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«Los hackers luchan por la libertad de acceso a la información y la cultura»

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«Los hackers luchan por la libertad de acceso a la información y la cultura»

Pablo Soto Desarrollador de aplicaciones informáticas

12.05.14 - 12:14 -
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Ángel Carrasco y Pedro Martín, profesores del departamento de Sociología del campus María Zambrano de la UVA y organizadores de la jornada sobre difusión colectiva del conocimiento y ética hacker del miércoles 7 de mayo, contaron con Pablo Soto, un joven desarrollador de programas informáticos y creador del software para intercambio de archivos sobre redes P2P (Manolito, Piolet y Blubster), para que expusiera los valores que hay detrás de la cultura hacker, dedicada a la producción de herramientas para liberalizar el intercambio del conocimiento. Y es probable que el joven, delgado, amante de la música y que «disfruta pensando en protocolos de comunicaciones y compresión de datos», fuera el ponente idóneo.

Las cuatro discográficas más grandes del mundo reclamaron en 2008 a Pablo Soto una indemnización de más de 13 millones de euros porque entendieron que su software para intercambio de archivos atentaba contra sus derechos y los de propiedad intelectual. Pero el pasado 4 de abril la Audiencia Provincial de Madrid desestimó la demanda de estas compañías y declaró que «ofertar una tecnología P2P avanzada no supone incurrir en actos de expolio ni de aprovechamiento indebido del esfuerzo ajeno» y que la actividad de Soto «tampoco supone un acto de obstaculización al negocio» de las discográficas.

En el fondo, el litigio enfrentó los intereses económicos de las discográficas con el derecho a la libertad de información, y Soto, que habla de sus conocimientos con frecuencia en las aulas universitarias, lo tiene muy claro: «En los 90 se difundió la idea de que los hacker eran intrusos en los sistemas informáticos, pero en realidad son los que construyen cosas. Internet lo crearon hackers, a quienes no hay que confundir con los crackers, que son los que piratean y destruyen».

Criminalizados

Soto se deja ver por las universidades, pero hay otros espacios que le llaman más la atención. «Históricamente los hackers han luchado por la libertad de expresión y la igualdad de acceso al conocimiento, como catalizadores de justicia social, y en 2003, cuando surgen los movimientos sociales posmodernos comenzamos a colaborar con ellos. Por ejemplo, los centros sociales autogestionados de Madrid están plagados de hackers, y hacemos actividades menos académicas, pero me llama más la atención hacerles un taller de Internet a las señoras del barrio».

¿Por qué? «Porque las instituciones no solo no facilitan el acceso, sino que lo obstaculizan. El movimiento hacker de cultura libre se encuentra permanentemente criminalizado». De ahí parte el «concepto irreal» de hacker, dice, la «visión hegemónica de que somos delincuentes, porque a los poderes económicos, que perciben el movimiento de cultura libre como un riesgo para el 'status quo', y lo cierto es que lo es, pero les interesa darnos esa imagen». Pablo Soto pone el ejemplo de la creación de la imprenta, «que puso en tela de juicio la interpretación de la Biblia por la Iglesia en el momento en que la población tuvo acceso a ella en un libro».

Está satisfecho con la reciente sentencia. «Viene a decir que el creador de una tecnología no es responsable de todos los usos que se le den, igual que Guttenberg no lo era con todos los usos que podían darse a una imprenta, como la publicación de amenazas, vejaciones o calumnias, ni el fabricante de un coche de todas las infracciones de tráfico».

Pero «las tecnologías disruptivas, que crean una nueva realidad y obligan al mercado a adaptarse» (el campo en el que trabaja), hacen que se rebelen «los que viven del mercado tal cual está», señala. Y recuerda que ocurrió con la industria del hielo cuando se crearon los frigoríficos o con la abolición de la esclavitud, a la que se oponían los mercaderes de esclavos y quienes se beneficiaban de esa fuerza de trabajo gratuita.

En su campo lo ataques vienen de quienes dicen que «los creadores de tecnología vamos a provocar que colapse la cultura, como si la cultura no viniera en parte de los avances tecnológicos». Lo rechaza tajante, y también los informes «cocinados por la propia industria» que indican que España es uno de los países donde hay más descargas «ilegales». Recuerda su caso, que fue muy mediático, y que unos días antes del juicio el presidente de la patronal de las discográficas, Antonio Guisasola, dijo en la puerta de los juzgados que Estados Unidos había incluido a España en la lista de países donde más se piratea. «Dos años y medio después, cuando Wikileaks publicó los cables diplomáticos de las embajadas, se descubrió que Estados Unidos nos había metido en la Lista 301 porque Guisasola se reunió con el embajador americano para solicitárselo y poder decir que en España hay mucha piratería».

¿La hay? Explica que los índices de copia, «de acceso a la cultura», dependen de la penetración de la tecnología. «Se puede corregir con leyes; si son muy restrictivas se reduce y si potencian el libre acceso a la cultura, se amplía, pero estos índices dependen básicamente de la tecnología». Y vuelve al ejemplo de Guttenberg y al acceso a obras literarias, condicionado por «cómo se construyeron y difundieron las imprentas».

En este punto, ¿qué es la ética hacker? «Es un conjunto de valores, guías y procesos éticos que sigue la comunidad hacker para enfrentarse a espacios de decisión que antes no había, cuestiones como, por ejemplo, 'sacar' de Internet la página de la Iglesia de la Cienciología cuando se demuestra que es una secta y en su actividad atenta contra la libertad de las personas».

Los debates se mueven en este ámbito, parecido al de la época de la Ilustración, subraya Soto, en plantear que «hay herramientas tecnológicas sencillas para la libertad de acceso a la información de las sociedades, que es la que genera cambio social, y es indudable que hay que ponerles ética».

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«Los hackers luchan por la libertad de acceso a la información y la cultura»
Pedro Martín, Pablo Soto y Ángel Carrasco, en el campus de la UVA. / M. A. L.
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