Máscaras y danzas ancestrales, fuente de riqueza actual

Las mascaradas de la provincia de Ávila de reúnen en Navalosa. / P. V.

Mascarávila aúna el 14 de abril, en Navalosa, turismo y cultura, patrimonio de la provincia abulense y de Castilla y León, en una fiesta de raíces primitivas, que atrae turismo de todas partes del mundo

PAULA VELASCO

Cuando la nieve cubre los montes, el hielo seca el aire hasta cortar la piel y el viento azota la sierra, suenan los cencerros y los palos, rompiendo el silencio que suele acompañar al frío del invierno, y que se cuela  por las piedras de que están hechas las casas de algunos pueblos serranos.

Son danzas primitivas, que a día de hoy se siguen bailando con movimientos simples, a saltos y golpes en la tierra, a cargo de vecinos que han conservado la tradición de sus antepasados, ataviados con mantas viejas, con máscaras realizadas con elementos naturales y/o animales, y cuyas manos y cinturones se llenan de cencerros, pajas y palos. Todo, para llamar a la Madre Naturaleza.

Hablamos de las mascaradas, atavíos y tradiciones propios de la tierra, cuyo origen precristiano lleva a quien las contempla a reconocerlas en algún recoveco primitivo de la memoria. Celebradas en otra época de nuestra Historia, normalmente tenían lugar en pleno invierno, pero «no estaban asociadas a ningún acto litúrgico, aunque con el devenir de los tiempos se fueron adaptando a la coyuntura del momento», ha explicado Pedro Granado, vicepresidente de la Asociación Sociocultural Siempreviva de Pedro Bernardo, a El Norte de Castilla.

Las prohibiciones sufridas por las diferentes celebraciones a lo largo de los siglos, tanto políticas como religiosas, hicieron que estas tradiciones se adaptaran a la tradición católica, como es el caso de los harramaches, celebrados en la festividad de san Blas, el 3 de febrero, o de los machurreros, asociados a la fiesta en el calendario de san Sebastián, el 20 de enero. «Algunas se refugiaron en el carnaval, porque existía siempre esa cierta permisividad en los días de carnestolendas», explica Granado, pero han llegado a nuestros tiempos como parte de una tradición, más que como un ritual con su significado original.

Y es que, estudios realizados «desde Julio Caro Baroja, de principios de los años 20, a los trabajos de antropólogos a nivel europeo», sitúan estas danzas e indumentarias originariamente en una cultura existente en Europa, anterior a la civilización actual», explica Granado. Rituales invernales que tenían como fin llamar a la primavera y a la riqueza asociada a ella. «Se realizaban en invierno porque era una época de carestía, de oscuridad y frío, sin cosechas ni parto del ganado. Con estos rituales clamaban a la primavera, era una manera de fertilizar los campos, de ahí los elementos fustigantes que existen en todas las mascaradas, de ir golpeando a la tierra y a las mujeres, simbólicamente, y al ganado, para fertilizarlo. Son tradiciones que hay que entender en ese sentido», ya que también suponían el fin de un ciclo, de ahí que se celebraran cuando estaba cercano el solsticio, en el cambio de la estación fría a una más templada.

En su momento estuvieron muy asociadas al trabajo pastoril, por eso encontramos mascaradas situadas en zonas de montaña o con tradición de pastoreo, llegando hasta nuestros días «como lo que vemos: algo diferente».

 

Tradiciones recuperadas

En la actualidad, estas mascaradas, que se han ido repitiendo de generación en generación hasta llegar a nuestros días, tan solo se conservan en su sentido tradicional. Algunas se han perdido, pero otras se están recuperando gracias a la labor de varias personas e instituciones, que se han reunido para crear Mascarávila, un proyecto a nivel provincial que promovió en 2014 la Asociación Sociocultural Siempreviva de Pedro Bernardo, dando como fruto, en 2015, la primera edición de este festival.

«Es un proyecto a nivel provincial, quisimos implicar a todos los pueblos que conservaban o habían tenido mascaradas en invierno, para que pudieran recuperarlas en caso de haberlas perdido, como sucedió con Navalacruz, o para poder unirlas y deslocalizarlas geográficamente, en el caso de los lugares que aún las conservaran», explica Pedro.

De esta manera, se pueden mostrar a los visitantes en un solo emplazamiento, una vez al año, como es el caso de esta cuarta edición, que reunirá en Navalosa a todos los pueblos integrantes, el próximo sábado, 14 de abril.

Pero aglutinarlas en una fiesta anual no es el único objetivo de este proyecto. «Es un trabajo en equipo continuo para ponerlas en valor, conservarlas, estudiarlas y difundirlas, que es lo que hacemos el resto del año». Desde la Asociación aseguran que han demostrado el atractivo turístico de las mascaradas, pero no es suficiente, ya que también consideran que se les debe dar el enfoque, apoyo y valor cultural y patrimonial que se merecen, ya que «hay mucho por hacer».

 

Música, danza y gastronomía

Durante una jornada completa, los visitantes podrán participar en todo el movimiento creado alrededor de esta tradición, que solo el año pasado congregó a más de ocho mil personas, venidas de todas partes de España y del extranjero.

Esta edición, no pretende ser menos. «Vendrán fotógrafos documentalistas de Argentina y de Irán», comenta Granado, además de la Real Cabaña de Carreteros de Gredos y «grupos de música folclórica de nuestros pueblos con sus dulzainas».

Además de las actividades divulgativas y didácticas de la mañana, toda la jornada estará acompañada por un mercado de artesanía y productos de la tierra, con el que se muestra al visitante «la gastronomía y artesanía del territorio abulense, al que se han ido incorporando artesanos de las provincias limítrofes».

El plato fuerte del día, como no podía ser de otro modo, es el desfile protagonizado por las distintas mascaradas abulenses, que mostrarán la riqueza cultural de sus tradiciones, acompañadas, como en cada edición, de un pueblo visitante. En esta ocasión, los Zamarros de Olazagutía (Zamarroak de Olazti).

 

Naturaleza primitiva

En la provincia de Ávila, cinco pueblos conservan la tradición y otros la están recuperando. Es el caso de Navalacruz, con los harramachos, Pedro Bernardo y sus machurreros; Navalosa y los cucurrumachos; El Fresno y sus toras y Casavieja, los zarramaches.

En la localidad de El Hornillo, en el valle del Tiétar, se están recuperando los morrangos, al igual que los gamusinos de Casas del Puerto de Villatoro, asociados a la fiesta de la Epifanía de los Reyes, en enero.

Si algo tienen en común estas mascaradas son los atuendos, creados a partir de mantas viejas y elementos naturales como pelos de animales, cortezas de árbol u otros elementos vegetales. 

Castilla y León es un territorio extremadamente rico en este tipo de tradiciones. «Zamora es una mina de mascaradas, al igual que León o Burgos». Palencia y Segovia «quizás conserven menos, pero sin embargo son más dados a las danzas de paloteo, que son la segunda parte de los contenidos de Mascarávila», explica Granado. Y es que estos bailes primitivos están, en cierto modo, vinculados a las mascaradas. Por esta razón, en el festival que se celebrará el próximo 14 de abril en Navalosa, también tendrán presencia las localidades de Hoyocasero y Piedralaves, con sus tradiciones del llamado paloteo.

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