Cambiar de hombre a mujer fue como «saltar en paracaídas de un avión en llamas»

Amanda Añazón se entrevista para el Norte de Castilla

Imagina que te cortan la cabeza, la trasplantan en un cuerpo de género distinto y te piden que actúes según ése cuerpo, olvidando tu identidad

M.F.J.

De lejos, Amanda Azañón recuerda a una de esas alemanas estereotipadas de Benidorm: alta, rubia y guapa. De cerca el parecido se confirma, con el añadido de apreciar una sonrisa tímida y unos ojos cansados.

Lleva varios días de ciudad en ciudad, atendiendo actos organizados por el colectivo LGTB al que ella misma representa al frente de la Asociación Legásvila. Afirma que acercarse a Ávila desde Las Navas del Marqués no ha supuesto ninguna molestia comparado con el vaivén que conlleva la semana de celebración del Orgullo Gay.

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¿Una mujer transexual, llama la atención en un municipio de apenas 5.000 habitantes como Las Navas del Marqués?

La transición fue hace poco, empecé en 2011 con 47 años, y todos vieron el proceso en directo. He ido a mi ritmo, lento en realidad, porque he sido consciente de mi transexualidad desde los 5 años. No di antes el paso de convertirme físicamente en mujer por miedo, por temas familiares; mi madre me tenía controlada diciendo que sería mi ruina, que perdería el trabajo. Yo era en ese tiempo ingeniera investigadora de redes.

¿Cómo le ha influido el entorno en el que llevó a cabo la transición?

Vivir en un sitio tan pequeño como Las Navas tiene el inconveniente del miedo escénico. En una ciudad grande el anonimato te protege más. Es normal que la gente que inicia el proceso se mude, porque sigue muy estigmatizado. Hay negación, mucho “quiero que me conozcan pero que no sepan nada de mi pasado”.

Mi madre me pegó y dijo una frase que no olvidaré: “prefiero un hijo tonto a un hijo maricón”

¿Cómo reaccionaron las personas a su alrededor cuando decidió cambiar de aspecto para que coincidiera con su identidad de mujer?

Me decían cosas sorprendentes, como «qué valiente has sido». Valiente no; estaba en una situación de emergencia, tenía que hacerlo. Fue tan valiente como saltar en paracaídas de un avión en llamas. Pensé «mi vida va pasando, no estoy viviendo la que debería, ya tengo una edad y no puedo perder un segundo más simulando algo que no soy».

¿También en su casa calificaron su decisión como valiente?

Mi madre me descubrió a los 5 años. Me subí donde tenía el maquillaje y me empecé a pintar los labios. Cuando me vio, me pegó y dijo una frase que no olvidaré: «prefiero un hijo tonto a un hijo maricón». Mi padre no se enteró hasta que pasé de los 30. Se tuvo que sentar, no se lo esperaba, pero no me dijo nada.

¿Cómo era la convivencia en cuanto a la falta de apoyo familiar?

El tiempo libre que pasaba en casa lo vivía como mujer, pero cuando llegaba alguna visita debía salir por la ventana al jardín, y de ahí subir al piso de arriba. Mi madre llegó a planear colocar cañizos en los cerramientos, altísimos, para que la gente de la calle no pudiera ver lo que había dentro. Cuando empecé a tomar hormonas me dije «hasta aquí». Recuerdo que vino la mujer que hacía la limpieza una vez por semana y en lugar de esconderme, la saludé. Mi hermana chillaba que aquello era un escándalo, pero no me moví. Luisa, la mujer de la limpieza, puso cara de póker y actuó como si toda la vida me hubiera visto así.

Pueden intentar reprimirte; yo he sido reprimida durante décadas, pero al final sale. Algunos acaban suicidándose. En ese sentido tuve suerte, tenía escapatorias: ser mujer en mi casa, las distracciones del trabajo y mis ambiciones. Sin embargo, cuando estaba sola en la cama, el mundo era distinto; me podía la envida hacia el resto de las mujeres.

Hay dos tipos de armarios: el oscuro y cerrado de la comunidad gay, lesbiana y bisexual, y el de las personas transexuales, un armario de cristal en el que te van a ver aunque te encierres dentro.

Usted ya no tiene que ocultarse, ¿por qué motivo principal cree que lo siguen haciendo otros gays, lesbianas, transexuales y bisexuales?

Estamos rodeados de gente LGTB pero la sociedad no lo asume porque está desinformada. Los datos que se manejan son en realidad prejuicios. Hay personas que no diferencian un tema de identidad de género y uno de orientación sexual. Somos compañeros de viaje pero dos realidades completamente distintas. Una cosa es quién te atrae y otra cosa es quién eres. Los que se ocultan lo hacen por vergüenza. Hay mucho estigma e incluso homofobia interiorizada. Existen hombres que sienten aversión hacia sí mismos por ser gays, sobre todo si provienen de familias muy conservadoras.

¿Diría que es más difícil, a nivel social, ser transexual que homosexual o bisexual?

Hay dos tipos de armarios: el oscuro y cerrado de la comunidad gay, lesbiana y bisexual, y el de las personas transexuales, un armario de cristal en el que te van a ver aunque te encierres dentro. Es una situación insana en la que no tenemos opción a escondernos.

¿Es la presión social el principal problema a la hora de afrontar la propia identidad u orientación sexual?

Hay problemas sociales que derivan en problemas administrativos y legislativos. Sobre todo porque históricamente, la transexualidad se ha tomado como un trastorno mental. Esto conlleva problemas prácticos para, por ejemplo, iniciar un cambio registral del nombre o de la partida de nacimiento. Se necesita un certificado médico que diga que efectivamente padeces disforia.

En algunos sitios aún se sigue un protocolo diseñado en Estados Unidos en 1950. Obligaban a pasar unos filtros: un test con hasta 3.000 preguntas que supuestamente demostraban si eras hombre o mujer, un periodo de hasta seis meses de vida real actuando con el sexo que te identificara para acceder al tratamiento hormonal, conservando el puesto de trabajo y teniendo en cuenta que el médico, al final, también juzgaba tu aspecto. Si ibas para mujer y parecías un camionero te rechazaban porque tus posibilidades eran nulas. Si te daban el certificado de “loca oficial”, podías esperar dos años e ir al registro civil y solicitar un cambio de partida de nacimiento y DNI nuevo.

En cuanto a problemas económicos, dependen de hasta dónde quieras llegar. Si empiezas joven no tendrás que enfrentarte a muchas cirugías; con tratamiento, la cara no se te musculará y el pecho te crecerá naturalmente. La operación de reasignación sexual no está generalizada, sólo algunos optan por ella.

Me sometí a una operación de feminización facial, bastante ‘gore’: te levantan la piel de la cara como si fuera un guante y te liman los huesos.

¿Se dan en España trabas sanitarias a la hora de someterse a operaciones quirúrgicas para cambiar de aspecto?

Hay muchos médicos que no tienen problema en operarte de lo que sea, pero enseguida se te echa la prensa encima diciendo que lo que faltan son trasplantes y que no se deberían operar “caprichos”. La calle tiene mucho peso en la sanidad como en cualquier otro aspecto político. Además, la Seguridad Social te opera dependiendo de la Comunidad Autónoma en la que vivas, porque algunas intervenciones no constan en la cartera de servicios comunes. Castilla y León está empezando a autorizar, no que se realicen operaciones de ese tipo en su territorio, pero sí acuerdos con otras comunidades autónomas que realizan el servicio y les pasan el recibo. Los abulenses, por ejemplo, acuden a Asturias, País Vasco y Málaga.

Hay cirugías de reconstrucción que la sanidad pública paga y que no causan alarmas, como la reconstrucción mamaria o las operaciones a hombres que desarrollan mamas. Pero un chico transexual, que debe ponerse fajas para atarse los pechos porque no puede ir con ellos colgando por la vida, se somete a un proceso en el que ya verán si le operan o no.

Muchos de esos obstáculos podrían eliminarse si saliera adelante en Castilla y León la Ley de Igualdad para la Diversidad Sexual. ¿Cuáles serían los cambios más significativos?

Si se pone en marcha, los protocolos sanitarios para la transexualidad se transformarían: adiós al certificado, adiós a los dos años de espera para ir al registro civil, habría solución para los migrantes, quienes al menos tendrían su nombre cambiado en el DNI, aunque no en el pasaporte porque es competencia del Estado; los menores podrían iniciar su proceso de cambio antes, serían tratados por el nombre con el que se identifican tanto en escuelas como institutos, cuando fuera necesario se les suministrarían bloqueadores para que no se masculinicen o feminicen; las hormonas y bloqueadores se aplicarían atendiendo a unos indicadores de desarrollo.

En el colegio, los niños irían de niños y las niñas de niñas. Si se siente niña, que se ponga falda y entre en el baño de las niñas. También habría una asignatura optativa de formación sobre diversidad sexual. En algún momento esos críos serán adultos y pueden encontrarse un caso LGTB en su casa. Si salen educados, en vez de como una tragedia lo asumirán con normalidad.

¿Cree que es necesaria una mayor inclusión del colectivo LGTB a nivel administrativo o legislativo?

Me da miedo hablar de normativa LGTB, me chirría, pero sí es necesaria una normativa de respeto, de tratar a la gente por el género en el que les ves, de buscar una fórmula para tratar a cada persona acorde al género, como llamando por el apellido. En los juicios, por ejemplo, tienen mucho vicio de referirse a las personas por el nombre de pila. No se cumple el deber del respeto a todos, que merecen hasta los acusados más espantosos, aunque estuviera ahí sentado Jack el Destripador.

¿El rechazo de instituciones y sociedad es proporcional al aspecto de la persona en cuanto al momento de la transición en el que se encuentre?

Cuanto más se te nota, peor te va. Como sea muy evidente que eres trans, prepárate para que te miren y te digan cosas. Después de tantos años todavía me llegan comentarios como “¡pero tío!”.

Esa actitud negativa de la sociedad, ¿ha derivado alguna vez en violencia o agresividad?

En Bruselas tuve un incidente muy desagradable durante un viaje de trabajo: sufrí una agresión en plena calle por cometer la estupidez de ir sola a la una de la mañana. Se me agarraron dos hombres al cuello, no sé si querían pegarme o violarme; al final me robaron una cadena. Fue la experiencia más atroz que he tenido en mi vida. Al día siguiente me reuní con mis compañeros y la jefa del proyecto, una croata de voz chillona que los tenía bien puestos. Mis compañeros de trabajo decían que era una cabrona. Me eché a llorar como una magdalena; mis compañeros, muy hombres, se quedaron con los ojos de par en par sin saber qué estaba pasando. No sabían cómo empatizar conmigo, pero ella sí lo hizo, porque sabía cómo me sentía.

En ese ambiente laboral, ¿percibió cambios respecto al trato que le ofrecía la plantilla antes y después de la transición?

Pasó de ser «el señor Azañón tiene unas pruebas de equipo para una empresa y viene con malas noticias» a «¿estás segura?», «¿has hecho bien las pruebas?», «a ver si vamos a quedar mal». De repente aprendes que esas diferencias son reales; no son malintencionadas, pero notas que las cosas cambian.

Del «señor Azañón» no queda nada, aparentemente

Me sometí a una operación de feminización facial, bastante ‘gore’: te levantan la piel de la cara como si fuera un guante y te liman los huesos porque las principales diferencias entre el rostro masculino y femenino son óseas. Recortan huesos, sacan el hueso de la frente, pulen la mandíbula. Es duro de contar y te levantas como si te hubieran pegado una paliza, pero no duele. Una persona cuyos rasgos no corresponden con lo que se espera que sea, que se prepare a humillaciones e insultos. No obstante, confío en que acabará desapareciendo con los años, que las personas trans empezarán la transición muy jóvenes y no padecerán obstáculos de aspecto y documentación. Cuando eres invisible y la gente no se fija en ti, que te acepten o no es muy relativo.

¿Cómo le explicaría a alguien fuera de su situación, lo que se siente al vivir en un cuerpo desconectado de la verdadera identidad?

Le pediría un experimento mental. Imaginemos que tienes un accidente horroroso y te trasplantan el cuerpo entero. Resulta que eras un señor y sólo hay un cuerpo compatible, pero de mujer. Los médicos llegan a la conclusión de que va a ser imposible transformar ese cuerpo en el de un hombre, por lo que es mejor que aceptes que vas a ser una mujer y te piden que olvides tu pasado de hombre y aceptes tu nueva condición. Que me diga, quien sea, si sería capaz de soportarlo.

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