Diálogo de fe y cultura

EN EL VIGÉSIMO ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE JOSÉ VELICIA EN EL VIGÉSIMO ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE JOSÉ VELICIA

El autor rememora la exposición de Valladolid de 1988, la de «las grandes colas», que inauguró una forma de «mostrar, percibir y sentir» el patrimonio artístico y religioso de un pueblo «que marcaría su tratamiento hasta hoy»

GONZALO JIMÉNEZ SÁNCHEZ Secretario general fundación las edades del hombre Sábado, 24 junio 2017, 19:51

No conocí personalmente a Don José Velicia aunque, como tantos miles de personas, visité la exposición de Valladolid en 1988. Curiosamente, de ella no recuerdo la mayoría de las obras que allí se pudieron ver; sí, sin embargo aún hoy, casi treinta años después, recuerdo bien el montaje expositivo que parecía homenajear al arquitecto Herrera de un blanco osado que llenaba la catedral de luz.

Recuerdo el montaje y, sobre todo, recuerdo las grandes colas para entrar a visitar la exposición. En contadas ocasiones hasta entonces, un acontecimiento cultural y religioso despertaba tanto interés en nuestro país. Aquellas colas sin duda fueron el germen de una forma nueva de mostrar, de percibir, de sentir el patrimonio artístico y religioso de un pueblo que marcaría definitivamente su tratamiento hasta hoy.

No es descubrir nada nuevo decir que uno de los atractivos turísticos de nuestra Comunidad es precisamente su patrimonio, fundamentalmente natural y religioso, convertido hoy en una fuente de recursos económicos y un reclamo claro que genera buena parte de los movimientos turísticos que hacen atractiva una visita a nuestra tierra. Sin lugar a dudas, aquella exposición de Las Edades del 88, el proyecto Las Edades hasta nuestros días, ha contribuido decididamente a una reinterpretación del patrimonio cultural que sobrepasa su valor simbólico y señas de identidad colectiva. La cultura queda así integrada en un sistema productivo capaz de determinar importantes flujos económicos en nuestra sociedad.

Pero está claro que Don José Velicia no pretendía solo mostrar, dar a conocer uno de los conjuntos patrimoniales más importantes de nuestro país e incluso de Europa, como lo es el patrimonio religioso de las diócesis que forman la Iglesia en Castilla y León. Está claro que esta reinterpretación del patrimonio cultural que termino de exponer no estaba entre sus pretensiones principales, aunque surgiera como una consecuencia. Don José pretendía que ese patrimonio religioso, al mostrarse, hablara y contara las razones de su existencia, los sentimientos, esperanzas, y también temores, en los que el hombre se sostiene en esa siempre frágil, dubitativa relación con lo Transcendente, con Dios. ¡Qué importante fue en este sentido la aportación de Jiménez Lozano al proyecto! Aportación que hoy sigue ocupando, después de veintidós ediciones, su centralidad en el proyecto de Las Edades.

Aunque reitero que no lo conocí personalmente, sí creo que compartía con él, incluso ya en los orígenes de su aventura, inquietud estética. Inquietud estética que en mí, en aquella época, se limitaba a realizar copias de iconos generalmente rusos; el hábito de llevar como compañía una pipa, una bolsa de tabaco, mechero y apretador y, algunas opiniones que hizo públicas en su momento y que yo retomé, sobre todo al cumplirse los veinticinco años del proyecto Las Edades del Hombre, un proyecto que ha sido capaz de transformar la valoración y la percepción que la sociedad tenía sobre el patrimonio haciendo un ejercicio de socialización del mismo, pues a esto también contribuye cada edición de Las Edades. Un acercamiento a nuestro patrimonio religioso para descubrir en él una parte de nuestra historia, de nuestra cultura y de nuestra fe, caracteres que nos permiten cierta identificación con un pueblo y con una Iglesia. Visto así, no era de extrañar que, para Don José Delicado Baeza, el proyecto que en su día le presentó Don José Velicia fuera un bello ejemplo o hermosa síntesis de fe, historia y cultura, al abrigo del necesario diálogo entre fe y cultura tan reclamado en el espíritu del Concilio Vaticano II.

Decía Don José Velicia: «Yo creo que Las Edades del Hombre tiene una lectura polisémica, se puede leer de muchas maneras; para nosotros lo importante era prestar un servicio a la gente de nuestra tierra y de nuestro pueblo. Que recuperaran la dignidad; un pueblo que ha generado tanta belleza como la que atesora esta tierra y esta Iglesia de Castilla y León no puede perder la esperanza. Había que mostrarlo, que exponerlo, que decirlo... no con un orgullo estúpido, sino con la dignidad que responde a la estima de uno mismo...». En el fondo, un proyecto que habla del hombre y de Dios.

José Velicia muestra a la Reina Sofía una de las piezas de la muestra vallisoletana. / Álbum de la Familia Velicia

Un proyecto así, decía él, necesitaría de muchos para iniciarlo, pero aún más para hacer de él lo que hoy es, un proyecto en el tiempo que habla del sentir de una Iglesia y de una tierra. «Las Edades del Hombre es un pan amasado por muchas manos y con mucha inteligencia, mucho cariño y mucha pasión».

Y cuando daba rienda suelta a su imaginación, veía Las Edades «como una catedral del espíritu y del pensamiento, levantada con el esfuerzo de todos, como signo sacramental de nuestra fe, de nuestra historia y de nuestra tierra».

Y aún más. Después del éxito de la exposición de Salamanca, o durante su transcurso, fraguó la idea de la creación de una fundación. Una fundación que diera asiento al proyecto de Las Edades en la que todos los responsables del patrimonio religioso de Castilla y León formaran parte del él como patronos pues, aunque para esta ocasión no he encontrado cita explícita de Don José Velicia, no es difícil descubrir ese deseo suyo de hacer de Las Edades, de la Fundación de Las Edades, un Centro de Gestión del Patrimonio Religioso de la Iglesia en Castilla y León.

Veintinueve años después, y como responsable actual de la continuidad del proyecto que un día iniciara Don José Velicia, puedo decir que entre los objetivos prioritarios de la Fundación hoy está precisamente su deseo de ser instrumento de servicio a la Iglesia en Castilla y León a través de la atención a su patrimonio religioso.

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