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«En este país hay mucha gente que quiere quemar la calle, pero no lo van a conseguir»

UN MUNFO QUE AGONIZA

«En este país hay mucha gente que quiere quemar la calle, pero no lo van a conseguir»

José María Fidalgo, exsecretario general de CC OO

06.06.13 - 11:59 -
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«En este país hay mucha gente que quiere quemar la calle, pero no lo van a conseguir»

Apasionado, incluso torrencial cuando explica su visión del mundo, el exsindicalista leonés José María Fidalgo (Velilla, 1948) gusta de usar un lenguaje directo, coloquial y plagado de ejemplos. La suya es una mirada crítica que descubrió hace mucho que el mundo no es blanco o negro y que existen héroes y villanos en todas partes. En los ocho años que estuvo al frente de CC OO, entre 2000 y 2008, realizó una gestión sindical abierta y despegada de clichés ideológicos, lo que llevó a algunos a dudar de su ‘izquierdismo’, aunque él se considera socialdemócrata. En las últimas elecciones le cortejó UPyD, e incluso se habló de él como posible ministro del PP. Pero Fidalgo, ya jubilado, es un hombre alérgico a la demagogia que no parece interesado por esos cargos.

–La crisis económica nos ha descolocado a todos. Nadie parece tener una respuesta adecuada. Ninguna solución resulta satisfactoria; ninguna alternativa parece suficientemente convincente.

–Hemos confundido vivir bien diez años con ser ricos. Este era un país que tenía limitaciones objetivas, estructurales… pero nos creíamos unos campeones. Ahora, en cambio, no nos gusta nada y queremos cambiarlo todo, y eso es imposible cuando tenemos que afrontar problemas objetivos muy importantes.

No conseguimos tener un estado de ánimo, o una psicología social, de estabilidad, porque somos como los bipolares: o estamos eufóricos o deprimidos. Es una constante en España. Y no podemos dejar de ser lo que somos. No podemos ser alemanes, no podemos ser chinos, no podemos ser sajones… Pero cada 50 años nos caemos del guindo y queremos ser otra cosa. Y en esas situaciones hacemos las cosas muy mal.

Porque ni estamos tan mal ahora, ni estábamos tan bien antes. Creo que hay que hablar en positivo.

–¿Y cómo puede hacerse, con un diagnóstico como el suyo?

–Pues dirigiéndose a la gente en un lenguaje ni alarmista, ni catastrófico. Y no engañando. De todas las crisis se sale, porque los periodos de vacas gordas y vacas flacas se contaban ya en la Biblia. Las crisis de burbuja están escritas en la historia de la economía. Ahí está la crisis de los tulipanes en el siglo XVII.

–¿Debió pinchar la burbuja el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero para evitar llegar hasta aquí?

–La burbuja de la construcción no la hizo Rodríguez Zapatero. Su responsabilidad fue no atreverse a pincharla. Pero ningún gobierno revienta una burbuja, porque las burbujas generan beneficios, o apariencia de beneficios, para todos. Era buena para las administraciones públicas, porque vivían del suelo que recalificaban; era buena para los trabajadores, porque tenían empleo; para los inmigrantes, porque podían venir a trabajar… el problema es que cuando se cae una parte de la burbuja se caen todas. El que diga que esto le ha sorprendido es un incompetente o un cínico.

La gente compraba un piso de 100 metros cuadrados en Madrid por 80 millones de las antiguas pesetas, convencida de que era un chollo porque en cuatro años iba a valer 120 millones. Yo les decía: «Cuando un piso valga 120 millones, nadie podrá vivir en una casa». Pero no se escuchaba. El estallido de la burbuja se llevó por delante el empleo de la construcción y se llevó a un segmento de los bancos muy vinculado a las hipotecas, como las cajas de ahorro. Y ahora la sensación que hay es de fracaso. Pero hay que hablar en positivo.

–Pues bien, seamos positivos. ¿De aquí cómo salimos?

–Reflexionando mucho y con mucho cuidado. A mí me enseñaron que para subir una peña tienes que ir seguro. Por tanto debes ir con alguien que haya subido y bajado tres o cuatro veces. Además, debes tener cuidado de no caerte. Y no subir corriendo. Ir muy despacio, a ser posible al paso del que más tarde.

Es mejor dibujar el futuro que esperarlo. Yo aconsejaría preocuparse menos por cómo vamos a salir de esta y pensar más en cómo entrar en un futuro que podemos construir. La gente está aún con la ilusión (aunque la va perdiendo) de volver a lo de antes. Pero el pasado nunca vuelve. Y si vuelve, vuelve peor.

–¿Qué valoración realiza de la gestión del actual Gobierno?

–Lo que hace el Gobierno es nadar para no hundirse. Porque tiene unos requerimientos de la Unión Europea que hay que atender. Ha evitado un rescate, lo que me parece muy bien. Aunque ha habido un rescate parcial al sector financiero. Está haciendo un ajuste fiscal, aunque muy condicionado por una arquitectura fiscal que en gran parte se debe a decisiones de gobiernos anteriores.

Habría que ser mucho más selectivos en las ayudas públicas. Yo solo las daría a empresas, pequeñas o grandes, que tuvieran voluntad y recursos para crecer. El problema es que hay que hacer muchas cosas a la vez (crecer en PIB, en competitividad, en productividad) y hay que hacerlas convenciendo a la gente. Y para eso, hay que comunicar.

–Que es una de las facetas menos afortunadas de la gestión de este gobierno…

–¡Pero el anterior lo hacía muy bien!, porque Zapatero era una persona antropológicamente optimista. Estuvo diciéndonos que no pasaba nada y, de repente, vino un día de viaje de Bruselas y sacó las tablas de la ley en el Parlamento, y planteó lo mismo que estos están haciendo ahora. Luego el PP llegó diciendo que nada más que entraran en los despachos se generaría confianza. Pero en política hay que ser más humildes.

–¿Qué es lo que está haciendo peor este Gobierno?

–Lo que el Gobierno está haciendo es difícil que lo haga bien. Porque tiene que subir los impuestos, despedir gente, abaratar el despido…

–Y eso, ¿hay que hacerlo sin remedio? ¿No es evitable?

–Hay que hacerlo porque lo has jurado ante la Biblia europea. Y si no lo haces te descalifican las agencias de ‘rating’, y además no puedes financiar lo que necesitas. ¿Qué puede estar haciendo mal el PP? Las reformas que está afrontando son poco sistemáticas, un poco cobardes, pero, como la oposición está diciéndole que no a todo lo que plantea... Entonces lo que hay es un encogimiento y un hablar como por señas.

Pero esto también afecta a la oposición, porque si dice cosas increíbles, ¿qué hace la gente? Bajar la intención de voto. Con la que está cayendo, que el PSOE caiga más que el Gobierno es para que se lo miren.

–El análisis que hace el PSOE es que sus males provienen de los ajustes de la etapa final de Zapatero.

–Yo no sé el análisis que hace el PSOE de la etapa de Zapatero, porque estaban todos detrás de él. Yo solo oí críticas a Zapatero en los cafés. Pero luego, en el Comité Federal, todos votaban a favor. Hay un problema en los partidos, que se han convertido en máquinas de cazar votos.

–Lo cierto es que en estos momentos el PSOE está defendiendo una posición política diferente.

–No lo sé, porque yo no llamo posición política a lo que se está diciendo. A muchos discursos no les encuentro ningún sentido. No se puede estar a la vez a soplar y sorber. No se puede estar con un partido que está roto, y que dice una cosa en Madrid, otra en Cataluña, otra en Galicia y otra en Ponferrada. Al PSOE le puede pasar algo muy grave, que es desaparecer en la mente de la gente como partido de gobierno. Y la gente vota a partidos de gobierno.

–Tenemos un problema con el estado de bienestar. Es probablemente uno de nuestros grandes logros, pero cuesta un dinero que hoy no tenemos.

–Hasta hace cinco días muchas personas decían que nuestro estado de bienestar era penoso. He oído abominar de lo malas que eran las pensiones españolas a amigos míos y les decía: «Delante de mí no lo digas». Porque la tasa de generosidad del sistema de pensiones español está por encima de la media europea. Los que difundan los bulos y las leyendas urbanas, que luego las expliquen. El estado de bienestar es un sistema muy pesado para una economía muy débil. ¿No hay dinero? Pues habrá que gastar menos.

–Frente a este problema, la izquierda parece haberse instalado en la idea de que no se puede tocar nada.

–Creo que hay que hacer una poda y no una tala. Hay que hacer lo que quienes saben de gestión pública llaman desinversión activa, que es quitar la grasa y salvar el músculo. Porque hay bastante grasa.

–¿Y dónde está esa grasa?

–Está en la reduplicación de los servicios públicos. Hay servicios de empleo del ayuntamiento, la comunidad y el Estado. Y todos hacen lo mismo: búsqueda activa de empleo, formación… Y luego hay autonomías que establecen complementos a las pensiones mínimas… La poda no es de servicios, es de competencias, y por lo tanto, de gente.

En España, la crisis económica se agrava por dos factores. Primero, porque la gente compra promesas increíbles y luego sufre las consecuencias. Y segundo, porque tenemos mentalidad de nuevos ricos: cuando hay dinero es todo Jauja; y cuando no lo hay no sabemos funcionar. Es un discurso muy duro el que hago, pero no se me ocurre otro desde la racionalidad y la reflexión.

–¿Hay que recomponer el diálogo entre los partidos?

–Los partidos tienen que ponerse de acuerdo. Les van a obligar a ponerse de acuerdo. La crisis no es sólo económica, no es una crisis financiera, es una crisis macroeconómica. Es una crisis de la teoría económica dominante, es una crisis institucional.

–¿Y con los sindicatos?

–Si el diálogo es la ética de la vida... Cuando usted viene aquí a hablar conmigo tiene que explicarle a su mujer que viene a trabajar, que no está de fiesta. Y tiene que negociar la hora de llegada, porque ella ha quedado con unos amigos para cenar en casa. Hay que negociarlo todo. La negociación es el arte de la vida en común. Somos ciudadanos porque vivimos con otros. Y ahora más, porque vivimos con todo el mundo.

–Hablaba antes de que la crisis no es solo económica. También es una crisis de valores. Y uno de los que escasea es la responsabilidad.

–Pero no podemos pedir responsabilidad a los políticos si cada uno no es responsable de lo que hace y de lo que dice.

–No estaba pensando en los políticos, sino en los ciudadanos.

–Si coge la historia de España de los siglos XIX y XX, bien leída, ve que cada cincuenta años, en las crisis graves, la gente en vez de buscar soluciones, se dedicaba a buscar culpables.

Los ciudadanos deberían ser un poco más reflexivos. Pero el problema es que los ciudadanos españoles no son adultos. El 80% de las personas no se han preocupado de tener información económica. Y aún hay que explicarles que los actos generan una autorresponsabilidad. Y que tenemos que remar todos en la misma dirección.

Pero es que tenemos una sociedad que no se gusta nada. No le gustan sus partidos políticos, no le gustan sus sindicatos, no le gusta su patronal… no le gusta nada. Ahora ya no le gusta ni su Monarquía... Lo único que nos gusta es tuitear. Pero las sociedades que no se quieren a sí mismas no avanzan.

–Hay que reconocer que tampoco ayuda a clarificar la situación que en el campo de la llamada derecha siempre haya algún ideólogo ultraliberal que traslada la sensación de que estaría encantado de aprovechar la crisis para desmantelarlo todo.

–Y en el otro campo también hay un montón de ideólogos que dicen que hay que aprovechar la coyuntura para acabar con estos. No sé que es peor. Porque yo al Gobierno del PP no lo veo ultraliberal. Aquí no nos han gobernado nunca los ultraliberales, y en Europa, en general, tampoco. Europa es un continente guiado por el modelo renano, el modelo alemán de la posguerra de estabilidad social. Y ahí nos hemos quedado.

–Sin embargo, el mundo ha cambiado mucho desde entonces.

–Claro, en la posguerra el mundo económico era mucho más pequeño. Los acuerdos de Bretton Woods preveían medidas para una economía que era la cuarta parte que la de ahora. Y si en Europa había unos sueldos mejores que en otros sitios era porque los Estados, con el consentimiento pasivo de la izquierda, explotaban Asia y África. ¿O de eso ya no nos acordamos?

Pero ese mundo, en efecto, ha cambiado. La globalización lo ha cambiado todo. Seguimos hablando de Europa como de un continente cerrado, pero el mundo no es el de hace veinte años. La distinción Norte-Sur se ha acabado. Y si hay algo parecido a un Norte-Sur lo que hay, más o menos, es lo siguiente: países de gente más joven que nosotros, que no tiene ni la mitad de lo que tenemos nosotros, con un crecimiento demográfico tremendo, y que nos invaden. Entretanto, nosotros somos países de viejos, países de ricos, que además no quieren tener hijos. Europa puede quedar en muy mala posición porque puede ser la única economía del mundo que no crezca.

Creemos que somos el centro del universo, la punta de la pirámide de la civilización, y que los demás van a evolucionar como nosotros, pero no.

–Bueno, pero hay que reconocer que nuestro modelo es el mejor de los que conocemos.

–Para vivir sí, pero cuesta más, y no nos lo financian ellos. Lo mejor sería que nos dieran a todos 2.000 euros al mes por enseñar el carné de identidad. Que en vez de trabajar 40 horas a la semana, se trabajaran 15. Y que todos los universitarios encontraran trabajo nada más salir de la Universidad...

–Eso sería formidable, sin duda, pero no parece muy factible…

–Esto es lo que están pidiendo algunos. Si lo analizamos vemos que existe un problema de sobreproducción en la Universidad. La economía española, el mercado de trabajo de España, no puede absorber más que a la mitad de los titulados superiores que generamos. ¿Por qué los hemos fabricado entonces? Por ideología. Hemos pasado en treinta años de estar muy por debajo de la media europea en universitarios por mil habitantes a tener la mayor tasa de titulaciones de la Europa antigua. El error no es que no logren encontrar trabajo todos los universitarios, sino que sobran universidades. ¡Si hay una casi en cada provincia! La proliferación de universidades no es cohesión.

–Estamos en una situación en la que parece cada vez más necesario el pacto de las principales fuerzas políticas. Lo sugirió antes.

–Es difícil porque la oposición dice que ellos no están de acuerdo en nada con lo que se está haciendo. Pero eso es mentira. El discurso casi nunca es explicativo, casi siempre es justificativo.

–¿Está diciendo que tiene más responsabilidad la oposición que el Gobierno en la falta de acuerdo?

–La responsabilidad está en los de la Carrera de San Jerónimo, en las Cortes Generales, que son los que la gente ha votado. El Gobierno tiene más responsabilidad, sin duda; por eso se quema más. Pero los demás también la tienen, porque si no espabilan, les barren. Mire Italia, cómo está la izquierda italiana. Que Berlusconi, que es un mafioso convicto y confeso, vuelva a estar ahora en cabeza de intención de voto, y de segundo, Pepe Grillo, en un Parlamento en el que no son capaces de ponerse de acuerdo ni para convocar una sesión... ¿Queremos eso?

–Algunos aquí creen que Pepe Grillo es el súmmum de la democracia.

–Bien, pero yo no sé de qué democracia hablamos. Si alguien cree que la democracia es que el poder ande por la calle escupido y zarandeado se equivoca.

–Por su condición de sindicalista y ex secretario general de CC OO usted ha militado siempre en la izquierda, pero desde una cierta heterodoxia: frecuenta los actos de la FAES del PP...

–Bueno, vamos a ver. Donde hay que predicar es allí donde no están los tuyos. Yo iba allí a ganarme el sueldo. Y los resultados de CCOO cuando era secretario general ahí están: en afiliación, en representación, en negociación colectiva… En lo que sea. Yo no tengo nada que eludir. No soy un heterodoxo. Siempre he dicho que prefiero perder a perderme. Pero tampoco soy un sindicalista por necesidad. Nunca he vivido de eso, aunque me parece bien que haya gente que viva de eso.

–En cualquier caso supongo que sabrá que por estas cosas hay algunas personas que piensan que se ha vuelto de derechas...

–Ellos sabrán por qué. ¿Sabe por qué soy de izquierdas? Porque me da la gana. Y seré de izquierdas a pesar de la izquierda, y a pesar mío. Soy de izquierdas porque creo que determinados componentes ideológicos de la izquierda han sido muy importantes para el desarrollo del mundo.

–Pues vayamos a eso. ¿Qué significa ser de izquierdas?

–Para mí, querer la cohesión económica y la cohesión social.

–¿No es un planteamiento excesivamente general?

–No lo creo. Vamos a ver. La izquierda ha atentado contra la cohesión económica de España aplaudiendo 17 haciendas públicas, aplaudiendo que en Cataluña sea un concepto a valorar la balanza fiscal, que es la rebelión fiscal de los ricos. Si eso lo defiende la izquierda, que lo expliquen. Yo soy bastante radical en eso.

Ahora le digo una cosa: respeto tanto a la contraparte, que nunca la he llamado mi contrario. Si iba a la FAES, era a defender mis causas y mis ideas, y a aprender de los otros.

Y otra cosa que he defendido siempre es que se puede y se debe negociar todo. Para ello tus reivindicaciones las tienes que llevar muy legitimadas para que el otro vea que muchas le benefician a él. Porque negociar no es ver quien roba la cartera al otro, sino cómo entre dos construimos un edificio más alto.

–¿Cuánto hay de dogmatismo en esas críticas que citaba antes? ¿Cuánto de ensimismamiento en clichés ideológicos?

–Eso dependerá de cada uno. Creo que la política española ha involucionado hasta la Restauración, y ahora estamos como a finales del siglo XIX, donde en vez de partidos había fracciones que querían exterminar al contrario; pero así este país no aguanta. Por eso se abomina ahora de la Transición y nos dedicamos a tocar hasta lo más sagrado.

Si algo les debemos a nuestros ancestros es ese momento de la historia de España donde se dieron la mano gente que había peleado a tiros. Eso no solo requiere bondad, requiere también una cosa que escasea en política y que es el coraje. Coraje hasta físico, porque la gente tiene que enfrentarse con los suyos. Y logra el liderazgo si convence a los suyos para convencer al otro. Yo nunca he olvidado el poema de Machado: «Busca a tu complementario, que suele marchar a tu lado y suele ser tu contrario». El mundo no está en blanco y negro, por favor.

–O sea que usted no es de los que creen que la Transición fue una claudicación.

–La Transición fue el momento más importante de todo lo que yo conozco de la historia de España. Yo no tengo la culpa de que se haya generado una adolescencia masiva en gente de sesenta años, más preocupada por la estética que por la reflexión.

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