LAS ARMAS DE ORTEGA LARA PARA SOBREVIVIR A UN INFIERNO DE 532 DÍAS

El funcionario de prisiones que ha sufrido el secuestro más prolongado de ETA supo reencontrarse a sí mismo, recomponer su vida y volver a ser feliz amparándose en la familia, la fe y la disciplina. Este sábado se cumplen 20 años de su puesta en libertad

IVÁN ORIO

«No te preocupes, sé muy bien que hoy es 1 de julio». Habían transcurrido apenas tres horas desde que fuera liberado por la Guardia Civil después de 532 eternos días de cautiverio –el más largo en la historia de ETA– y José Antonio Ortega Lara mostraba ya síntomas de fortaleza mental aunque su imagen resultara descorazonadora, demacrado, con 23 kilos menos, larga barba y los ojos inyectados en un torrente de sufrimiento. Aquellas palabras fueron «una clave impresionante» para albergar esperanzas en un eventual renacer del funcionario de prisiones a pesar de que un comando le había sometido a una tortura física y psicológica indescriptible, al construir para él el infierno en la tierra en un minúsculo zulo bajo una nave industrial de Mondragón. «Saber que tenía clara la secuencia temporal del secuestro fue una gran alegría porque me di cuenta de que el proceso (de recuperación) era clarísimo», recuerda casi dos décadas después en declaraciones a este periódico el salesiano Isaac Díez, hermano de Domitila, esposa del secuestrado, y portavoz de la familia durante el año y medio que duró el encierro con el que la banda terrorista quería chantajear al Gobierno para acabar con la política de dispersión.

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Familia, religión y método fueron los tres pilares que sostuvieron al cautivo en su estrecho y húmedo habitáculo y han sido también los ejes sobre los que ha pivotado su proceso de autoafirmación para volver a ser «feliz», como ha declarado en varias entrevistas. Cuando terminó el secuestro –este sábado se cumplen veinte años de su liberación– tuvo la sensación de que su personalidad se desdoblaba: por una parte estaba Ortega Lara, símbolo de un cautiverio atroz en el que conoció los límites del ser humano; y por otra, José Antonio, el hombre humilde y anónimo que había construido un hogar junto a su mujer y su hijo Dani –entonces tenía dos años y medio– en el barrio de Gamonal, en Burgos. Sólo en el momento en el que Ortega Lara y José Antonio volvieran a fusionarse estaría preparado para afrontar sin temores la nueva realidad. «Cuando salí de allí era una especie de personalidad esquizoide. Me costó muchísimo tiempo asumir que ambas personalidades eran una misma. Si antes había sido dueño de mi vida, a partir de ese momento muchos aspectos estaban saliendo al exterior y yo no podía controlarlos. Había que asumir eso».

Tenía 37 años cuando, el 17 de enero de 1996, dos pistoleros de ETA le abordaron en su garaje cuando regresó del trabajo en La Rioja y le metieron en el maletero de su coche. Atrás dejaba sin saber si volvería a verlas a las dos personas que más quería, las que le demostraban a diario que sus esfuerzos en los complicados años previos para labrarse un porvenir habían merecido la pena. Se acordó también de sus seis hermanos –él era mellizo de una niña que falleció en el parto–; de sus juegos rurales en Montuenga, en la pedanía de Madrigalejo del Monte (Burgos), donde nació y pasó parte de su infancia; de sus padres, agricultores y ya fallecidos en aquel entonces, con los que compartió horas y horas en los huertos del pueblo; de cómo la modernidad prácticamente enterró el campo y los hermanos buscaron el futuro en la ciudad, a 30 kilómetros; de sus inquietudes espirituales, fortalecidas tras su paso por un centro de formación agrícola gestionado por los salesianos; y de cómo se hizo maestro antes de aprobar las oposiciones que le permitieron acceder al cuerpo de funcionarios de prisiones. Esos pensamientos serían su nutriente vital en el agujero que los etarras fabricaron para él en Mondragón.

Montaña rusa

La organización terrorista secuestró a Ortega Lara y, por extensión, a su esposa, Domi, en un sinvivir desde que ETA asumió la acción y exigió al Ejecutivo de José María Aznar el acercamiento de los reclusos a cambio de su puesta en libertad. Su hermano Isaac, destinado entonces en Bilbao, respondió a la petición de ayuda de Domitila y asumió el difícil papel de ejercer de portavoz de la familia. «Le dije que tenía que vivir lo que a ella le correspondía. Saber que era la esposa de una persona secuestrada que en un momento determinado iba a necesitar su ayuda y también la madre de un niño al que le faltaba el padre y del que por tanto tenía que ser padre y madre a la vez. 'Eso sólo lo puedes hacer tú', le insistí. 'Todas las demás cosas las podemos hacer nosotros'», evoca el religioso en su despacho del colegio Salesianos de Deusto, del que ha sido director los últimos seis cursos. Domi asumió los consejos de su hermano y sus allegados más próximos cimentaron unos robustos pilares afectivos en su entorno que le sirvieron de agarradero cuando la montaña rusa en la que se convirtió su existencia se volvía insoportable. «La familia fue fundamental», subraya Isaac Díez.

Metódico hasta la obsesión, el funcionario, militante del Partido Popular desde 1987, era de costumbres fijas y su vida social más allá del círculo familiar era casi inexistente. Viajes permanentes en su 'Opel' de Burgos a Logroño, ida y vuelta, recoger a Dani en la guardería, paseos por el barrio con su mujer y su hijo, visitas a su pueblo... El anonimato de lo cotidiano, la felicidad de lo sencillo, la tranquilidad de lo conocido en Gamonal y Montuenga. Los etarras lo tuvieron fácil para controlar sus movimientos antes de encañonarle en el garaje y conducirle a la galería del horror.

«¿Sabes quiénes somos?», le preguntaron. Sí lo sabía, pero no les dio ese gusto. Silencio. José Luis Erostegi Bidaguren, Javier Ugarte Villar, Josu Uribeetxeberria Bolinaga (ya fallecido) y José Manuel Gaztelu Otxandorena habían recibido la orden de la dirección de ETA de secuestrarle y, en la última etapa del cautiverio, cuando la cúpula etarra tenía ya claro que el Gobierno no iba a ceder a sus pretensiones, de ejecutarle de un tiro o asesinarle dejándole abandonado en el zulo. Ni siquiera en la madrugada del 1 de julio de hace dos décadas, cuando les detuvieron, los terroristas facilitaron su paradero a los agentes de la Guardia Civil que finalmente encontraron el escondite.

Las imágenes de su liberación, aferrado con el rostro desencajado a las manos de su esposa y su cuñado en un lento y titubeante caminar con la mirada perdida, convulsionaron a la sociedad española, testigo del padecimiento de un hombre al que trataron de arrancarle el alma. Sus ojos, azul del cielo que veía 532 días después, habían perdido claridad, y su voz, apagada, era casi inaudible. «No te preocupes, sé muy bien que hoy es 1 de julio», le susurró a Isaac, quien, «muy preocupado» por su estado de salud, solicitó de inmediato el informe médico.

Luego, en el helicóptero que les trasladó desde el Cuartel de Intxaurrondo, en San Sebastián, a Burgos, habló también, ya más calmado, con Domi. Más con miradas que con palabras. «Las preguntas que se hacen ellos no son las que se hace la gente. No hay tiempo para pensar en las preguntas lógicas, en las preguntas que hacen los periodistas... Nosotros hablamos de sentimientos», reflexionó en aquel momento el portavoz en la entrada de la residencia familiar. «¿Todo esto es por mí?», dijo el recién liberado a los suyos abrumado por el gentío que le esperaba en su barrio. En ese instante Ortega Lara tuvo claro que, si no claudicó en el zulo, tampoco lo haría ahora, cuando había recuperado en unas pocas horas todo lo que había dado por perdido.

Las secuelas

Lejos de autocompadecerse, ya al día siguiente de su liberación volvió a tirar del manual que le había mantenido a flote durante el cautiverio. Familia –preparó él mismo el desayuno como un signo de normalidad en su regreso al hogar–, convicciones religiosas –quedó en paz con Dios después de año y medio de enfados y reencuentros– y método –disciplina férrea en la terapia psicológica para hacer pie en el presente y en los primeros pasos del futuro–. Entre visita y visita a su vivienda de amigos y personalidades políticas, encontró tiempo para acercarse a su pueblo, al que le gusta volver siempre que puede para visitar a sus padres en el cementerio y para dar largas caminatas por sus campos y veredas.

Fueron seis meses de tratamiento intensivo con el objetivo de curar las heridas en la medida de lo posible. Las cicatrices eran profundas y verbalizar lo padecido en el zulo, un escalón indispensable para empezar a salir del túnel, no era nada fácil. Se esforzó al máximo y con el tiempo consiguió hacerlo, aunque aún le queda alguna secuela de aquella experiencia tan traumática. Ortega Lara no puede dormir con la persiana cerrada del todo, necesita ver un resquicio de luz.

Ortega Lara con su hijo en brazos, junto a su esposa en una manifestación anti ETA / EFE

Su familia y los médicos le recomendaron que se acogiera a la prejubilación que como víctima le ofreció el Ministerio del Interior. Le costó, y mucho, aceptar el consejo porque había obtenido una plaza fija en Soria, pero lo pensó bien y transigió. El juicio a sus secuestradores se celebró en junio de 1998. Pidió no acudir a testificar y el tribunal aceptó la solicitud, con el informe favorable del Ministerio Público. La sentencia se conoció justo un año después de su liberación: 32 años para cada uno de sus captores por un delito de secuestro terrorista y otro de asesinato alevoso en grado de conspiración, con el agravante de ensañamiento.

Él, entretanto, mantenía su intensa lucha interna para ser otra vez José Antonio Ortega Lara, y no sólo Ortega Lara el secuestrado por ETA. Retomó los estudios de Derecho, se licenció y realizó dos cursos de práctica jurídica. Aprendió inglés y devoró libros de filosofía y a los clásicos cuando le daban un respiro su hijo Dani y la hermanita que el matrimonio adoptó en Ucrania. Y cambiaron de domicilio. Dejaron Gamonal y se trasladaron al barrio de Vista Alegre.

Ladrillo a ladrillo edificó su reconstrucción interior. Tardó más de una década en perdonar a sus captores. «El tema del perdón es sumamente delicado e importante», subraya Isaac Díez desde la experiencia acumulada por el trato habitual y cercano con decenas de damnificados por el terrorismo desde el secuestro de su cuñado. «Siempre he intentado hablar más de reconciliación con uno mismo para poder empezar a hablar de perdón. El perdón es una realidad muy compleja y con una gran cantidad de estratos y niveles que hay que ir respetando siempre, exige un equilibrio psicológico, una personalidad...», añade el salesiano.

Ortega Lara ha manifestado en diferentes entrevistas que perdonar no significa olvidar lo sucedido, que su decisión personal, amparada en su fe, no debe ocultar la verdad de lo ocurrido en aquel zulo y que la Justicia debe ser por tanto implacable con los terroristas. El objetivo de que la memoria con las víctimas perdure es lo que le ha llevado a aceptar con agrado ofrecer charlas a grupos de jóvenes. Algunos de ellos ni siquiera habían nacido cuando la organización armada le secuestró.

La tormenta en el Partido Popular provocada por las elecciones generales de 2008, en las que el PSOE, con José Luis Rodríguez Zapatero al frente, revalidó su triunfo de los comicios de 2004, generó una crisis en los ideales políticos de Ortega Lara, que se dio de baja como militante molesto con algunas decisiones de la formación. El trato injusto que en su opinión dispensó la cúpula del PP a María San Gil, una de las personas que más admira, fue la gota que colmó el vaso de la paciencia del antiguo funcionario de prisiones. En el verano de 2012 recibió un importante «palo». Bolinaga, uno de sus secuestradores, fue excarcelado al padecer un cáncer terminal. Interpretó, con Mariano Rajoy al frente del Ejecutivo, que su puesta en libertad obedecía a «motivos políticos» y no a criterios penitenciarios. El etarra murió en enero de 2015. «Descanse en paz. Punto y final», dijo Ortega Lara cuando supo que había fallecido.

Fundación de Vox

Un año antes había fundado junto a Santiago Abascal el partido Vox. El objetivo era regenerar la derecha española, aunque no ha obtenido representación institucional. Sus principales axiomas: el desmantelamiento de las autonomías, la supresión del Tribunal Constitucional y un compromiso con la unidad del país. Sus conferencias bajo esas siglas, de periodicidad mensual, tienen un marcado carácter filosófico. Del ideario más político se encarga Abascal. El extrabajador de la prisión de Logroño se encuentra estos días de viaje. Veinte años después de escapar a un suplicio inhumano, de regresar del infierno y convertirse en un emblema de la libertad, José Antonio se ha reconciliado con Ortega Lara y Ortega Lara ha hecho lo propio con José Antonio. Ya caminan como uno solo.

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