El camino lebaniego castellano

  • Del sur palentino al corazón de Cantabria, entre campiñas, obras de arte y bosques profundos

Vista del valle de Liébana.
Vista del valle de Liébana. / Javier Prieto

No quiero ni imaginarme cómo serían los palentinos del siglo VI para que Santo Toribio de Palencia, que fue capaz de amansar la furia de un toro y un oso en plena pelea solo utilizando su verbo divino, tuviera que salir por piernas cuando pretendía desmontar las herejías priscilianas que corrían por la Palencia de aquel tiempo. De hecho, ese precisamente, el apedreamiento que le llevó a refugiarse en la ermita de Santa María del Cerro cuando insistía en convencer a sus escuchantes de que erraban en sus creencias, es el origen de la Pedrea del Pan y Quesillo, fiesta de Interés Turístico Regional que se celebra el domingo más próximo al 16 de abril.

Ante la contundencia de los argumentos que le lanzaban los priscilianos palentinos, no le quedó otra que retirarse a orar en aquella cueva del Cerro del Otero, a salvo de los pedruscos, hasta que una inundación, que los priscilianos achacaron a una maldición divina, llevó de nuevo las aguas a su cauce.

Ese mismo Toribio es el que, tiempo después, y quizá un poco harto de la incomprensión de sus convecinos, buscó refugiarse, junto a un grupo reducido de seguidores, en uno de los valles más bellos de Cantabria: Liébana. Encajado entre poderosas montañas de más de 2.000 metros de altitud, rodeada de profundas gargantas por las que solo circulan los ríos y con tan solo unos pocos pasos de montaña, cerrados por las inclemencias del tiempo la mayor parte del año, dedicarse ahí a la oración y la vida contemplativa era lo más parecido a decir «parad el mundo que yo me bajo», comienza Degusta Castilla y León en relación a la ruta recomendada esta semana.