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«Si las ayudas asistenciales no son la contrapartida a un servicio social, son limosna»

UN MUNDO QUE AGONIZA

«Si las ayudas asistenciales no son la contrapartida a un servicio social, son limosna»

Carmen del Valle, trabajadora social

20.12.13 - 20:06 -
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Hay en la mirada de Carmen del Valle una luz interior, una afabilidad, y una limpieza de ánimo que delatan que ni los años, ni los varapalos de la realidad cotidiana, han logrado matar el fuego interior que un día la llevó a convertirse en trabajadora social. Muy próxima a los movimientos de educación de adultos que impulsó Millán Santos desde Delicias, fue la primera encargada de dirigir la Universidad de la Experiencia de Valladolid que lleva el nombre del sacerdote. Posteriormente volvió a la Escuela de Trabajo Social, donde ejerce como profesora, y desde la que defiende una visión de lo social esencialmente participativa. Atenta a la singularidad de las personas y a su dignidad.

–Cuentan que el filósofo Herbert Marcuse confesó en su lecho de muerte: «Ahora comprendo cuál es el fundamento de la ética: es la compasión». No sé si lo comparte, ni si la compasión es algo que se enseña en las Facultades de Trabajo Social, como esta de Valladolid en la que usted da clase.

–Lo comparto. La compasión significa compadecerse con el otro y eso es importante. Si soy capaz de ponerme en la piel del otro puedo compartir con él sus inquietudes, sus angustias, y desde la posición que yo tengo, de intervención, ser menos aséptico, menos funcionarial, y dar una respuesta más acorde, menos fría. En una situación como la actual es necesario volver a traer a nuestras vidas la compasión, la capacidad de compadecerse.

–Ahora en cambio se habla mucho más de justicia. «No quiero caridad, quiero justicia» es un eslogan que se oye mucho. El problema es que cada cual entiende la justicia a su modo.

–Siempre he defendido más la justicia social que la caridad. La persona que está en una situación de dificultad sigue siendo persona y tiene capacidades para salir de ella. La justicia reequilibra una situación de desigualdad. En la caridad no: siempre hay uno que da y otro que recibe, pero no hay una relación de equilibrio. Hay discrecionalidad. Pero si la justicia social es una búsqueda de equilibrio y no hay capacidad de compasión, si no padeces con el otro, ¿dónde está el equilibrio? Este liberalismo a ultranza que padecemos se olvida de eso. No es un sujeto compasivo, ni siquiera cree en la justicia.

–Pero la justicia tiene muchos perfiles. Imagínese que le digo que no me parece justo que alguien cobre sin trabajar, porque creo que eso fomenta la vagancia y degrada a los individuos, que, en el fondo, lo que quieren es valerse por sí mismos.

– Tampoco yo estoy de acuerdo con que se dé un dinero sin una contraprestación. Y soy partidaria de que la contrapartida sean trabajos de servicio a la comunidad. En Andalucía, por ejemplo, ciudadanos que viven en viviendas sociales, pero no pueden pagar la renta, colaboran al mantenimiento de la comunidad pintando, arreglando los destrozos en las cerraduras, o realizando otras tareas. Todos, de alguna manera, devuelven a la comunidad lo que la comunidad hace por ellos. Creo que esto dignifica a la persona. Lo demás es una dádiva, una limosna, y me da lo mismo que salga de un bolsillo individual que del bolsillo estatal.

No se trata de sustituir empleos por mano de obra barata, sino de hacer que el ciudadano se sienta útil. Se trata de no dejarle como sujeto pasivo. El ciudadano siempre debe ser activo. Y el Estado no debe verse como una gran vaca con muchas ubres.

Debo precisar que me refiero a las ayudas asistenciales, a los ingresos de inserción, no a prestaciones como el seguro de desempleo, que son para trabajadores que han cotizado.

–Pero usted es consciente de que la realidad no funciona así. En el caso de la Renta Garantizada de Ciudadanía, por ejemplo, que es una de esas prestaciones asistenciales a las que se refiere, al beneficiario no se le exige ningún servicio social en estos momentos.

–Todas las personas necesitan unos ingresos mínimos para sostener su proyecto vital. Pero, al mismo tiempo, necesitan sentirse integradas en su comunidad. Nosotros hemos ido perdiendo algo que formaba parte de nuestras raíces, que era la ayuda mutua, la ayuda solidaria, y lo hemos profesionalizado.

–A esa profesionalización y burocratización ha conducido en parte la idea de que solo el Estado podía encargarse de la justicia social, que los individuos, al ser limitados, solo podían hacer caridad.

–Nuestra Constitución establece que el Estado es el que reconoce los derechos y el que se responsabiliza de hacerlos efectivos. Pero eso no significa que desprovea al ciudadano de corresponsabilidad. Hay tareas que el Estado no puede, ni debe, hacer, para evitar que se convierta en un monstruo. Y para que no nos entren veleidades totalitarias. Ese es el espacio donde debe concretarse la participación social. Mi condición de ciudadano no sólo me otorga derechos, sino también responsabilidades. El problema es que esto se nos ha olvidado, o lo hemos perdido. Pero la justicia nace de ahí.

–¿Cuál sería ese terreno de juego de los ciudadanos?

–Los ciudadanos deben corresponsabilizarse con el Estado por la vía del concierto, del convenio, de la iniciativa social organizada, como pueden ser las organizaciones no gubernamentales (ONG), las plataformas de voluntariado o las asociaciones. El voluntariado y la sociedad civil sirven también, si nos dejan, como elemento crítico que pone de manifiesto los déficit que pueda haber. No digo que la iniciativa social tenga que sustituir la tarea del Estado, pero tampoco puede estar ausente.

Creo en un sentido comunitario, colectivo, de la sociedad. Debo entender que nada de lo que me rodea me es ajeno. No es una cuestión de carácter religioso, sino un compromiso civil. Y el voluntariado es la máxima expresión de esa participación social. No es que yo lo haga porque sea una persona generosa, es que si soy una ciudadana con responsabilidad tengo que colaborar. Debo tratar al otro como quiero ser siempre tratada yo.

–Hablaba antes de la burocratización de los servicios sociales. Quizás al delegar esas tareas en el Estado se ha perdido parte del alma que las inspiraba.

–Totalmente. Ahora ya todo son protocolos. Lo que no entra en una casilla, no existe. Y así nos va. Un problema no es lo mismo en una persona que en otra. La verdadera pobreza no es la falta de medios. La verdadera pobreza es cuando a los individuos se nos priva de la posibilidad de desarrollar nuestras capacidades. Si se nos priva de eso, se nos priva de todo. No podemos mirar nuestros problemas y realidades con ojos de la Edad Media.

Si en mi comprensión de una situación social lo único que entiendo es que no hay, y que lo que yo puedo hacer es poner, mal negocio. Estoy haciendo algo más propio de la caridad que de los servicios sociales. El servicio social tiene que entender y comprender una situación, y movilizar tanto los recursos del sujeto como los recursos sociales, lo que sea más efectivo. Eso exige profesionalidad. O individualizamos las situaciones y elaboramos un buen diagnóstico, o hacemos como los conquistadores con los indios: dar cuentas de colores.

Vivimos muchos de la pobreza, pero no damos trigo. Tenemos que defender con honestidad nuestra razón de ser. En esta materia no puede uno dejarse llevar por la complacencia.

–Por otra parte, algo que nos está enseñando esta crisis es que casi cualquier persona puede caer...

–Totalmente. A los colectivos sociales y a las administraciones están llegando personas que nunca pensaron que lo necesitarían. Los pobres nuevos, la nueva pobreza, son personas bien preparadas que no han tenido posibilidad de acceder al empleo. O personas que están en la mediana edad, que han tenido buenos trabajos y que ahora no pueden mantener a sus familias. Son personas que nunca hubiéramos visto como pobres, ni en nuestras peores ensoñaciones. Pero tenemos brotes verdes...

–El trabajo es hoy un bien cada vez más valioso.

–El trabajo está cada vez más devaluado. No es ya precarización solo, sino que estamos llegando a que los trabajadores podemos llegar a ser esclavos, y entregar nuestra fuerza de trabajo por cama y comida. Estamos recortando todo. A las lavanderas de los hospitales madrileños se les rebaja el sueldo de 1.100 euros a 600. Al parecer eso lo dicta el mercado. Pues no. Un individuo para poder construir su ciudadanía necesita una estabilidad y un trabajo que le permitan desarrollar sus capacidades.

Y luego dicen: «No se puede mantener el Estado de Bienestar». ¿Por qué no? Si el Estado de Bienestar es, en sí mismo, un recurso económico. La Ley de Dependencia, que no se aprobó con suficiente financiación, tenía, sin embargo, sus virtudes. Hubiera permitido desarrollar nuevos yacimientos de empleo. Somos poco imaginativos y, además, cada vez tenemos más parcelado nuestro espacio de decisión por la Unión Europea.

–Es verdad que genera ingresos, y empleo, pero el Estado del Bienestar necesita unos recursos que no salen de sí mismo, sino de los impuestos, que están ligados a la actividad económica. Si esta cae drásticamente, como ha ocurrido, los recursos del Estado se resienten. ¿Cómo no va afectar esto a la capacidad de financiar la Sanidad, la Educación o los servicios sociales?

–Yo no diría que el Estado no tiene recursos. Creo que tiene ahora otras prioridades. Los servicios sociales no cuestan tanto dinero. La parte asistencial puede ser la más costosa, y debe atenderse, pero no es la única. Los servicios sociales son como la Atención Primaria: si actúas a tiempo no se cronifican las situaciones y el resultado es que el coste social es menor. Pero si no lo haces, luego tendrás que afrontar un coste mayor.

Las ONG están ahora trabajando para afrontar algunas de las necesidades que están surgiendo, pero llegará un momento en el que no podrán contribuir al sostenimiento mínimo. Eso puede conducir a un problema social importante. Hacer frente a eso es una responsabilidad del Estado. E independientemente de los recursos de que disponga tendrá que establecer prioridades y racionalidad en el modo de intervenir.

–Ni siquiera los recursos públicos son capaces de resolver la situación que padecemos.

–Las intervenciones de los servicios sociales, en coordinación con la iniciativa social, tendrían que dar respuestas que fueran más efectivas, más sólidas. En el caso de las personas sin techo, por ejemplo, cada organización atiende una necesidad. Pero eso es una perversión, porque no hay una visión integral, no hay un centro donde pueda prestarse de forma coordinada a estas personas toda la atención que requieren. Por no hablar de que el albergue municipal no tiene capacidad suficiente. Por otra parte, ni la Renta Garantizada ni las ayudas de emergencia pueden ser fines en sí mismas. Sólo resuelven la situación un tiempo.

–Un fenómeno ligado a la crisis son los nuevos pobres. Lo citaba antes. No son familias desestructuradas, ni han acudido antes a los servicios sociales, pero se ven golpeados por una emergencia económica. ¿Están los servicios públicos dándoles atención diferenciada?

–Me temo que no. Sin un buen diagnóstico social no se hacen buenas intervenciones. Y los protocolos no individualizan la situación. Ningún ser humano es igual a otro.

Los políticos, y los técnicos también, no piensan que estos problemas podrían afectarles a ellos. Y, sin embargo, tanto unos como otros podrían verse en esa situación. En países como Grecia los recortes de la administración han dejado en la calle a altos funcionarios. Es gente repentinamente pobre que no sabe pedir. ¿Cómo atenderíamos nuestras necesidades? No sabríamos hacerlo. Políticos y funcionarios nunca se lo han planteado, pues creen que eso son problemas de otros. Pero no es verdad.

–Los recortes están llevando a sacrificar programas de carácter preventivo, en favor de los asistenciales. Pero esta forma de actuar ¿no se termina pagando?

–Sin duda. Los servicios sociales, tal y como yo los entiendo, promocionan y previenen. Si solamente nos dedicamos a lo más urgente, ponemos la tirita, pero no curamos; matamos el síntoma, pero no resolvemos la enfermedad. Con la Renta de Ciudadanía atiendes lo más inmediato, pero no arreglas el problema. Es como un saco sin fondo. Ahora vivimos muy en el momento. Pero a lo mejor no hay que ser tan de momentos. Lo asistencial es necesario, pero hay que ir más allá. Ver más allá.

–¿Qué precio cree que podemos pagar en el futuro por no estar haciéndolo bien ahora?

–Cuando se trabaja sobre la prevención y la promoción, además de lo asistencial, te evitas después una segunda tarea que es la rehabilitación o la reinserción social. Reinsertar o rehabilitar situaciones cronificadas exige mucho más coste personal y social. No creo que una sociedad se pueda desprender de tantas personas como se está desprendiendo, porque a la larga va a tener su efecto. Luego nos preocuparemos de las revueltas sociales. Pero, ¿hasta dónde puedemos llegar con este nivel de desempleo, con este nivel de precariedad...? Porque los sujetos de hoy ya no son aquellos ignorantes de antaño; somos una sociedad formada. Y aunque seamos bastante civilizados, tarde o temprano tendremos que reaccionar. ¿Hasta dónde puede llegar esta contención? Es verdad que la sociedad quizás aguanta gracias a las familias y las pensiones de los mayores, pero cada día se abre un pantano nuevo de conflicto social.

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