TODAS LAS EDADES

EN EL VIGÉSIMO ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE JOSÉ VELICIA

El autor considera que el cofundador de Las Edades del Hombre era un excepcional ser humano y un hombre de fe

FRANCISCO IGEA, DIPUTADO NACIONAL DE CIUDADANOSDiputado nacional de ciudadanos

Don José ( siempre fue don José para mí y Pepe para mi padre) tenía una voz radiofónica, profunda, una voz con el sonido de un violoncelo. Esas voces y esas risas que le quedan a uno en alguna parte del diencéfalo para siempre. Poca gente es consciente de la importancia de una voz como la suya para transmitir un mensaje verdaderamente evangélico. Ese tono de voz transmite profundidad sincera, determinación tranquila, las que acompañan a los buenos pastores. Gastaba también una de las sonrisas más francas que he conocido y, gracias a ella, unas arrugas en la comisura de los ojos que mostraban la alegría de lo vivido. Mostraban a la vez verdad, paz y reconciliación. Yo tuve el inmenso placer de conocerlo a través de mi padre, con quien compartía amistad, pipa y sonrisa. También compartían arrugas y verdad. Pepe era de esos personajes que cuando venían a cenar a casa llenaban el ambiente de expectación y confidencia.

Fue en una de esas cenas a la vuelta de un viaje suyo a Barcelona cuando vi nacer en sus ojos el proyecto de Las Edades. Había visto una exposición de arte sacro en Barcelona llamada ‘Thesaurus’ y se le encendió, en alguna parte de su privilegiado cerebro, la Luz que iluminaría durante años nuestra región. Tenía ya las fotos de varias piezas, que extendió sobre el mantel blanco del comedor. La idea era utilizar las imágenes para transmitir, no el orgullo de un coleccionista avaro, ni la prepotencia de un poder detentado a través de los siglos, sino el ansia de eternidad y de belleza del artesano. Se trataba de transmitir (en sus propias palabras) «algo en el que el protagonista no fueran los estilos, ni las épocas, ni los autores, sino el hombre y las preguntas que han constituido el espesor de la cultura: ¿Quien es el hombre? ¿Cual es su destino?» . De eso se trataba y ese fue su éxito.

Su éxito fue reunir una exposición en la que de cada pieza saltaba una pregunta, una esperanza, una emoción. Cuando uno paseaba por los pasillos de la catedral de Valladolid, convertida en el túnel del tiempo de la historia de la salvación, las imágenes te hablaban de unos hombres que tallaron en madera su dolor y su sonrisa. Un San Juan transido de pena por la muerte del amigo, pero con la serena esperanza de la resurrección. Ese San Juan de Gumiel de Izán, con su cabeza apoyada en la mano, habla mejor de la tristeza y de la melancolía que centenares de páginas que nadie pudiera escribir.

Decenas de esculturas y tablas ordenadas para transmitir la buena noticia a través de los tiempos. No catalogadas por autores o por siglos, sino orientadas a la esencia religiosa de la belleza. El verdadero arte, como él repetía, ha de ser religioso, debe buscar la transcendencia, lo eterno del ser humano. ‘El sueño del paraíso’, ‘Los trabajos y los días’, ‘El sueño de la muerte y de la gloria’... Esos fueron los evocadores títulos del relato de la exposición. Ese relato que fue una obra coral en la que tanto tuvieron que decir Pepe Jimenez Lozano, Eloísa y Pablo. No fue un asunto fácil.

«Mi vida –explicó un día Velicia– no ha sido breve, pero me parece como el revoloteo de un pájaro en una habitación»

Él siempre recordaba el comentario que el afamado director de un suplemento cultural hizo cuando alguien le relató el proyecto por primera vez: «!Bah! Cosas de curas...» Pues sí, cosas de curas. De esos curas que recogieron durante siglos el saber del pasado. De esos curas que acompañaron a su pueblo a través de pesares, guerras y pestes, alentándoles con la belleza de las imágenes y el relato de la salvación.

Ese fue su éxito... y su fracaso. No sé qué pensaría hoy de todo lo que ha venido después, ni creo que este sea el espacio para debatirlo, pero algo me dice que estará haciéndole un comentario socarrón a Dostoievski sobre el destino final de Valbuena en alguna parte del cielo. Pero, con todo respeto, Las Edades no deberían servir para sepultar al personaje bajo la montaña de autosatisfacción política y regional que hoy supone su proyecto. Bajo todo eso había (hay) un excepcional ser humano. Un hombre de fe, un cura de pueblo, como le gustaba llamarse. Un hombre excepcionalmente humilde. Me relataba su sobrino el otro día que cuando el padre de Velicia, desesperado por la tardanza de lo que a él y a muchos nos parecía un nombramiento lógico, le preguntaba que por qué no le hacían obispo, Pepe le contestaba: «No desespere padre, que más burros les ha habido».

José Velicia explica a la reina Fabiola de Bélgica una de las piezas en Las Edades. / Álbum de la Familia Velicia.

Don José hizo de su parroquia en San ildefonso una casa para todos. Esperaba a la puerta para estrechar las manos de todos y cada uno de sus feligreses. Su cálida y rotunda voz rodaba por las paredes de aquel templo hablando de un Dios que cuidaba de los suyos, un Dios paciente, Señor de la Historia, pero sobre todo un Dios siempre dispuesto a sacrificar el mejor cordero y escanciar el mejor vino a la vuelta de uno de sus hijos perdidos. Un templo que fue refugio también para quienes buscaban derecho y libertad en una época difícil. No se escondió nunca, pero tampoco hizo alarde de su compromiso. Era una faceta más de lo que él consideraba su trabajo. No confundió nunca su vocación.

El otro día, hablando con mi madre, de quien adoraba su cocina bilbaína llena de aromas de salsa verde y fuego lento, me recordaba una de las últimas cartas que les mandó. En ella se lamentaba de lo ocupado que le habían tenido Las Edades y de no haber sacado un rato para disfrutar de «un vaso de bon vino» del que siempre había en mi casa. Porque eso es para mí el recuerdo de don José. El recuerdo de un buen hombre, una inteligencia fina y cultivada, una conversación cálida y estimulante. Una conversación al calor de unas almejas a la marinera y un vaso de Ribera, en el comedor de casa de mis padres. Es también el recuerdo de su enfermedad, grabada en el rostro de mi padre. Mi padre le acompañó en su enfermedad y comenzó a morir con él aquel día, con aquel cáncer de páncreas. Es en esos momentos donde los hombres muestran de qué pasta están hechos.

Relataba monseñor Delicado Baeza cómo en una de sus últimas visitas, ya esperando él la llegada de la muerte, le dijo que su vida no había sido breve, pero que sin embargo le parecía «como el vuelo de un pájaro que entra en una habitación, revolotea unas cuantas veces y vuelve a salir por la ventana». No se puede relatar con mayor precisión , ni con mayor belleza. Así es la vida de los hombres conscientes y buenos. Un aleteo que llena de felicidad un momento y que deja un recuerdo imborrable. Así fue la vida de don José: breve, alegre y eterna para quienes le vimos revolotear por nuestras estancias.

Más, mucho más, que el comisario de una exposición. Un hombre para todas las edades.

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