Velicia y la sonrisa de Spencer Tracy

EN EL VIGÉSIMO ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE JOSÉ VELICIA EN EL VIGÉSIMO ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE JOSÉ VELICIA

«Confiabas en la Palabra Antigua como una candela», escribió de él Jiménez Lozano

CARLOS AGANZO Director de el norte de castilla Sábado, 24 junio 2017, 19:44

El hombre «no llega a un nivel verdadera y plenamente humano si no es mediante la cultura, es decir, cultivando los bienes y los valores naturales». Así se expresa la doctrina del Concilio Vaticano II, en ese diálogo necesario entre fe y cultura. Y así lo entendió siempre José Velicia: la cultura como elemento primordial de la plenitud del ser humano.

José Velicia, ya gravemente enfermo, no pudo asistir en 1997 a la inauguración de la sexta edición de Las Edades del Hombre en El Burgo de Osma; aquella muestra que llevaba por título ‘La ciudad de los seis pisos’, y que regresaba a tierras de Castilla y León después de haber llevado lo mejor de nuestro arte sacro a Amberes, Salamanca, León, Burgos y Valladolid. Sí tuvo tiempo, sin embargo, de comprobar hasta qué punto la fórmula que pergeñaron él y un grupo cerrado de colaboradores –José Jiménez Lozano, Eloisa de Wattenberg, Pablo Puente, Armando Represa– tenía validez para representar, en todo su esplendor, ese diálogo entre la fe y la cultura, entre el hombre y el arte.

José Velicia, en una imagen de 1997. / EL NORTE

Cuando murió, hace ahora veinte años, casi era una leyenda. Una leyenda tan silenciosa en lo público como elocuente en lo privado. Tampoco le llegó la vida para recibir el Premio de El Norte de Castilla, ni el Nacional de Restauración y Conservación de Bienes Culturales. Poca cosa comparados con la recompensa de poder hacer realidad un sueño. El sueño de un cura de pueblo de sacar del olvido las maravillas de nuestro arte sacro, diseminadas por un mundo rural inabarcable, de colocarlas en un contexto diferente y así mostrarlas en diálogo cultural, en comunicación plena, en su máximo nivel de expresión. Porque sin duda para la forja de su carácter fueron decisivos sus cinco años como cura en Olmedo. «Gorki, que era campesino, le impidió a Lenin, que en definitiva era un burgués, que destruyera las iglesias y los monasterios de Rusia, en los que el primer zar soviético veía un signo de opresión de otros tiempos, porque esas imágenes, según el escritor, habían acompañado el dolor y la esperanza de mucha gente, entre ellas las de su madre. Yo también soy de pueblo y recuerdo cómo estas imágenes han acompañado la vividura de la gente», escribió Velicia sobre estas experiencias.

Y sobre su aplomo, sobre sus convicciones, sobre su aire de cura con pipa a lo Spencer Tracy, como le definió en su día cierto cronista, quizás quien con mayor acierto entró en su alma fue el otro Pepe, su compañero José Jiménez Lozano, a quien conoció precisamente en su etapa como cura rural. «Estás al otro lado de los pinos. ¿Dónde? Tenías esperanza, confiabas en la Palabra Antigua como una candela. Tanta tiniebla y amargor, pero tu risa se alzaba sobre ellos», escribió el amigo sobre el amigo. Así es como hay que recordarlo.

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