Una pequeña historia con José Velicia

El autor recuerda cómo nacieron Las Edades del Hombre y el porqué del nombre

José Jiménez Lozano, escritor
JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO, ESCRITOR

La evocación de la persona de D. José Velicia Berzosa por mi parte no puede ser sino la del amigo con quien, ahora, a los veinte años de su muerte no acabaría de entender ni por mi parte de tratarle de explicar en qué tiempo extraño nos encontramos y cuán difícilmente discernible es saber si esta extrañeza es la de un tiempo de vértigo o de una lentitud como la cola de otros tiempos, medidas las cosas en el plano cultural, obviamente.

No podríamos menos de recordar que en el Olmedo en el que yo le conocí había una librería con algunos títulos en el escaparate que eran libros de Antonio Machado, Azorín, Miró, Unamuno, Julien Green y Mauriac o Heinrich Böll por hablar de autores que pueden sonar todavía a alguien, y de los que algunos se vendían entonces, lo que es difícil adivinar es si eso mismo sería posible ahora. Y el librero era hombre cultivado, pero desde luego, la traída de éstos y otros libros con la debida prudencia económica no cabe duda de que había que buscar de que estaba inspirada en el trato y conversación con Pepe Velicia. Y era cosa para felicitarse porque en pueblos e incluso ciudades no era fácil encontrar esos escaparates, verdaderos acontecimientos culturales. Aunque, desde luego, se podían encontrar sorpresas, como lo demostraba por ejemplo el hecho de que, yendo José Velicia y quien esto escribe en dos años consecutivos a Barcelona, y haciendo un alto en el camino en la misma ciudad por la que se pasaba si se desviaba uno un poco del camino nos pareció que habían pasado lustros.

José Velicia, con su inseparable pipa, en una de las imágenes más conocidas del cofundador de Las Edades del Hombre. / Cacho

El hecho es que dando una vuelta por esa ciudad no vimos más que una librería convencional entonces: es decir con libros de texto y material escolar, aunque una buena novela, desde luego: ‘Lo que el viento se llevó’; pero en una pastelería había una tarta con un letrero encima que decía «Prohibida la película, ‘Las noches de Cabiria’, por parte del señor Obispo!», y nos pareció extrañísimo, y sonreímos un poco. Pero el año siguiente había, se supone que otra tarta, y, desde luego, otro letrero que esta vez decía : «Aquí pueden comprarse ‘Los escritos del joven Marx’». Y todavía no había llegado la democracia, pero era evidente que este cambio de gustos literarios significaba algo, y sorprendente. En aquella ciudad ya se había llegado a la Escuela de Frankfurt, y si sigue la confitería y siguen las tartas con sus letreros, no puedo imaginar por dónde irán ahora las cosas. Así de enigmática resulta nuestra Historia española.

Y de otro viaje a Barcelona, en fin, me contó Velicia que había visto una gran exposición sobre el arte de aquella tierra catalana, y se preguntaba y me preguntaba si no se podría hacer algo parecido y, si pudiera ser mejor, en esta Castilla nuestra, y así comenzamos a dar vueltas y vueltas, y tener parletas sobre el asunto no sólo entre nosotros sino con Eloísa García de Wattemberg y Pablo Puente, y también con algunas personas más, aunque no tan diarias ni fijas, o como a destajo que daban admiración, como si estuvieran agitando los siglos. Luego comenzó una selección de piezas en la imaginación, y enseguida la búsqueda de esos tesoros.

«Lo que diga la señora»

Así nacieron Las Edades del Hombre, un título que se me ocurrió contra la voluntad del dueño de una cafetería a la que íbamos con frecuencia y nos aconsejó, a Velicia y a mí, cambiarlo por el de Las Edades del Hombre y de la Mujer. «Lo que diga la señora», le contestamos señalando de lejos a Eloísa, y quedó muy convencido.

Se trata, con esto que escribo, de uno de tantos recuerdos de bastantes años de amistad, lecturas, charletas y amigos comunes, y los que hemos sobrevivido sabemos lo que significaba todo esto, porque, como todos los seres humanos, lo sabemos mejor cuando lo hemos perdido. «¡A la dulce piedad de Dios!», decía Bernanos de sus muertos, y a Velicia tanto le gustaba.

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