El Camino de Santiago en Castilla y León en 16 días

Dos semanas tardó el periodista Íñigo Salinas en recorrer la distancia entre ambas poblaciones. Este es su cuaderno de viaje

El Camino entre Villafranca y San Juan de Ortega / Íñigo Salinas
ÍÑIGO SALINAS

Desde la ventana del albergue la niebla apenas deja ver la torre de la iglesia. A las seis y media de la mañana la vida se despereza y las puntas de los bastones de los peregrinos repiquetean en el suelo de las calles de Villafranca. Ya no queda ni rastro del cielo azul de la mañana anterior. Los doce kilómetros que separan Villafranca de San Juan de Ortega son un inventario de helechos, robles, hayas y pinos. En la plaza que da entrada al monasterio hay un mercadillo de ropa y una barra con camarero, pero sin servicio ni baño abierto, «porque hoy estamos de romería». Una mujer con acento extranjero no disimula su enfado y deja escapar un «pues bajarme el pantalón en cualquier esquina no me cuesta nada». Y sigue su camino hacia Agés.

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En una esquina de la calle Ochabro de Agés hay un bar de vigas de madera y pared de piedra en el que trabaja Antonio desde las 5:30, aunque se levanta antes «para hornear y todo eso».

– Para ti era un agua, ¿no?

– Un con leche...

– Ya son casi las once y a esta hora uno ya pierde la cebolla – se justifica Antonio.

Al fondo, Agés / I.S.

Al otro lado del bar, en una barra algo inferior, está Amapola, una mujer que viste una gorra de cuero negro y un chaleco rojo. Ella es quien cobra y quien, a gritos, anuncia los pedidos a Antonio. Entre café y café, entre cobros y cambios, dice «mi amor» y «cariño» y no oculta su debilidad por los alemanes, con los que no duda en fotografiarse porque son «muy altos». Y levanta el brazo por encima de su cabeza.

Amapola no se reserva sus pensamientos, sino que los suelta al aire para quien los quiera recoger: «Duermo dos horas al día... Pero a mí me va la marcha; estar quieta me cansa... Antonio, no tienes buena pinta. Estás muy flaco. No terminas de engordar», dice mientras cobra un nuevo pedido. «Los bocadillos de jamón quitan la anemia y todos los cansancios, lo decía mi madre que estaba como un torito. ¿Que estás cansado? Pues bocadillo de jamón y ya está. Como nuevo». Antonio sigue recogiendo y calla.

Bar el Alquimista,en Agés / I.S.

El peregrino sale de Agés y llega a Atapuerca en apenas media hora. De allí a Cardeñuela Riopico se evade entre pensamientos absurdos y profundos. De pronto, debajo de un árbol, en el alto de Matagrande, ve a una mujer que se resguarda de la lluvia. Es la de antes, la que amenazaba con bajarse el pantalón en cualquier esquina si no podía entrar a un baño. Se llama Luci y aunque vive en Suiza, es de Madrid. Tiene el pelo muy corto y piernas fuertes, un carácter que repele las tonterías y tres Caminos a sus espaldas. El peregrino y Luci continúan andando hasta Cardeñuela sin importarles la lluvia, cada vez más intensa, ni los rayos que les animan a desconectar los teléfonos móviles por lo que pueda pasar. La conversación entre ambos divaga entre rutas, costumbres, capitales y pueblos, entre la Ruta de la Plata y el Camino del Cid, entre madrugar o dormir, hasta que se despiden a la entrada de Cardeñuela. Ella duerme en un albergue. El peregrino en otro. Ya no volverán a verse.

Cuando pronostican fuertes tormentas lo más sensato es no levantarse a las seis de la mañana para reanudar el Camino. Pero la audacia y la sensatez no van de la mano... En Orbaneja Riopico, a dos kilómetros del punto de partida, el peregrino se resguarda de la lluvia bajo el alero de un tejado que apenas le sirve de refugio. A su alrededor no hay señales de vida. Es domingo y todo está cerrado. Las rachas de viento zarandean a su antojo el agua, que ataca desde arriba, desde un lado y desde el otro. No hay más ruidos que los de la naturaleza enfurecida, de la que el peregrino se siente un juguete a su antojo.

José, resguardándose de la lluvia en Orbaneja Riopico / I.S.

De pronto, de una calle estrecha, aparece un hombre. Una capa le cubre la cabeza y la mochila. Calza unas botas altas y unas gafas de pasta con los cristales empañados cubren sus ojos. Cuando llega a la altura del peregrino, le mira tranquilo, echa un vistazo a su alrededor y le indica una dirección: «Vamos allí, hay un porche para resguardarnos. Lo recuerdo de otro año». Y es que esta es la octava vez que José hace el Camino. ¿Los motivos? «Muchos», afirma mientras se enciende un cigarro rubio. «Conocer gente, evadirse de los problemas, la soledad...», y mira caer la lluvia. «No tengo prisa. Hasta que no pare no sigo». Y hasta que para los dos hablan de cosas sin importancia, de esas cosas sin importancia de las que está hecha la vida.

La lluvia cesa pero el frío permanece. José continúa su camino y el peregrino el suyo. La distancia entre ambos es de cincuenta metros, pero les separa una vida. Los dos saben que tras el «buen Camino» que se acaban de desear ya no volverán a verse. La ruta es la misma; las vidas distintas. Quizás José recorra los cerca de trece kilómetros que le separan de Burgos ensimismado en sus recuerdos de su Málaga natal. Quizás hoy solo llegue hasta Villafría. Quizás rememore su primer Camino, allá por 2010. Quizás no. Quizás simplemente camine para llegar a su destino. «Días como estos no merece la pena caminar mucho».

Entrada a Burgos / I.S.

El peregrino, con los dedos de las manos morados y la cara acartonada, disfruta del gélido clima que le da la bienvenida a Burgos. Porque Burgos es una ciudad fría, y fría se disfruta. Tras dejar atrás la fea entrada y atravesar el Paseo del Espolón con sus plátanos orientales y su río Arlanzón a la izquierda, cruza el Arco de Santa María y se topa con una catedral que, si bien ya conoce de sobra, vuelve a dejarle paralizado nada más poner un pie en la Plaza Rey San Fernando. Se apoya en sus bastones y observa las torres, las vidrieras y las piedras y lo que se intuye tras las torres, las vidrieras y las piedras. Algunos turistas fotografían la iglesia, otros pasan de largo, la mayor parte habla en animosa conversación...

El peregrino descansa en el albergue, recorre las calles más céntricas y visita los lugares más singulares del municipio cidiano. Mañana llegará a Hontanás, a 29 kilómetros, si el tiempo y el resto de circunstancias no se empeñan en lo contrario.

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