La maestra interina de Cilleruelo, Diana, imparte clase a Lahcen y Séan, sus dos únicos alumnos.
La maestra interina de Cilleruelo, Diana, imparte clase a Lahcen y Séan, sus dos únicos alumnos. / Fran Jiménez

Cilleruelo, el pueblo que lucha por vivir con su escuela

  • Este pueblo burgalés ha logrado evitar el cierre del colegio, pero necesita dos alumnos más o el próximo curso toda la lucha habrá sido estéril

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Cilleruelo de Abajo busca desesperadamente un niño en edad escolar antes de septiembre. Si no lo encuentra, Lahcen (7 años) y Séan (6) serán los últimos alumnos de la historia escolar de este pueblo de la ribera del Arlanza burgalés. «En mis tiempos éramos 60 niños en un ala de la escuela y otras tantas niñas en el otro lado», rememora Vicente Abajo, de paseo junto a las puertas de la escuela. Sus tiempos, ahora ‘peina’ 73 años, fueron a finales de los cuarenta, cuando esta villa a 17 kilómetros de Lerma tenía el cuádruple de sus actuales 235 vecinos.

Cilleruelo está muy cerca de sumarse a las 4.000 escuelas rurales que han cerrado en las dos Castillas en cuatro décadas. La marcha de dos alumnos en pleno curso llevó a la Consejería de Educación de Castilla y León a anunciar su cierre para la pasada Navidad. «Me veía en la calle de golpe», recuerda Diana Fernández, la todavía maestra. Porque el apoyo popular de los vecinos y las protestas y concentraciones lograron que se revocara la orden. Lahcen y Seán acabarán el curso aquí. En septiembre, el hermano pequeño de Lahcen empezará su vida escolar. Pero la ‘ratio’ exige un mínimo de cuatro para que el patio de esta escuelita siga viviendo gritos y juegos.

De lo contrario, sus padres tendrán que elegir entre llevarlos a Torresandino (20 kilómetros y el transporte por su cuenta) o a Lerma (bus escolar). Son unos privilegiados con una maestra como Diana, una interina vallisoletana de 28 años que reconoce que «de esta forma todo es más individualizado y les corriges mejor los fallos».

Cilleruelo, el pueblo que lucha por vivir con su escuela

En el pueblo buscan con desespero a familias con hijos que puedan instalarse. «Es sorprendente la cantidad de gente que muestra interés», destaca su alcaldesa y madre de Séan, Sonia Aragón. Aunque entidades como Fundación Abraza la Tierra, que en los últimos diez años ha asesorado a miles de personas que se plantean regresar a los pueblos, advierten contra «las salidas desesperadas frente a una decisión que debe ser madurada y con un plan de vida», explica su coordinadora Eva González.

La generación perdida

Pero en Cilleruelo todo el mundo está detrás de su alcaldesa y su frase talismán: «Si nos cierran la escuela, será el primer paso para cerrar el pueblo». Ha sido la alarma para esforzarse aún más contra el ‘nublado’ que asoma por el horizonte. De momento, no les faltan servicios: dos bares (antes hubo cuatro), un par de bancos (en días alternos), ambulatorio, farmacia, panadería, carnicería... Una piscina de verano que llena el aire de vida de los hijos del pueblo que regresan en el estío. Incluso hay venta ambulante para suplir el cierre del último ultramarinos que resistió al goteo aniquilador de la despoblación.

No es suficiente. Mientras los hombres trabajan en el campo, las mujeres luchan por revertir un futuro que se parece a tantos ejemplos que han convertido a cientos de núcleos castellanos en pasado. En simple arqueología.

«La única manera de salir adelante es ser autónomo. Si quieres emprender, no pienses en la subvención. Hay recursos y hay que buscarlos». Juli Quintana, 54 años, preside la Asociación de Mujeres Rurales Aura Fademur. Llevan una década organizando cursos y generando ideas. Turismo rural, plantas, conservas... Más de medio millar de mujeres de su comarca han pasado por sus convocatorias. Pero cuesta dar el paso y, cuando alguien lo intenta «nos frena la burocracia», lamenta. Felisa Rivas trajo al mundo hace 41 años al último natalicio del pueblo y lamenta que «la gente que tenemos ganas de luchar ya no estamos en edad». Sus compañeras Conchi Infante, Fidela Abajo (cerró el último bar de comidas que hubo) y Raquel Casado (concejala de Cultura) reconocen que «hay una generación perdida»: la gente joven que se marchó a la ciudad y ya no aprecia la calidad de vida y las oportunidades del pueblo. No queda una sola pareja menor de 40 años con hijos. Todas ellas confían en que los diez jóvenes menores de 20 años que aún viven en Cilleruelo no sigan la senda de esa generación perdida en algún barrio de Burgos o Aranda de Duero. «Pero si no logramos enfocarlo todo juntos, hombres y mujeres, lo del cole será como la batalla de Don Quijote contra los molinos», vaticina Raquel Casado.