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«Que todo gire alrededor del dinero nos ha desviado de un concepto del hombre más sano y enriquecedor»

UN MUNDO QUE AGONIZA

«Que todo gire alrededor del dinero nos ha desviado de un concepto del hombre más sano y enriquecedor»

Joaquín Díaz, etnógrafo

09.11.13 - 10:47 -
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«Que todo gire alrededor del dinero nos ha desviado de un concepto del hombre más sano y enriquecedor»
Díaz posa en el patio de la Casa de Cervantes.R. GÓMEZ

Su nombre es inseparable de la palabra tradición. La ha estudiado, la ha cantado y la ha vivido, y revivido, desde su refugio de Urueña. Allí montó en 1985 un Centro Etnográfico, con el apoyo de la Diputación, que se basa en su amplísima colección personal de instrumentos, pliegos de cordel y otros objetos, que no ha dejado de crecer. Académico de la Real de Bellas Artes, de la que fue presidente, y director de la Cátedra de Estudios de la Tradición de la Universidad, Joaquín Díaz ha grabado más de sesenta discos, algunos de los cuales tuvieron en los años setenta y ochenta un éxito que hoy resulta insólito. Zamorano de nacimiento y vallisoletano de asentamiento y vida, Díaz es un hombre de carácter templado, aire sosegado, voz cálida y temperamento reflexivo. No le gusta la provocación. Y evita interpretar la tradición de una forma esencialista. Pero, aun así, no se calla lo que piensa, y no deja de constatar que la vorágine de las sociedades modernas nos lleva por caminos indeseables, e indeseados.

–«Progresar es querer cambiarlo todo», afirma un eslogan publicitario. ¿Qué le parece? ¿Qué lugar queda ahí para la sabiduría, para el conocimiento que puede legarse?

–Hay que tomarlo como lo que es, como un anuncio que busca llamar la atención. Y la filosofía que contiene es tan oportunista como el propio objeto que pretendía vender. Pero yo recuerdo otro anuncio que apunta justamente lo contrario, que es el de la señora que presenta una lata de fabada que parece representar la tradición y que te invita a pensar que todo lo antiguo es lo bueno. No creo que ni uno ni otro nos ayuden a reflexionar.

La tradición está dentro de nosotros. Hablamos una lengua, un idioma, que está construido sobre dichos que usamos a diario y que representan, en buena parte, la mentalidad del siglo de Oro español. Lo que tenemos es ganas de cambiar y eso no es malo. Porque el cambio está en el fondo de la tradición. La tradición es lo que nos llega de un pasado lejano, pero evolucionado.

–Hay que reconocer que reflejan dos tendencias que coexisten: una nos anima a mirar solo al futuro, y la otra, como reacción, nos invita a buscar las raíces, volver al pueblo, al campo...

–A veces incluso pueden convivir en la misma persona. Unas veces piensas de un modo y otras veces de otro, dependiendo de si te pilla a las tres de la tarde en un atasco… Pero para mí lo esencial es ser conscientes de que los seres humanos andamos con un pie delante y otro atrás; no andamos a saltos, como los mirlos. Caminamos hacia adelante, pero necesitamos apoyarnos en el pasado y equilibrarnos con experiencias que vienen de atrás.

–Usted ha explicado en alguna ocasión que antes la cultura estaba ligada a la vida, y que ahora ya no.

–Lo que diferencia lo de hoy de lo de hace cien años es que lo de hoy es una capa de pintura y lo de hace años era la pintura misma. La gente aprendía las cosas directamente de sus padres y en su entorno y la cultura era todo, era el cultivo de la propia personalidad. Hoy día la cultura es algo que nos viene a través de los medios de comunicación, y a la que apodemos acceder a través de los libros, pero no es algo que nos ataña.

–Pero, ¿no es eso un retroceso?

–Es una carencia, más que un retroceso. Lo que el individuo tenía ya solucionado, de repente lo desechamos, como tantas cosas, apelando al progreso… Creo que hoy día España es como una estación de trenes. No hay nadie que esté en su sitio, todos están desplazándose, están inquietos, con prisas… Y es mucho más fácil opinar que pensar. No estamos en un momento bueno para la reflexión, aunque supongo que esas prisas nos harán ir a lugares distintos y comunicarnos con otros. Todo tiene ventajas e inconvenientes. No veo la situación actual muy grave. La he visto mucho peor.

–¿Ah, sí? ¿Cuándo?

–En los años sesenta había un distanciamiento total de la cultura antigua. Hoy hay jóvenes que tienen interés, o curiosidad, por conocer. Entonces éramos cuatro los que nos interesábamos.

–Si queremos ser justos, es más fácil integrar la cultura en la vida cuando la cultura es un conjunto de saberes limitado que cuando su complejidad nos desborda.

–Lo que yo creo que diferenciaba más el pasado del presente es que tu visión de la vida era tuya. Conocías una versión de un romance que era la que te había enseñado tu madre. Ahora te encuentras en Internet 400 versiones, pero no son las tuyas, no están unidas a tu vida, y carecen de ese toque local que te acercaba más a esa versión. Al no tener una versión propia, podemos coger cualquiera.

–Esto lo explica bien su hermano, el antropólogo Luis Díaz Viana, cuando afirma: «Precisamos lugares, físicos y mentales, reales y simbólicos, a los que volver». No sé si comparte su preocupación por la pertenencia a un lugar como base para construir una identidad.

–Creo que sí. Hoy día se ve de forma más evidente cuando te das cuenta de que casi ninguno de los que viven en la ciudad son de la ciudad, casi todos vienen de otro sitio. Te falta esa solidez de la raíz, que te engancha a un sitio, que es como el humus de donde brota tu propia personalidad. Hoy día eso es muy difícil, porque vivimos en un constante movimiento. Pero la necesidad está ahí. Cuando la gente se va de vacaciones necesita conectar por lo menos con la naturaleza, que es algo que estaba muy cerca del individuo antes y que ahora ya no lo está. Son actitudes que son muy humanas y que no nos diferencian de otros países.

–Usted acostumbra a definir la tradición como el «catálogo de recursos usados por el ser humano para solucionar sus problemas». Pero en este mundo acelerado ¿puede tener validez algo que no haya sido inventado antes de ayer? La aceleración nos lleva a desconfiar de las soluciones antiguas.

–Confío en aquella distinción que nos obligaron a estudiar en el colegio entre el fondo y la forma de las cosas. Creo que hay una serie de preguntas y respuestas básicas que rigen nuestra vida, y es el continente, la forma como eso lo vemos o enfocamos, lo que va variando más. Sigo creyendo que una persona de hoy, por moderna que sea, al final termina planteándose lo mismo que una persona del siglo XVII. Ese lo mismo es enfrentarse con el entorno, solucionar los problemas que le plantea su relación con los otros individuos que le rodean, y que matizan su actividad, porque son el límite que tiene. Ese temer los límites, y lo que está más allá de los límites, es lo que en el fondo es la vida humana. Aunque hoy eso lo hagas en un coche extraordinario, con una gran cantidad de adelantos que parecen colocarnos en otra dimensión. Pero no. El individuo cuando se despierta por la mañana vuelve a pensar qué le toca hoy, con quién tiene que tratar, aunque no le guste... realidades muy humanas que son de siempre.

–En principio, deberíamos pensar que la tradición es un depósito de lo mejor. Pero no se justifica por sí misma. Que algo sea tradicional es un motivo para tenerle respeto, porque significa que ha superado la prueba del tiempo. Pero no es un argumento definitivo.

–Lo que creo que no hay que olvidar nunca es que la tradición no es lo más importante. Lo importante es el individuo que la genera, y que es capaz de modificarla.

–¿Cuánto de invención hay en nuestra nostalgia del pasado? De ese pasado armonioso perdido, el de la lata de fabada.

–Yo siempre recuerdo mis conversaciones con Joaquina Labajo, una musicóloga de Madrid, en las que, de vez en cuando, surgía el tema del ruido de las sociedades modernas, y lo mucho que nos agobiaba. Y ella siempre decía: «El ruido de verdad es una carreta con llantas de hierro rodando sobre una superficie de adoquines. Eso sí es ruido de verdad».

Hay muchas cosas que son nostalgia, y hasta falsas. Es muy posible que el recuerdo que tienes de una romería que viviste a los seis años esté idealizado y no coincida con la vivencia que tuvo otra persona. Ahí está ese trasfondo de los sueños y de las ilusiones, que son muy importantes para sobrevivir. Y que son, además, las que van construyendo tu personalidad.

–La cultura tradicional se basaba en la narración oral, en las historias y conocimientos que se transmitían de unos a otros. Hoy, sin embargo, rodeados de relatos como estamos, da la sensación de que no tenemos gran cosa que contar, que contarnos. ¿Detecta una cierta impotencia para el relato?

–Es que eso sí que era educación. Siempre he defendido que el narrador, o el que se encargaba de transmitir los conocimientos, y que lo hacía con gracia, aprendía desde muy niño. Hoy día hay escuelas de cuentacuentos pero eso no se puede enseñar en tres sesiones, es necesario pasar por un proceso muy largo, de muchos años, que arranca de cuando escuchabas a tu abuelo y prestabas atención a los gestos que hacía, a la cara que ponía... gestos que son los que se van quedando para convertirse en recursos para otras cosas. Gracias a ello sabes explicar, sabes narrar. Te das cuenta de cuándo te están escuchando y cuándo no.

–¿Hace falta un proyecto rehumanizador del ser humano?

–Lo que yo creo que hace falta es una poda. Para que el árbol recupere la fuerza, hace falta podarlo. Y podarlo significa que el árbol está un poco débil una temporada, pero luego sale.

–Pero ¿qué es lo que hay que podar? ¿Qué podaría usted?

–Yo solo me dedico a las rosas, que es lo único que controlo un poco… lo que debe podar una sociedad debemos decidirlo entre todos.

El principio de esta crisis tan espantosa es que hemos dado demasiada importancia a la economía. Que hoy día todo gire alrededor del dinero nos ha desviado de un concepto más amplio del individuo, más sano y enriquecedor.

Y lo peor es que quienes están al frente de la gestión económica no saben en el fondo lo que están haciendo. Y como sobre esa mentira estamos edificando unos castillos enormes que no sirven para nada, vivimos en una mentira permanente. Para mí una de las cosas que hay que podar es esa afición a mentir.

–Otra de las tareas pendientes es aprender de nuevo a ser dueños de nuestro tiempo.

–No solo de nuestro tiempo. Uno de los rasgos que caracteriza al individuo del siglo XX es que se ha ido alejando de los controles individuales. El dinero ya no lo tenemos en el calcetín, o el colchón, sino que está muy lejos de nosotros. Y eso afecta también al control del tiempo porque hemos creado unos oficios, unos trabajos, que están muy lejos de nuestros propios deseos, y muy lejos físicamente. Por eso estamos todos en la estación, y ninguno está donde debe. Con esa agitación que caracteriza los tiempos actuales. Pero sí, hoy el tiempo no lo controlamos. Hemos perdido completamente el control de la vida. Y lo malo es que la controlan otros, que se aprovechan de ese río revuelto.

–Ha dicho que el paisaje es de lo poco que nos va quedando. Pero, ¿existe de verdad sensibilidad hacia el paisaje?

–Yo, que vivo en un lugar privilegiado como Urueña, he ido viendo cómo en los últimos 25 años cambiaba radicalmente el espacio que nos rodeaba. Por muchas razones, porque se establecen nuevos cultivos, porque aparecen de repente unas torres donde no existían, y te asustas. No es raro que el hombre haya querido controlar el paisaje, modificándolo. En el fondo la naturaleza no es un mundo arcádico y salvaje. La naturaleza es algo que ha ido siendo modificado y creado por los seres humanos a la medida de sus necesidades. Pero es que hoy en día el descontrol es total porque cada uno va a lo suyo. Esa prepotencia en crear fórmulas nuevas de paisaje ha hecho que ahora estemos agobiados por los molinos eólicos…

–Hace tiempo lideró usted la oposición contra un proyecto para instalar una báscula en el antiguo cementerio de San Román de Hornija. Parece una metáfora perfecta de nuestra pérdida de rumbo. Si no somos capaces de reconocer el valor simbólico de un cementerio, es que estamos muy desorientados…

–Estamos muy perdidos. Es el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Yo hago esto porque me viene bien a mí y los demás que se fastidien. Siempre es el yo y el yo, el ego personal.

–¿Hemos perdido la visión de conjunto?

–Sí, el que lo hacíamos entre todos. Y eso era muy bueno.

–La crisis de la tradición está estrechísimamente relacionada con la crisis de lo religioso. Y en ambos casos, tanto cuando se añora como cuando se desprecia, tiene que ver con la crisis de un mundo ordenado. Tanto la tradición como la religión ordenaban el mundo de la gente. ¿Añoramos ese orden?

–Me parece muy correcta la observación. El orden nos ayuda a situarnos con respecto a los demás y a responder, en un momento dado, con una solución. Lo que a mí me preocupa del cambio de mentalidades es que está siendo un abandono que no implica una sustitución. No sustituir aquel orden por otro orden nos está llevando a un mundo en el que efectivamente sobrenada el caos.

Yo tampoco tengo mucho miedo al caos porque creo que del caos siempre surge algo. La crisis es el resultado de una serie de actuaciones previas que nos han llevado a un momento en el que tenemos que elegir. Eso es lo que significa crisis: elección de algo. Y por eso estamos desestabilizados y no sabemos por dónde ir. Pero hay que elegir y esa elección es la que nos va a centrar un poco, y probablemente será la que nos ayude a salir del caos.

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