El Camino de Santiago en Castilla y león en 16 días

En la cuarta entrega, el peregrino conoce en Villalcázar de Sirga a Dahlia, una tejana que sufre artrosis, y en Carrión de los Condes a la hermana Francis, una monja que vive entregada a los demás

La hermana Francis, Sam y Ramón
La hermana Francis, Sam y Ramón
ÍÑIGO SALINAS

La senda junto al Canal de Castilla entre Boadilla del Camino y Frómista irradia frescor y paz. Aunque es muy pronto, ya hay hombres entre los tamariscos de las orillas comprobando si hay cangrejos en las trampas que colocaron anoche. Cuatro mujeres caminan a paso ligero en sentido contrario al del Camino. El peregrino les desea buenos días y ellas hacen lo propio poco antes de cruzar la esclusa que da acceso a Frómista, donde toma un café cortado y continúa su marcha hacia Revenga de Campos. En un portal, una anciana barre la acera de la puerta de su casa y otra, la de la vivienda de enfrente, la observa sentada en una silla de tela. En la misma calle, unos metros más arriba, una casa en ruinas trae a la imaginación del peregrino la vida en ese mismo lugar hace no tantos años.

Quizás en ese edificio, ahora destartalado, vivía un matrimonio. Él se encargaba de las ovejas, ella de la huerta y del cuidado de sus seis hijos. Los inviernos eran duros y los veranos calurosos en extremo. Con el paso de los años, cuatro hijas abandonaron progresivamente el pueblo para salir adelante en Carrión de los Condes. El más pequeño falleció de madrugada, sin previo aviso, y el otro encontró trabajo de ayudante del boticario en Palencia. El matrimonio, Adelina y Vicente, envejeció solo y sobrevivió con una pensión paupérrima hasta que la muerte de la primera mató al segundo... Los hijos no se dieron por aludidos y los recuerdos hicieron mutis por el foro. Ahora, de la casa de Revenga de Campos solo quedan las entrañas y de la familia los vagos recuerdos de algún vecino centenario que ya no sabe con certeza si Adelina y Vicente existieron o si es otro engaño de su memoria para que crea que todavía participa en la vida.

Arriba, esclusa del Canal de Castilla antes de llegar a Frómista. Debajo, casa del canal y Dahlia descansa a la salida de Villalcázar de Sirga

En un refugio, a la derecha de la salida de Villalcázar de Sirga, Dahlia descansa con los pies en alto. Se ha quitado las botas y los calcetines y trata de paliar el deterioro de una artrosis floreciente que, «de vez en cuando», le deja sin fuerzas y le paraliza «todo el cuerpo». Su sonrisa es perenne, su conversación un dechado de empatía y su teléfono móvil un inventario de fotografías de sus dos hijos: Nathanael y Nicolás, de 22 y 19 años. Su puesto de profesora de Terapia Ocupacional en la Universidad de Texas y el trabajo de su marido les sirven para pagar los estudios de sus vástagos y la manutención de los cuatro. «Porque en España -apunta- todos tenéis educación y sanidad, y eso en Estados Unidos no pasa. Allí, si te pones malo, te quedas sin casa, sin carro... Mis hijos estudian porque diosito me dio la posibilidad de ahorrar, pero hay amigos de mis hijos más listos que ellos que no van a la universidad porque no tienen dinero. Pero el sistema es así, y lo respeto», sentencia.

Otras entregas

Porque Dahlia, por respetar, respeta hasta que Trump quiera echar a los hispanos de Estados Unidos. «Sí, ya sé que quiere echarnos de nuestro país, ¡pero tengo que respetarlo!», sostiene con un marcado acento tejano. «Mucha gente piensa como él. ¡Le han votado! Yo no opino como Trump en muchas cosas, pero lo respeto porque hay mucha gente que piensa como él», insiste antes de admitir que tiene «un poquito de miedo» por lo que pueda pasar.

La conversación con Dahlia se ha alargado y el tiempo se ha echado encima. Ella «agarra» un autobús porque no puede dar «un paso más». El peregrino prefiere llegar andando hasta Carrión para hacer noche allí.

Al fondo, Villalcázar de Sirga

Nada más entrar en el albergue Santa María, la hermana Francis le da la bienvenida y le ofrece fruta y un zumo natural. En la mesa que hay en la entrada, además de Francis, están Sam y Ramón, dos jóvenes que aprovechan sus vacaciones de verano para ejercer de hospitaleros en distintos albergues de las hermanas Agustinas. El de Carrión lleva desde 2007, cuando cuatro monjas salieron de la casa madre de Ávila para buscar peregrinos: «Como no ibais a venir a nuestra casa, vamos a buscaros al Camino», explica Francis con una bondad que se palpa.

Aunque la hermana Francis dice que le «encanta» pintar, tocar la guitarra y cantar, su razón de ser es el prójimo. Eso no lo dice, pero lo demuestra en cada «buenos días» que brinda a los peregrinos que entran en el albergue, en cada sonrisa que regala sin querer, en cada mirada que te hace sentir único. Porque la hermana Francis, y esto tampoco lo dice, tiene la certeza de que cada uno es único y atiende a todos sin descuidar a nadie. Consigue, con los habituales actos ordinarios, que todo el mundo se sienta importante; que todo el mundo se sienta querido. Incluso cuando desliza el bolígrafo por el libro de anotaciones para apuntar el nombre y el punto de partida del peregrino lo hace con tal delicadeza y cariño que trasciende amor.

Pero la hermana Francis, además de monja, es mujer, y como mujer dice que no quiere salir en la foto a la vez que se quita las gafas para salir guapa. Y como mujer se preocupa por el bienestar de los que llegan a su casa. «Ramón te acompañará ahora al cuarto. Si quieres participar en la cena compartida y puedes traer algo, lo que quieras, será bienvenido. Descansa que estarás agotado».

Canal de Castilla a su paso por Boadilla del Camino.

En la misa de las ocho las monjas ocupan los asientos delanteros de la parte izquierda. El resto de asistentes se distribuye aleatoriamente por los bancos del templo. Tras la Eucaristía, la hermana María recuerda a los presentes que «hay días buenos y malos. En los malos mirad al cielo y veréis como las estrellas siguen brillando». El peregrino escucha a sus espaldas un amago de lloro. Es Dahlia, que no puede ocultar su emoción. Al fin y al cabo, ella sabe más que la mayoría en qué consisten esos días malos.

Tras las palabras de la hermana María, el sacerdote invita a los peregrinos a acercarse al altar para recibir la bendición uno por uno: «Que Dios te bendiga y te acompañe por el camino de la vida», dice justo antes de entregar a cada uno una pequeña estrella de papel «para que nunca te olvides de las estrellas».

El peregrino se mete en el saco y no es capaz de conciliar el sueño. Se siente pequeño, insignificante, ridículo... siente que no hace nada por mejorar el mundo. Dahlia apenas puede andar y lleva caminando desde Saint-Jean-Pied-de-Port. La hermana Francis hace años que se olvidó de sí misma para servir a los demás. Sam y Ramón obvian su verano veinteañero y se embarcan en un albergue de Palencia para ayudar a unas monjas. Si merece la pena el esfuerzo que requiere hacer el Camino es, en buena parte, por días como el de hoy.

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