UN METRO CUADRADO DE AZUL

EN EL VIGÉSIMO ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE JOSÉ VELICIA

«Un concilio de iconos, beatos, palimpsestos y partituras que rearmara la autoestima de un pueblo por el conocimiento de lo que es propio». Así cree el autor que concibió Velicia Las Edades

CARLOS BLANCO, PERIODISTAPeriodista

Dice cierto hereje de buena prosa que todos los relatos comienzan como un cuento oriental: con agua fresca de un manantial y una gruta, y unos árboles en torno. Y un ermitaño o morabito que allí habita, naturalmente. Es verdad. Así sucede casi siempre. O de forma muy parecida. Las historias fundacionales esconden sus coincidencias tras las intensas analogías del árbol, el agua y la gruta. Esto y el aderezo literario que se quiera.

José Velicia nació en Traspinedo, la villa protegida por frondosos bosques de pinos negrales, tan frecuentes de aquí a Crimea. Habría sido natural para el pequeño José que la poderosa imagen siempre verde de aquellos árboles de rectos troncos comenzara a moldear el carácter de un niño con mirada clara y despierta. Desde luego, sus ojos no serían los del icono –¿teológicos o estéticos?– que, con el paso del tiempo, tanto perturbarían a su amigo. Pero compartía con ellos la curiosidad y el afán por desvelar lo oculto. La vista del interior de las cosas. Aquello que solo se muestra a los avezados intérpretes del significado de los símbolos.

Y a otra cosa. Del árbol de la vida en perpetua evolución a la pila bautismal de la iglesia de San Martín de Tours, donde Velicia fue renacido. Sobrecoge la sencillez de aquel enorme cáliz tallado en piedra sin ornamentación alguna. Resulta ser un grial gigante, casi oculto en el interior de una capilla señoreada por Cristo crucificado. Allí se tropieza con lo inseparable. La piedra del santo sepulcro es la base de la pila bautismal, pero también la mesa redonda de los doce apóstoles.

Las coincidencias de bulto o los arcanos perseguidos se multiplican con los saberes de Jiménez Lozano, cuando describe su extraordinaria Guía Espiritual simplemente como «las glosas y confidencias que pueden surgir espontáneamente al peregrinar por esta tierra». Pues bien, apuntado queda en el margen del libro que en el interior de templo gótico imperfecto de San Martín, en Traspinedo, preexiste un sarcófago de alabastro de un monje músico, protegido por un león, del que parten, aseguran, secretos pasadizos que conducen a nobles casonas ya desaparecidas. Hasta aquí las notas de viaje.

¿Experiencia o revelación?, se preguntaría el joven alumno del Seminario José Velicia. Ambas cosas. Todo, cuanto más sencillo, resulta más elocuente. No hay nada tan reparador para el espíritu que convertir un recorrido laberíntico en un cuento, en un relato abierto, esto es, sin desenlace. En el que es posible entablar diálogo con las obras de arte que, lejos de toda aleatoriedad, se encuentran ordenadas conforme a un plan que estimula el antiguo recuerdo y la memoria colectiva de esta tierra. Porque de eso y no otra cosa trataba la genial idea de José Velicia. Un concilio de iconos, beatos, palimpsestos y partituras que rearmara la autoestima de un pueblo por el conocimiento de lo que es propio, del fortalecimiento de su dignidad, de su historia verdadera a través de un cuento escrito sin palabras. Como siempre fue.

«Velicia, ideólogo y principal impulsor del proyecto, y Jiménez Lozano, el gran formulador, se hallaron desde el comienzo»

Con ese propósito, una tarde de otoño, de la conversación junto al fuego en el fragmento de la biblioteca de Alejandría que José Jiménez Lozano custodia en Alcazarén, surgió la invención de ‘Las etapas de la historia’, que es como titularon en el principio a Las Edades del Hombre. Velicia, ideólogo y principal impulsor del proyecto, y Jiménez Lozano, el gran formulador, se hallaron desde el comienzo. Lo mismo ocurrió con el arquitecto Pablo Puente y sus geniales volúmenes interiores. Ya no fue preciso acudir a Fulcanelli para escuchar el argot del arte gótico. El lenguaje de las catedrales.

Unamuno llegó a decir que la religión cristiana era Derecho Romano más filosofía griega. Velicia era un cura ilustrado y abierto, un hombre de fe, recto y coherente, que había estudiado Derecho Canónico, desde el Título I hasta el canon 1752, en un latín jurídico a la altura de Augusto. Mientras que José Jiménez Lozano, entre otras muchas cosas, fue y continúa siendo un sabio irónico conocedor de mil saberes, algunos tan atrayentes como el jansenismo y los católicos luteranos.

Álbum de la Familia Velicia

Hasta aquí han sido las de cal; las de arena son las siguientes. Fue tan grande el éxito de Las Edades que hubo que ampliarlas. La palentina de 1999 fue la última en la que participó el equipo fundador. José Velicia había fallecido dos años antes. Lo fugaz no es lo opuesto a lo imperecedero, pensarían, y el proyecto ideado en Alcazarén no tenía previsto más que tres exposiciones y un congreso sobre arte. Pero aquello se desmadró, así que Jiménez Lozano envió a los nuevos organizadores una carta mecanografiada donde alertaba del peligro de terminar formando exposiciones convencionales a base de una fórmula que no dudo en calificar de «demasiado reiterada, abocada por eso al amaneramiento, a la retórica, a la banalidad y al cansancio repetitivo».

Con estas líneas se desvinculó de Las Edades. A los fundadores les sucedía como a Matisse, cuando explicaba que un centímetro cuadrado de azul no era lo mismo que un metro cuadrado del mismo azul. Es el tamaño de la superficie lo que hace que cambie el tono y su contorno. Nada nuevo. Solo la conveniente advertencia de los inventores de que cualquier exceso envenena.

Otros autores de esta serie

Fotos

Vídeos