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«Solo con la mentira del crédito ficticio se podían comprar muchas casas»

UN MUNDO QUE AGONIZA

«Solo con la mentira del crédito ficticio se podían comprar muchas casas»

Antonio Fernández Alba, arquitecto

21.01.14 - 18:05 -
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«Solo con la mentira del crédito ficticio se podían comprar muchas casas»
Fernández Alba lee en el despacho de su casa madrileña / Gabruiel Villamil

Cuando hablas con el arquitecto Antonio Fernández Alba (Salamanca , 1927) entiendes por qué es miembro de la Real Academia Española. Mima las palabras, busca la expresión precisa, la metáfora iluminadora, el concepto adecuado. Afincado en Madrid desde hace 60 años, Fernández Alba es una referencia profesional, con obras tan destacadas en Castilla y León como la estación de Salamanca o la Escuela de Arquitectura de Valladolid, entre otras muchas en España. Artista multipremiado ( Nacional de Restauración, Nacional de Arquitectura, Castilla y León de Bellas Artes...) es hombre apasionado y amante de la reflexión. Y gusta de pensar sobre su trabajo y sobre el mundo, como muestra en esta conversación.

–Alvaro Siza asegura que la arquitectura «es la creación de un cuadro para la vida del hombre». Pero cabría preguntarse si este oficio, si este arte, está hoy al servicio de las personas.

–La arquitectura nace como una dimensión de las necesidades del hombre. La elección de una cueva para guarecerse del medio hostil, en épocas prehistóricas, es ya un primer acto de arquitectura. Pero junto a esto surge otra dimensión, la del recuerdo, que se encarna en el menhir, que se levanta en memoria de los que desaparecieron. La arquitectura se mueve entre el terreno de la necesidad y el de la memoria, que es también el del sentimiento del hombre. La arquitectura debe ligarse a estos dos valores: al sentimiento y a la razón.

–Se lo pregunto porque cuando entran en juego el negocio, los especuladores… quizás se pone en peligro ese objetivo que ha descrito.

–Es que todo eso lo destruye. La llegada del mercado es la abolición de cualquier postulado de verdad del hábitat razonable del hombre. Hoy las viviendas adosadas que se ofrecen a la nueva burguesía como signo de distinción son viviendas en cuatro pisos, que obligan a bajar y subir escaleras todo el día. Son viviendas para una edad, porque resultan invivibles para los mayores. ¿Cómo se nos dice que esto es habitable, cuando además es un modelo calcado de las viviendas mineras del siglo XIX? Pero ¿quién hace la ciudad hoy día? El mercado.

–Y sin embargo, no podemos negar que hemos avanzado mucho.

-Incluso en un contexto de lucro hay que construir algo que funcione, que se pueda habitar, donde no se pase frío… el grado de confort forma parte de ese postulado económico que lleva implícito el mercado. En el fondo el salto contemporáneo a una arquitectura habitable es consecuencia de la lucha contra la enfermedad que se desarrolló a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Surge entonces la preocupación por la salubridad de los recintos que acogen al ser humano. Los sanatorios antituberculosos representan un cambio completo de la arquitectura; con ellos empieza a preocuparse por la higiene, la luz, la ventilación…

–Esta preocupación por la salud, sin embargo, parece haber desplazado la otra preocupación, la de la calidad simbólica de los espacios, que acompaña desde el principio a la arquitectura.

–Porque en el siglo XX el gran símbolo es la vivienda, comoc onsecuencia del gran desplazamiento de las masas rurales a las ciudades. El símbolo es que la vivienda tiene sol, tiene luz, tiene verde en el interior de los bloques… y por tanto los programas de un personaje tan peculiar como Le Corbusier, en Europa, o los de Frank Lloyd Wright, en América, en el fondo no eran nada más que un canto a que el hombre pudiera vivir de una manera más saludable. Es la vida saludable entendida como vida digna.

–Y del canto a la vivienda digna hemos llegado a la burbuja…

–La lucha de la tierra es una lucha permanente. Entre los que la poseen y los que la necesitan. Al tener la tierra un precio desmesurado todo lo que colocas encima viene gravado por una plusvalía de origen. Una plusvalía dura, negra, obscena. ¡Si nada más abrir los cimientos, el suelo donde excavas vale más que lo que vas a construir…! El mercado es sucio, no es que sea una burbuja, es que va contra la lógica de la existencia humana. El precio de la vivienda ha empezado a reducirse, pero tendrá que bajar más porque no tienen sentido estos valores. Solamente con una mentira, que era el crédito ficticio, se podían adquirir esas casas. Pero ¿cómo se puede pensar en una propiedad que se paga con créditos a 40 años, que uno no sabe si los va a vivir? Es más lógico lo que ocurre en estos países del centro de Europa donde las personas viven en alquiler en función de lo que ganan y de lo que ahorran.

–¿Pudo evitarse la burbuja inmobiliaria? ¿Qué debió hacerse?

–Esto no es exclusivo de este país, ni de ahora, y tiene que ver con lo que acabo de indicar: la cultura de la propiedad. El problema arranca del franquismo, cuando surge la idea de que cuando a una persona le das un coche y una vivienda, al tener ya propiedad, cambia de clase social. Pero no es verdad. Sigue siendo un señor cuyos ingresos y economía dependen de lo que trabaja. De clase solo se cambia mediante el conocimiento. ¿Se podía haber evitado la burbuja...? Pero, ¿qué es la política de la ciudad hoy en día sino un servicio a los intereses de los que las construyen y de los que poseen la tierra? Nos sobra esta manera de entender la vida centrada en el sentido de la posesión.

–Hubo un intento cuando la ministra María Antonia Trujillo, en la primera legislatura de Zapatero, propuso eliminar los incentivos a la compra de vivienda. En su momento se criticó porque era poner palos en las ruedas del sector que sostenía la economía. Pero, visto a posteriori, haber enfriado la burbuja hubiera sido el único modo de reducir el estallido.

-Las magnitudes hay que reducirlas en el origen de los sistemas, como concepto. Lo otro son cataplasmas. Los incentivos a la compra de vivienda son una limosna del hábitat. Pero el hambre no se quita con comedores sociales, aunque se mitigue. Y con los pisos pasa igual. La solución es la regeneración de la sociedad.

–Y eso, ¿cómo se traduce en lo concreto? Porque suena bien, pero vivimos en un mundo en el que hay que tomar decisiones.

–Ni los arquitectos, ni los ingenieros, ni los economistas pueden arreglar esto solos. Esto lo arreglan los encajes que la sociedad hace. Hay que parar, reaccionar y empezar por otro camino. Estamos en un momento en el que los modelos existentes no valen. Ni el capitalismo de mercado, ni el capitalismo de Estado. Aunque es más suave el capitalismo de mercado, como hemos podido ver. El problema del neoliberalismo es que excluye al Estado, y el Estado ha sido un avance importante: es el que nos libra de la ley de la jungla. El neoliberalismo es de una crueldad total: planifica sin tener en cuenta que el objeto de su planificación es el ser humano. Lo trata como un objeto más.

–¿Puede la arquitectura ayudar al hombre a sobrellevar esa creciente insatisfacción en la que parece que estamos instalados? ¿Esa sensación de que vivimos en un mundo tan complicado que las causas últimas de todo se nos escapan?

–La arquitectura puede hacer algo formando parte de la ciudad. El grado de confort que hemos conquistado en el siglo XX es fantástico, incluso en muchos países en desarrollo. Que tengas frío y lo puedas combatir, que puedas usar la ducha para tu higiene con agua caliente a quince grados de temperatura, mientras se está a cero en el exterior… el grado del confort y de la higiene ha sido conquistado. Otra cosa es cómo se reparta. Por eso la política es una de las bases esenciales de la sociedad. Que esté corrompida o dañada es una de las peores cosas que pueden acontecer. Porque el hombre es un ser político. Y en la ciudad se instaura el concepto de la política.

–Pero la ciudad es también caótica, es un laberinto.

–¿Como nos van a servir las calles de la ciudad antigua, si se concibieron para el andar tranquilo del hombre y ahora son autopistas urbanas? ¿Cómo interpretar los signos de la ciudad, si estás sometido a una dictadura de actos desde que te levantas hasta que te acuestas? ¿Cómo si no pisas la naturaleza, que es equilibrio, si vas siempre por terreno duro, y de obstáculos, y de peligro? Y hablo de peligro no solo porque alguien pueda darte una puñalada, sino porque debes hacerte hueco en un entorno donde se simultanean tráficos de usos y velocidades distintos. Haces canales, los separas, pero al final es un conglomerado tan heterogéneo que la ciudad es caótica.

–La ciudad nos protege de la aridez de lo real, pero este universo artificial en el que vivimos también nos desarraiga de la tierra, del contacto con la raíz.

-Tenemos que vivir, cohabitar, convivir, en un mundo de dos naturalezas. La primera es la naturaleza donde nacemos, y la segunda es la naturaleza técnica que construimos. La naturaleza técnica ha avanzado de tal forma sobre la primera que no solo la destruye, sino que impone sus propias leyes, que son distintas, porque se basa en la materia transformada. La primera naturaleza es una materia nacida en la cual nosotros nos encontramos, que intentamos explicar, pero que en el fondo es un misterio. La otra materia sí la podemos manejar y la prueba indudable es que vivir en las ciudades de hoy es mucho mejor que vivir en las ciudades de hace un siglo, o de cuarenta años. El problema es que se produce una tensión entre la ecología de la naturaleza en la que vivimos y la ecología de esa segunda naturaleza material que hemos construido. Y claro, este es un tema muy complicado. Vamos haciendo conquistas parciales, como francotiradores, en la lucha para que la ciudad siga siendo lo que es. Porque no podemos olvidar que la ciudad fue creada como idea. Como un lugar apacible para convivir.

–¿Y se ha cumplido ese proyecto para la ciudad? ¿Podemos reconocerlo en nuestras ciudades de hoy?

–Enmedio de las grandes metrópolis de nuestro tiempo, que son muy hermosas, aparece la gran arquitectura como un diamante. Esos grandes edificios transparentes, las grandes construcciones de nuestro tiempo… Pero claro, al lado están las grandes lacras de la pobreza y la miseria. La ciudad tiene grandeza y tiene humillación también. Vivir en ella te engrandece, pero también te humilla. Pero siempre tiene algo de cobijo social. En la ciudad te defiendes mejor de la penuria que en el campo, porque allí estás abandonado y aquí tienes una sensación de que los que están son semejantes a ti. La ciudad es cobijo. Ahora bien, del cobijo al habitar poéticamente de Holderlin hay un trecho largo…

–En una entrevista que le ha precedido, el antropólogo Luis Díaz Viana hablaba de recuperar la escala humana y se lamentaba de que estamos construyendo ciudades para cíclopes.

–Siempre ha sido un anhelo del humanismo creer en la recuperación del medio natural, y de las dimensiones antropológicas del hombre, pero no podemos olvidar que el hombre también ha sufrido cambios, aunque sus pasiones sean las mismas. El hombre está evolucionando y hasta la conciencia cambia. La manera de interpretar las cosas, de ser afable, bondadoso, compañero, trabajador… Probablemente estamos asistiendo hoy a un cambio importante: la proliferación de una tecnología del instante (grabadoras, tabletas…) va a provocar que desaparezcan muchos elementos de la memoria. Todo esto cambia el comportamiento del ser humano. Pensar en la recuperación de la escala… si es que ese hombre ya murió. Todos esos hombres han muerto: el hombre ilustrado, el hombre barroco…. son otros hombres los que vienen y a los que no podemos poner obstáculos. Sí podemos ponerles algunas medidas. La prudencia en el nacer y en el discurrir siempre es acertado.

–¿Qué nos queda entonces?

–Si el avance de las civilizaciones no sirve para que la inteligencia siga progresando, estamos perdidos. En esto es en lo único que creo, en la capacidad de la inteligencia del hombre. Hay que recordar que la revolución de la Ilustración fue la revolución del pensamiento: que la gente pueda conocer a través de la educación. Pero esta es la gran revolución pendiente, porque una cosa es la ilustración y otra el conocimiento. En las escuelas, más o menos se ilustra. Pero ¿dónde está el conocimiento que permite situarse ante la sucesión de acontecimientos diversos? ¿Dónde el conocimiento que permite una valoración crítica, que es uno de los aspectos más valiosos de la inteligencia humana, porque en el fondo es el criterio?

–¿No tiene con frecuencia la sensación de que no hay proporción entre las inmensas cantidades de dinero que hemos gastado en embellecer las ciudades y reformarlas y la mejora de la calidad de vida que esos cambios han proporcionado?

–Totalmente de acuerdo.No hay proporción. Ahí es donde se da uno de los fundamentos de la corrupción. El diseño de los proyectos es, en general, honesto, pero luego la ejecución, la praxis de esos proyectos, es corrupta. Entre el proyecto y la realidad hay un proceso que se corrompe. Lo que cuesta la ejecución material se multiplica por dos o por tres y eso son valores ajenos al proceso constructivo. Pero no solo por la supuesta corrupción del político; también puede deberse al sobrecoste del precio del suelo, o al coste de gestión de llevar a un lugar un elemento porque interesa. La construcción de la ciudad vuelve sobre lo mismo: quién posee la tierra y quién la necesita. Y ahí es donde aparece la corrupción, en la praxis.

–Hay una sensación de que se ha avanzado mucho en calidad de vida, pero los problemas de fondo de las ciudades apenas se atacan. Y más que resolverlos, se palían y se cronifican.

–Es que yo creo que se ignoran, porque los problemas de fondo están naciendo,muchos de ellos. Nacen de esta aceleración del tiempo, que construye el espacio con tal cantidad de innovaciones que el político las desconoce. Es un problema de ignorancia. Por eso es tan fundamental la crítica política, la crítica de la ciudad. Al gestor político siempre le acepto la buena fe, pero su ignorancia le convierte en un inhóspito personaje de acción. El diálogo del político con la ciudad es un diálogo dialéctico, acelerado y profundo. Debería anticiparse, porque no puede esperar a las cosas que acontecen, pues estas ya tienen su propia dinámica y resultan muy difíciles de encauzar. La política de la ciudad está montada sobre ejercicios de acción de estímulo/respuesta. Aquí en Madrid en el periodo socialista se decía que no harían autopistas para no atraer coches a la ciudad. No hagamos aparcamientos porque la gente viene a la ciudad en coche, decían. Pues mira como tenemos la ciudad. No existen en Madrid, como ocurre en otras grandes metrópolis, equipos de investigación que anticipen acontecimientos.

–Hubo un tiempo en el que se dedicó tiempo y energías a la planificación. Yo recuerdo bien el caso del Ayuntamiento de Valladolid, que apostó por esto con el gobierno socialista. Pero la parálisis que eso produjo en la toma de decisiones sumió en un profundo descrédito a los teóricos. Y aún hoy muchos prefieren una acción improvisada antes que estar parados.

–Yo creo que la improvisación es nefasta para la ciudad. Pero tiene razón en que esa planificación era más bien ordenación del territorio. Y generalmente en beneficio de un concepto de mercado, no un concepto de ciudad. Eso lo estamos sufriendo. La ley que ordena la ciudad es compleja. Porque son intereses privados y públicos y al legislador le resulta difícil acertar.De manera que la complejidad de la planificación plantea unos problemas que la retrasan, porque no se sabe qué hacer. Y luego, además, la planificación solía consistir en unas rutas de tráfico y unas áreas donde se decía qué se podía construir y con cuánta altura. Eso no es planificar. Hay que ver qué significa esa altura, qué otros servicios hacen falta. Dónde hay que poner un hospital.O una escuela. Se pensaba: como aquí hay un barrio con tantas viviendas, hacen falta un colegio y una guardería. Eso no es planificar. Eso es salir a la respuesta inmediata de la demanda crítica que hace el ciudadano.

–De una respuesta anterior he creído entender que usted no comparte esa idea tan extendida en la izquierda de que no hay que construir aparcamientos en el centro porque atraen a los automóviles.

–No es que no crea desde una convicción personal, es que no puedo creer contemplando la experiencia. El aparcamiento me parece horrendo, porque lo que estamos creando es una ciudad subterránea llena de agujeros. Y tampoco resuelve el problema. Pero si no se hacen, que me digan qué se hace en una ciudad como Madrid. Es que la ciudad contemporánea es muy compleja.

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