la prudencia

El gestor de la prudencia
Gabriel Villamil

Tomás Villanueva gestionaba la prudencia como su principal arma. Quienes han trabajado con él saben de su manera de hacer las cosas

Julio G. Calzada
JULIO G. CALZADA

Si algo molestaba a Tomás Villanueva en su cargo de consejero de la Junta de Castilla y León era que las noticias sobre su trabajo llegaran a los medios de comunicación antes de que él diera el visto bueno a esa información. Recuerdo conversaciones, algunas publicadas y otras no, en las que siempre me pidió, alguna vez me aconsejó e incluso me rogó prudencia antes de escribir. Su mensaje caló tanto en sus interlocutores que era habitual que al salir de una reunión con el consejero encargado de la Economía y la Industria durante años en la comunidad ninguno quisiera hablar, ni dar demasiados detalles.

«Ya sabes que a Tomás no le gusta» ha sido la disculpa que he escuchado tantas veces procedente de empresarios que acudían en busca de apoyo, de sindicatos que reclamaban justicia o una solución para empresas en crisis y hasta de buscadores de gangas industriales que en los últimos años han adquirido ruinas a buen precio. Tomás Villanueva gestionaba la prudencia como su principal arma. Quienes han trabajado con él saben de su manera de hacer las cosas. Comenzaba muy temprano, era de los que a las ocho de la mañana estaba en su despacho, de los que muchos días almorzaba en ese lugar y de los que a las ocho de la tarde seguía allí, incluso esperaba a partir de esa hora a los integrantes de algún comité de empresa. «Si trabajabas con él sabías que se acababa más allá de las once de la noche» recuerda un antiguo colaborador cercano al fallecido.

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«Es que hay que ser prudente» insistía año tras año en su reunión con la redacción de Economía de El Norte de Castilla. Un encuentro que tenía lugar allí, en su despacho, en su mesa diaria de trabajo, con un café y todo el tiempo que hiciera falta era... ¡La reunión del año! En ella explicaba con todo lujo de detalles lo terminado, los proyectos que habían finalizado bien, o mal. Pero de los que estaban en marcha... solo alguna clave y de nuevo una petición de tratar el tema desde la Prensa «con discreción, que en estas cosas es fundamental» argumentaba.

Y se entiende, porque en los años en los que estuvo al frente del área que dibuja la economía y sobre todo la industria de Castilla y León se centró en cambiar un modelo que basaba su crecimiento en el consumo interior. Y eso, en plena euforia inmobiliaria en los años 2005 o 2006 ya mostraba signos de decadencia. Su meta era que las empresas de la comunidad vendieran fuera, salieran, trabajaran más allá de los límites de Castilla y León primero y de España después. Incluso en los años donde lo de exportar parecía innecesario porque la demanda interna consumía cuanto se le ponía por delante. Aquel santo tenía pies de barro y Villanueva buscaba fórmulas para que las firmas abandonaran un círculo que, como demostró la crisis posterior, se llevó por delante a las que habían forjado su éxito en el consumo interno.

Tomás Villanueva impulsó durante su etapa de director económico de la región el diálogo con los sindicatos y los empresarios. Ha habido momentos en los que el desencuentro entre unos y otros ha sido tal que solamente se sentaban en la misma mesa cuando les convocaba el consejero. Y de esos encuentros ha surgido un modelo de relación que se ha impuesto como el más aceptado en España, el Diálogo Social, incorporado incluso a la norma estatutaria de Castilla y León. Gracias a esos acuerdos existen programas como el de Madrugadores, que facilita a las familias la conciliación de su vida laboral porque abre las puertas de los colegios desde muy temprano y las cierra más tarde que en otras comunidades. Y en los años duros, cuando la crisis cerraba cada día varias industrias, él y su equipo dedicaron muchas horas a buscar compradores, impulsores, nuevos empresarios para todo tipo de negocios que se venían abajo. Bien de manera directa o a través de la colaboración con los sindicatos. Y cuando le preguntabas por cómo iba la operación de cambio de dueño su respuesta era la esperada, nunca otra: «cuando todo esté cerrado», sonrisa, media vuelta y ahí te quedabas, con el boli sin nada que llevarse al papel.

Claro que en estos años hubo borrones. El más importante, la incapacidad para conseguir que los directivos de las seis cajas de ahorro que había en la comunidad atendieran a sus voces de alarma cuando el incendio de la burbuja inmobiliaria aún estaba lejos. Ni caso. Solo en 2012, con todo perdido, cuando no quedaba ninguna de aquellas entidades orgullosas que despilfarraron en créditos al ladrillo irrecuperables buena parte de los ahorros castellanos y leoneses clamó en público contra aquellos directivos que había reunido en torno a un producto, Madrigal de Participaciones Industriales que sirvió para invertir en algunas empresas, como El Árbol, que debía haber sido la gran distribuidora de los productos regionales y hoy desaparecida tras ser adquirida en ruinas por Dia. Otras participaciones tuvieron mejor fin, como las que facilitaron el crecimiento de la aeronáutica Aciturri o las compras de empresas en toda España por parte de Grupo Siro.

Quizá tuvo oportunidad de marcharse cuando el desastre económico español comenzó, pero prefirió quedarse. Y siguió al frente hasta que la competitividad se ha recuperado, porque ahí también tuvo protagonismo en forma de muchos viajes a París para preparar los planes industriales que han relanzado las fábricas de Renault, o para ayudar a las otras dos industrias ensambladoras de automoción: Iveco y Nissan. Pero también para que talleres que pululaban en los polígonos de Burgos en los años setenta y ochenta del siglo pasado sean hoy suministradores de primer nivel de las grandes compañías industriales del mundo, o que Ólvega, en Soria, tenga un área industrial de peso en la comunidad.

La luz de su despacho se apagaba tarde porque su puerta estaba abierta muchas horas, tantas que muchos de los sindicalistas con quienes mantuvo serias discrepancias terminaron por admitir que el suyo era un carácter dialogante, y capaz de poner las cosas por escrito sobre la mesa, negro sobre blanco, para que el acuerdo fuera más allá de la simple conversación y se convirtiera en norma. Solo después, el gestor de la prudencia, hablaba en público.

Dejó el despacho con el sabor amargo de que su brazo derecho durante años, el viceconsejero Rafael Delgado, era investigado por su aumento de patrimonio coincidente con su paso por la Junta y con su posible relación con los sobrecostes pagados en las instalaciones de parques eólicos en la región. Cuando preguntabas por esto al hombre prudente se le escapaba en el gesto el desagrado que le provocaba esta circunstancia.

Hablé con él por última vez un 22 de diciembre, liberado de su capa de prudencia institucional me contó por primera vez cosas que jamás había oído en boca de un consejero, pero sí era capaz de expresar un exvicepresidente del Ejecutivo de la comunidad. Sentí que por primera vez expresaba opiniones y como ocurre en estas charlas largas, pero callejeras, quedamos para vernos otra vez. No ha podido ser. El hombre que ha gestionado la prudencia durante dos décadas en Castilla y León y que ha dirigido el cambio industrial y económico en la comunidad se lleva con él muchas horas de trabajo y cientos de conversaciones que nunca saldrán ya de las paredes de su despacho.

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