El Camino de Santiago en Castilla y León en 16 días (III)

El peregrino sale de Burgos y en Hontanas se topa con Manuel, un charnego que hizo el Camino para encontrarse a sí mismo y se encontró con Stevlana. Junto a las ruinas del Convento de San Antón conoce a Ángel y en Boadilla se resguarda de los 40 grados

Hacia Itero del Castillo.
ÍÑIGO SALINAS

El calor es insoportable y el peregrino no ha descansado bien durante la noche. Aunque de Burgos a Villalbilla tan solo hay cinco kilómetros llanos entre chopos y huertas que se nutren del Arlanzón, el malestar hace mella desde los primeros pasos, cuando aún se encuentra por el alto de la calle Fernán González, junto al solar del Cid. Pero para alcanzar cualquier meta se debe caminar, así que, tirando más con la mente que con el cuerpo, se deja llevar. Sin fijarse, ni mucho ni poco, en sus edificios y sus gentes, atraviesa Villalbilla. Después llega a Tardajos más por empeño que por ánimo. Aunque todavía el reloj no ha dado las diez, el sol cae a plomo sobre el paisaje típicamente castellano. De allí a Hornillos del Camino atraviesa infinitos campos de cereal, un páramo y el valle del río Hormazuelas.

Nada más entrar a Hornillos, a la izquierda, una tienda de alimentación da la bienvenida al peregrino. Entra y compra dos latas de refresco con azúcar y otras tantas bolsas de frutos secos variados. Le atiende Jesús, un hombre de mediana edad, voz tranquila y agradable que anuncia todavía más calor para las próximas horas: «Hoy va a pegar fuerte», le dice mientras escruta sin pudor el rostro sudoroso en elq ue advierte el cansancio acumulado durante un mal día tras una mala noche.

-Tome usted dos plátanos. No los tengo a la venta porque tienen mal aspecto, pero están buenos y seguro que le vienen bien.

-Gracias, muchas gracias.

Y el peregrino reanuda el Camino, su camino.

Manuel canta una rumba. A su lado, Stevlana. Ángel, tras la barra de su bar y , al fondo, Castrojeriz.

A pesar de los plátanos, de los refrescos y de los frutos secos; los pastizales, el páramo y, sobre todo, el sol hacen de los once kilómetros hasta Hontanas una travesía difícil que machaca al peregrino. El malestar, si bien no ha ido a peor, persiste.

A la entrada de Hontanas un cartel anuncia «la mejor paella del mundo» y el peregrino se deja tentar. Quizás no sea la más sabrosa que ha probado, pero sí una de las que mejor le han sentado. El periódico de ayer («el de hoy todavía no ha llegado») y una jarra de cerveza le sirven para dejar a un lado el cansancio y regresar a la normalidad. Fuera, el termómetro marca 36 grados. De fondo se escucha Antonio Flores, Niña Pastori, Estopa... y los cánticos y las palmadas animosas de Manuel, un camarero 'charnego' de 44 años que atiende las mesas con una alegría que contagia.

Terraza de Hontanas.

Su historia es la de tantos otros: Hizo el Camino para encontrarse a sí mismo y encontró a Stevlana, una joven búlgara que pasaba por allí y de la que ya no se ha separado. Desde entones han pasado siete años y varios trabajos a lo largo del recorrido. «¿Más adelante? Ni idea. De momento esta noche tenemos fiesta flamenca. Canto yo. ¿Te animas?»

En lo alto de Hontanas, alejado del trajín de los peregrinos, está Diego, un pastor de ovejas jubilado que, por no parar, pinta de rojo un viejo arado y barniza los pilares de madera de un soportal que da acceso a una pequeña bodega. Sus movimientos son suaves, sabios, tranquilos.

-Pase y tome un poco de vino – dice sin apenas levantar la vista de sus quehaceres -. Ya sabe: absorba por el tubo, tape y échelo en el vaso.

La maniobra no le sale bien al peregrino y un reguero de vino se derrama por la barbilla y cae por la pechera. A duras penas logra llenar un vaso. Luego sale al soportal para ver trabajar a Diego, que le mira entre sorprendido y agradecido.

-Aquí estoy, esperando... – dice de pronto.

-¿Esperando a qué?

-Anda, a qué va a ser... a morir. Soy pensionista, ¿a qué voy a esperar?

Vista de Hornillos del Camino. Manuel explica la historia de la paella y Diego pinta de rojo un antiguo arado.

La conversación con Diego se alarga y el tiempo se echa encima. El se despide y baja al pueblo. Manuel, el charnego del restaurante, le avisa desde lo lejos:

-Vamos, ven, ¿no quieres cenar?

Seis alemanes, tres franceses, dos estadounidenses, un japonés, una italiana y un español llenan las mesas de la estancia interior del restaurante. Manuel, sentado en un taburete en el vértice del comedor, cuenta en inglés una exhaustiva historia sobre el origen de la paella mientras los comensales cenan. El anfitrión, que viste camiseta verde y pantalón turco, no escatima datos sobre su historia en el Camino y su romance con Stevlana, que hace su aparición en el comedor entre los aplausos de los presentes. Y canta y palmea con pasión una rumba que pone fin a una jornada que, aunque comenzó mal y ha sido agotadora, ha tenido un buen final.

Al día siguiente, antes de las seis de la mañana, el peregrino ya está caminando. Cada día aprende algo nuevo y sabe que, para llegar pronto a Boadilla del Camino y evitar así las horas centrales de un día que superará los 40 grados, ha hecho bien en levantarse temprano.

Arriba, Hontanas. A la izquierda, Albergue de Boadilla. Al fondo, campanario con cigüeñas.

Pronto llega a Castrojeriz. A la entrada, nada más pasar por las ruinas del convento de San Antón, se escucha de fondo música instrumental que hace de este paraje poediano un lugar singularmente misterioso. Una minicadena y un letrero resuelven la duda: Bar Cátaro. Tras la barra está Ángel, un hombre que rebasa el medio siglo y que si bien es de Burgos, podría ser de cualquier otro sitio. «He vivido en París, Suiza, República Dominicana, Marruecos, Argelia...», dice orgulloso. «Yo voy y vengo, voy y vengo... Yo nunca he buscado el Camino; el Camino me ha buscado a mí», sostiene. Pero un día, en 2015, leyó un anuncio que le llevó a Castrojeriz: «Arriendo huerta y doy casa». Desde entonces atiende a los peregrinos con un sombrero y un chaleco en el que luce insignias de diversas ciudades. Se maneja con soltura con expresiones básicas en inglés y francés y de vez en cuando dice algo en alemán. Tiene tantas cosas que contar que va de un tema a otro sin terminar el anterior. «Mira, la cruz de Tau, en el convento hay treinta y pico... que es donde mejor se duerme... cuando el cielo está despejado se ven las estrellas como en nigún sitio... Les cuento la historia y el uso del trillo a los peregrinos, y después les pregunto: ¿De qué país eres? De tal o cual... Mira, mi trillo tiene más años que tu país. Es que como la historia de España no hay otra... ¡Miss, el café!».

Tras el café, el peregrino retoma el Camino hasta Itero de la Vega, primer pueblo palentino, donde almuerza dos huevos fritos con panceta y sigue hasta Boadilla del Camino. Los más de 40 grados y las siete horas y media por Tierra de Campos hacen de la jornada de hoy todavía más dura que la de ayer. Deja su equipaje en el colchón de abajo de una de las literas del albergue donde antes estaban las escuelas, sale a la puerta y cae rendido en una silla. Sentado y con las piernas estiradas escucha a tres ancianos que, a su lado, hablan de la pesca del cangrejo, de güisquis sin hielo, de que «ya no dirán que el trigo viene húmedo», de la Guardia Civil...

En la plaza del rollo, en lo alto del campanario, las cigüeñas parecen pedir auxilio con su crotoreo constante y los pájaros revolotean alocados alrededor de la torre de la iglesia, que siempre esquivan en el último momento. El calor se apodera de las casas de adobe de Boadilla y el suelo parece ondularse como si fuera agua. El día no da para más, así que el peregrino agota la tarde y recupera fuerzas leyendo a la sombra. A las nueve se le cierran los ojos.

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