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«Nos hemos resignado a que nuestros investigadores inventen fuera de España»

UN MUNDO QUE AGONIZA

«Nos hemos resignado a que nuestros investigadores inventen fuera de España»

Alberto San Román, director del ICICOR

22.11.13 - 21:01 -
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Director del Instituto de Ciencias del Corazón (Icicor) del Hospital Clínico desde hace 7 años, Alberto San Román está reconocido como un cardiólogo de referencia en España y fuera del país. Entusiasta y pragmático a partes iguales, este madrileño asentado en Valladolid no solo defiende el valor de la investigación, sino que está empeñado en que la barca que él pilota en el Icicor no naufrague por los recortes. Es también San Román una de esas personas convencidas de que los cambios son necesarios, pero que deben ser posibles y razonables. Y tiene, además, el coraje de defender sus convicciones contra viento y marea, incluso a sabiendas de que sus ideas no son siempre bien entendidas.

–Usted dirige el Instituto de Ciencias del Corazón (Icicor, que es una de las instituciones de Castilla y León punteras en investigación sanitaria. ¿Comparte la «honda preocupación» por la situación de «desbarajuste» de la investigación española que le trasladaron a Mariano Rajoy en febrero los presidentes de más de cincuenta sociedades científicas del país?

–Comparto la honda preocupación de los investigadores del país y de esta comunidad en particular. Pero específicamente comparto la preocupación de los investigadores sanitarios, y de quienes pertenecemos al sistema nacional de salud e investigamos y trabajamos en los hospitales. Estamos muy poco cuidados.

–Pero, realmente, ¿podemos hablar de desbarajuste?

–Desbarajuste tiene un sentido de desorden que yo no veo. Lo que ha habido es una disminución drástica y durísima de los fondos que se dedican a la investigación. Que afecta a la compra de material y a la contratación de personas. Y sin fondos es muy difícil investigar. Eso ¿ha sido hecho de una forma que se pueda considerar un desbarajuste? No. Creo que está pensado y que responde a la convicción de que hay otras prioridades. Porque nuestros gobernantes siguen pensando mucho en el corto plazo. Y en el corto plazo, recortar en investigación es ahorrar. Pero en el medio y en el largo plazo es un error estratégico tremendo, durísimo, que nos va a costar muchos años de penuria.

–De lo que sí se puede hablar es de una flagrante contradicción entre las declaraciones y las realidades. Mientras en público la clase política proclama que el futuro está en la I+D+i, y en la nueva economía basada en el conocimiento, el talento y el valor añadido de la inteligencia, en la práctica se recortan fondos y se precariza la situación de los investigadores.

–Es como un desdoblamiento de personalidad. Cuando les oyes hablar, ves que entienden perfectamente que la investigación es un motor fundamental para el desarrollo de un país. Y en años anteriores los investigadores llegamos a creer que eso, poco a poco, se estaba entendiendo desde las instancias donde se toman las decisiones. Ese discurso lo mantienen. Pero la realidad del día a día es que se despide a investigadores, que hay menos fondos, que se apoya menos los proyectos.... Por hablar de nosotros, en el Icicor, ahora recibimos menos de la mitad de los fondos que recibíamos hace cuatro años.

–Imagino que eso se habrá traducido en la necesidad de prescindir de gente.

–Eso es lo que más nos ha costado. Sí, hemos tenido que prescindir de alguna persona. Pero, sobre todo, hemos tenido que reducir nuestros objetivos de investigación. Los hemos reducido lo menos posible porque aquí muchos investigadores son personal asistencial, que trabaja en el hospital, que cobra su salario del sistema nacional de salud, y que decide dedicar a investigación su tiempo extra, el que podrían dedicar a otras cosas. En ese sentido tenemos la suerte de que contamos con personas que están profundamente implicadas. De otra manera hubiéramos tenido que parar casi todos los proyectos.

–De alguna manera volvemos a fiar los aspectos más esenciales de la sociedad a la vocación de las personas. Es un retroceso.

–Hay que distinguir entre los investigadores profesionales, del CSIC y demás, y los investigadores del sistema de salud. La gente que trabaja en los hospitales siempre ha basado su tarea investigadora en la vocación. Y no ha sido oficialmente reconocida ni remunerada. Y eso sigue siendo así.

–¿En qué situación nos encontramos en Castilla y León en esta materia? Aparentemente albergamos importantes centros de referencia, como el del Cáncer o del Láser, pero algunos investigadores destacados han tenido que irse por falta de recursos. ¿Es excepcional o es el síntoma de un problema?

–Yo diría que es una situación excepcional. Es verdad que la investigación en la comunidad ha reducido su peso –no ha quedado más remedio ante la reducción de fondos– pero de la misma manera ha ocurrido en las demás comunidades. Así que, en relación con los demás, seguimos como estábamos. Tenemos aquí grandes centros y grandes investigadores en salud que siguen siendo referente nacional y referentes en el mundo.

–En el agravio de maltrato que denunciaba el escrito de las sociedades científicas a Rajoy se aportaban muchos detalles de precarización de la investigación.

–Todo eso se está dando. Pero me va a permitir que haga un cambio de enfoque. Es verdad que la Administración no está comprometida ahora, o está comprometida a medias con la investigación. Es verdad que no se reconoce, ni nunca se ha reconocido, la investigación en los centros nacionales de salud, que es una herramienta potentísima para investigar. Pero en lo que estoy ahora es en ver cómo, con nuestras opciones y limitaciones, podemos seguir adelante. Porque esa es nuestra obligación.

Si teníamos 11 personas contratadas, ahora tenemos 9 y media. Hemos reducido al máximo el impacto sobre el personal. Porque para nosotros las personas son la clave de la investigación.

He conseguido que aquí la gente pueda hacer investigación en horas que teóricamente corresponden a asistencia. Ahora se nos ha dado un contrato con la Carlos III para liberar durante algunos meses a investigadores. Tenemos otro contrato con el Río Hortega de un investigador que está ahora en Canadá. Y otro más de investigación básica de una persona del Instituto de Biología y Genética Molecular (IBGM) que trabaja con nosotros... Todo lo negativo es cierto, pero además de decirlo y de protestar, estamos trabajando para que esto no nos pare.

–Y ahora que fallan los fondos públicos, ¿de dónde más se pueden lograr recursos? ¿Hay fuentes alternativas?

–Nosotros trabajamos desde hace tiempo con la empresa privada, con la que tenemos convenios y acuerdos para desarrollo de proyectos de investigación de interés clínico que también puedan tener interés para la empresa privada.

Existen otras fórmulas alternativas que nosotros no hemos explorado hasta ahora, pero que probablemente no nos quede más remedio que plantearnos. Una de ellas es el llamado ‘crowdfunding’, que es una financiación basada en pequeñas aportaciones de gente anónima. Otro camino es el mecenazgo, mediante el cual una empresa privada entrega un dinero a un grupo de personas para que desarrollen proyectos de investigación de impacto para la sociedad. También hemos empezado a trabajar en esto.

– A lo mejor el problema es más de fondo. ¿No tiene la sensación de que le tenemos a la ciencia mucho menos respeto de lo que parece? Y digo a la ciencia, no a la tecnología, que sí nos fascina.

–Creo que es así. Si los políticos no acaban de creer que la ciencia es un motor para el desarrollo no es porque sean especialmente obtusos, sino porque la sociedad no acaba de creer en ello. A mí me cuesta entender el dinero que se gasta en determinados deportes, y lo que cuesta ir a verlos. Pero la sociedad eso lo ve absolutamente normal, y sin embargo, no se moviliza con la penuria que está pasando la ciencia.

Creo que esto ocurre porque en el fondo no la ve como un motor de desarrollo. Y la culpa es de los investigadores, que no hemos sido capaces de hacer ver que la ciencia es esencial para que una sociedad avance. Como sí lo han logrado en otros países, donde se valora mucho más. Y así les va, claro. La investigación de primera está directamente relacionada con el desarrollo y el bienestar.

–¿Nos hemos resignado de nuevo al «que inventen ellos» unamuniano?

–Quizás no tanto a que inventen ellos como a que inventemos nosotros, pero fuera de España. Casi es peor. Porque nos cuesta mucho formar a buenos investigadores. Y si luego se van son otras sociedades las que se benefician de ese esfuerzo.

–Porque todo apunta a que estamos viviendo de nuevo un proceso de fuga de cerebros. ¿Se puede hablar en esos términos?

–Se está yendo gente muy valiosa. Quizás no tanto investigadores de renombre como jóvenes con mucha ilusión y ganas. Que han hecho proyectos de interés, que están en el momento de empezar a aportar a la sociedad, y que algunos de ellos llegarán a ser grandes investigadores. Son esos los que se nos van. Es tremendo. Es una pérdida de muy difícil marcha atrás. Cuando las cosas cambien, podremos volver a formar investigadores aquí, pero los que se han ido muy difícilmente van a volver.

–Más allá de los recortes existe otro debate de fondo sobre la orientación de la investigación: Hoy predomina la investigación aplicada sobre la investigación teórica o pura. ¿De nuevo el afán de encontrar rendimientos inmediatos a las cosas?

–Es verdad que la investigación básica es esencial. Lo que se investigó hace cuarenta años porque sí, sin buscar nada concreto, es ahora decisivo para la curación del cáncer y de otras enfermedades. Pero en el campo de la salud, y sobre todo en el sistema nacional de salud, la investigación pura tiene poca cabida. Debemos plantear una investigación básica que pueda aplicarse a alguno de los problemas concretos con los que nos enfrentamos. Es lo que intentamos hacer nosotros con el Instituto de Biología y Genética Molecular (IBGM), con el que tenemos una relación excelente.

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