De niño talibé en las calles de Senegal a delegado sindical de UGT en Burgos

El joven senegalés en Burgos./R. Ordóñez
El joven senegalés en Burgos. / R. Ordóñez

Abdou Sakho es uno de los miles de extranjeros irregulares que llegaron a España en patera, pero ha conseguido asentarse y ahora defiende los intereses de los trabajadores en Campofrío Food Group

GABRIEL DE LA IGLESIA

Tras los cristales de sus gafas asoma una mirada serena y tenaz. Es la mirada de quien ha sufrido, de quien ha visto cosas que probablemente no debieran verse, de quien ha conseguido cambiar radicalmente la vida que le tenía prevista el destino. Es la mirada de Abdou Sakho, un inmigrante senegalés que hace más de una década afrontó un viaje mortal en patera para llegar a Europa y que hoy en día puede echar la vista atrás y estar más que satisfecho por lo conseguido. Ahora tiene un trabajo estable –si es que eso existe hoy en día- y un proyecto de vida arraigado en España. Tan arraigado que hoy es delegado sindical de UGT en una gran empresa como Campofrío Food Group.

La historia de Abdou es como la de tantos otros inmigrantes que se juegan la vida cada día para alcanzar las costas europeas. Unos, los más últimamente, huyen de la guerra. Otros, como en el caso de Abdou, huyen de la pobreza. Una pobreza que conoció de primera mano desde su más tierna infancia en M’bour, una ciudad anclada a orillas del Atlántico en la que le tocó pedir por la calle junto a otros tantos niños talibé.

Hijo de pescadores y agricultores, Abdou es el menor de 16 hermanos y ya desde niño aspiró a “algo diferente”. “En Senegal naces, cumples 18 años, tienes un matrimonio concertado, o varios, y acabas teniendo 15 ó 20 hijos. Yo no quería esa vida”, explica. Su gran sueño, añade era “ir a Italia”. El problema era la burocracia, ya que cada vez que pedía un visado se lo denegaban “por no cumplir los requisitos”. Y entonces, llegó su oportunidad.

Un buen día, concretamente “un viernes”, un hombre se presentó en casa de sus padres y le ofreció viajar a España en patera. A cambio, le pidió 500 euros –mucho menos de lo habitual- y que se encargara de la navegación, aprovechando la experiencia en motores y barcos con la que ya contaba. Abdou tenía entonces 17 años. Era menor de edad. Sus padres dieron el visto bueno y él aceptó. Ese mismo domingo, Abdou se presentó en la playa, en el punto de donde iba a salir la patera con destino a España. Pero ni había una, sino tres. “Cuando llegué, me encontré a más de 400 personas en la playa”, incluidos “mujeres y niños”, explica. Buena parte de todos ellos no llegaron nunca a su destino. Se quedaron en el Atlántico. “Las otras dos pateras se partieron” cuando atravesaban aguas de Marruecos. “Vi morir a varios amigos de la infancia”, reconoce con semblante serio.

La suya tampoco fue una travesía cómoda, precisamente. Alrededor de un centenar de personas hacinadas en una “barca de madera” sin apenas poder moverse, haciendo sus necesidades allí mismo y, sí, muriendo. “A los que morían los tirábamos al agua”, explica. Pero al fin, arribaron a costas españolas, concretamente a Tenerife, cuatro días después de lo previsto, sin comida, agua o GPS, pero con vida.  Primera prueba superada. Todavía quedarían unas cuantas. La siguiente era entrar en el país, para lo que mintió con su edad. “Claro que dije que era mayor de edad”, explica. Y entró. Segunda prueba superada.

Una vez en Tenerife, Abdou fue montado junto con otros compañeros en un avión. “No sabíamos dónde íbamos; creíamos que nos iban a devolver a Senegal”. Pero no. Su destino era Madrid, y de allí, a Valencia, donde el protagonista de esta historia fue acogido por una ONG que le facilitó lo justo para sobrevivir algunos días. Con un petate, algo de ropa y “cien euros”, Abdou se montó en un autobús con destino a Vitoria, donde tenía un contacto con un compatriota. Tercera prueba superada.

Pero a veces, el destino te lo pone difícil. Quiso el infortunio que el ya inmigrante irregular perdiera su macuto, incluido el contacto de su compatriota. ¿Y qué podía hacer un chico de 17 años que no sabía hablar español en Vitoria en pleno 2005? Sobrevivir durmiendo en los alrededores de la estación de autobuses y comiendo las sobras que dejaba alguno de los bares de la zona por la noche esperando la llegada de la providencia. Y ésta llegó al vigésimo sexto día. “Ya estaba pensando en entregarme a la policía y volver a Senegal cuando escuché una voz que me preguntaba en senegalés ¿por qué lloras? Creía estar alucinando”. La voz era de un compatriota, “el primer negro que veía en Vitoria”, que casualmente vivía con su contacto. Cuarta prueba superada.

Una vez asentado en Vitoria optó por lo que tantos otros inmigrantes irregulares: la venta ambulante. En los meses siguientes, Abdou pasó por San Fermín, San Pedro y San Pablo y otras tantas fiestas del norte peninsular vendiendo sombreros, gafas festivas y lo que quiera Dios que estuviera de moda en aquel momento. Siempre evitando a la policía, con la amenaza de la expulsión sobrevolando cada día.

Una amenaza que se hizo más que palpable ya en Burgos. Un buen día, explica, “seis policías” le “cazaron” en el rastro de la ciudad del Arlanzón y le llevaron a Comisaría. Allí permaneció “24 horas” retenido y se le informó de que iba a ser expulsado “en quince días”, pero finalmente, un matrimonio de abogados de la ciudad consiguió paralizar la orden. Abdou se quedaba en España, al menos de momento. Eso sí, sin papeles, lo que le obligó a buscarse la vida en el campo y, en general, en todo aquel sitio donde no se hicieran muchas preguntas. Y es que, la condición de inmigrante irregular es como la pescadilla que se muerde la cola. Sin papeles no hay trabajo, y sin trabajo no hay papeles.

Finalmente, un conocido le prestó su identidad para trabajar en una fábrica, algo ilegal, obviamente, pero que suponía una vía de escape. Una vía de escape relativamente frecuente en aquellos años que, en su caso, acabó siendo providencial. No en vano, tras un par de años trabajando allí, el gerente de la empresa –de la que no quiere dar su nombre- conoció su historia y arregló los papeles en la embajada. Casi de la noche a la mañana, Abdou se vio con un pasaporte oficial y un permiso de trabajo. “En ese momento, mi vida cambió totalmente”, subraya. Y es que, a partir de ese momento, Abdou ya podía trabajar con todas las de la ley. Quinta prueba superada.

Desde entonces, el niño talibé que vino en patera se ha sacado la ESO, ha aprendido a hablar la lengua de Cervantes con una fluidez asombrosa, ha obtenido varios certificados profesionales y ahora es delegado sindical en Carnes Selectas, una de las firmas englobadas en Campofrío Food Group. ¡Ah!, y se ha casado y acaba de ser padre de un niño que todavía no es español, pero que no quiere que pierda sus raíces.

Es más, aunque “suene raro”, Abdou quiere que su hijo se eduque, al menos en parte, en Senegal. Y es que, a su juicio, el mundo occidental tampoco es perfecto, ni mucho menos. “Los niños aquí tienen demasiado, son muy materialistas” y no está cómodo con la posibilidad de que su hijo se “malcríe”. Además, Abdou es musulmán, y como tal, quiere que su retoño conozca su fe y aprenda lo mejor de los dos mundos para que no pase lo que él tuvo que pasar. “Yo soy un extranjero en España, pero también en Senegal”, explica.

Y mientras tanto, día a día ve cómo cientos de personas pierden sus vidas en las costas del Mediterráneo buscando la vida que él ha logrado. “Yo he estado ahí, sé lo que siente. Sé lo que es tener miedo a morir en cualquier momento” por un sueño del que, además, muchos están sacando tajada. Los mafiosos que le ‘vendieron’ la plaza en la patera en la que llegó a Tenerife ahora “son ricos” o, en su defecto, “están en la cárcel”. “Han mentido a miles de personas”, zanja Abdou.

Fotos

Vídeos