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«Gracias a que existe la Unión Europea esta crisis económica brutal no nos ha llevado a una guerra»

un mundo que agoniza

«Gracias a que existe la Unión Europea esta crisis económica brutal no nos ha llevado a una guerra»

Araceli Mangas, catedrática y miembro de la Real Academia Española de Ciencias Morales y Políticas

23.05.13 - 20:40 -
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«Gracias a que existe la Unión Europea esta crisis económica brutal no nos ha llevado a una guerra»
La catedrática posa en la terraza de su casa madrileña

Esta salmantina es una de las internacionalistas más destacadas de Europa, y desde hace dos semanas la segunda mujer que ingresa en la Real Academia Española de Ciencias Morales y Políticas, tras Adela Cortina. Licenciada en Derecho, Araceli Mangas ocupó durante 25 años la Cátedra de Internacional de la Universidad de Salamanca, que fundara su paisano Francisco de Vitoria, y desde hace dos años ocupa el puesto equivalente en la Complutense. En 1992 fue elegida Mujer Europea del Año en España, pero quizás el aspecto de su extenso currículo que más claramente habla de su prestigio profesional fue su elección en 1996 como miembro del Comité de Sabios, formado por siete personalidades, para asesorar a la Comisión Europea sobre la reforma del Tratado de Maastricht. De convicciones firmes, claridad expositiva, y valentía en sus juicios, Araceli Mangas habla siempre con libertad y no se casa con nadie.

–Europa está sumida en una profunda crisis. Pero, además, da la sensación de que también la idea de Europa, el gran proyecto transnacional europeo, hace aguas.

–Es cierto que hace aguas, pero puede tener arreglo. ¿Cuál puede ser la causa? Probablemente la falta de un liderazgo claro es una de las causas de la crisis. La locomotora francoalemana, que habitualmente ha sido la vanguardia de la Unión, ha fracasado, porque no tiene grandes líderes. No lo era Sarkozy, y no lo es Hollande, en Francia; y en el caso de Alemania, solo destaca Merkel, pero no ejerce de líder.

–Quizás el problema radica en que desde la unificación la hegemonía alemana es tan aplastante que no hay contrapesos.

–No, porque la unificación se produce en 1993 y en los años noventa Alemania jugó un papel impecable de líder, con mucho cuidado, preocupándose de no imponer, sino de mandar con otros. Había ideas claras de lo que debía ser el proyecto europeo. Había algo que hacer y Alemania contribuyó de forma extraordinaria. Alemania se europeizó y no germanizó Europa…

–Que es justo lo contrario de lo que está pasando ahora.

–Ahora tampoco es que esté germanizando Europa. Es que ni tan siquiera ejerce sus responsabilidades. Tampoco manda tanto; el problema es que no tiene ideas, solo envía instrucciones, y dice ‘no’ a casi todo. Y luego existe otro problema importante que tiene que ver con el liderazgo. La Comisión Europea, que tradicionalmente ha sido el gran motor de la Unión Europea, está desaparecida en combate. Quienes mandan ahora son los Estados: hay una fortísima intergubernamentalización, una fortísima renacionalización de Europa. Y es peligroso.

Y luego, además, la Comisión Europea tampoco ejerce su otra competencia, que es la del control del cumplimiento. Buena parte de la crisis posiblemente nos la hubiéramos ahorrado si a Francia y a Alemania se les hubiera condenado en 2004 y 2005, cuando incurrieron en déficits excesivos. Eso mismo que luego se ha imputado a Irlanda, a España, a Portugal… Ellos fueron los primeros en incumplir, pero eran intocables.

–Lo que está describiendo revela unas contradicciones graves. Estamos en un proyecto supranacional en el que retornan los sentimientos nacionales, pero en el que, al mismo tiempo, las naciones no tienen armas para intervenir.

–En realidad, las naciones no tienen tan pocas armas. Y esa tensión dialéctica entre lo nacional y lo supranacional ha existido antes y no ha sido mala. A fin de cuentas los intereses europeos hay que definirlos entre todos, no van a ser los de Costa de Marfil los que los decidan. Tiene que haber una dialéctica entre los Estados y las instituciones para buscar ese punto medio que permite ir avanzando en un terreno bueno para el común, pero que no suponga arrasar los intereses nacionales. Y que hasta hace no tanto se había logrado.

Lo que pasa es que en los últimos años todo el mundo piensa solo en sí mismo. Vivimos una etapa muy difícil, quizás porque la crisis es muy fuerte y llevábamos generaciones sin padecer algo parecido.

Con todo, hay que decir que gracias a que existen la Unión Europea, con todos sus defectos, y otras organizaciones internacionales, esta crisis económica brutal no nos ha llevado a una guerra, que es la forma como se resolvían en el pasado estas situaciones. Los 60 millones de parados que había en 1938 se solucionaron con la Segunda Guerra Mundial, que luego conllevó la necesidad de una reconstrucción y una gran efervescencia económica. En el pasado se resolvían las crisis con una crueldad tremenda. Ahora, al menos, vamos aguantando, negociando, pasteleando… pero hemos evitado que esto acabe en guerra.

–La tan denostada Europa de los mercaderes parece más pacífica que la de los militares.

–Está muy claro. La bandera de Europa es una bandera por la que no hay que morir. Hay que luchar dialécticamente, negociar mucho, hablar mucho… pero es el asidero más importante que tenemos. Tenemos que fortalecer Europa. No podemos hundir Europa.

–Quizás la crisis ha puesto en cuestión la idea de solidaridad. Cuando aprieta el zapato dejamos de pensar en los demás, y solo nos preocupan nuestros problemas.

–Pero Alemania hasta ahora había sido muy solidaria. En la década de los noventa tuvo que afrontar unos costes tremendos derivados de su reunificación nacional y nunca dejó por eso de ayudarnos a españoles, irlandeses o griegos. De hecho, los fondos de cohesión se crean en 1992, cuando ya había caído el Muro de Berlín, y esos fondos son los que permitieron a España estar en el euro. Alemania fue muy generosa, y ha sido muy solidaria.

Eso se ha perdido en los últimos cinco o seis años, en los que solo miran para sí mismos. Quizás porque les ha ocurrido a nivel interno algo parecido a lo que nos ha pasado a nosotros con la Transición. La señora Merkel pertenece a una generación que no vivió la Segunda Guerra Mundial, y que no quiere saber nada de lo que ocurrió antes.

–¿Hemos perdido el rumbo?

–En cierta medida la crisis del Tratado constitucional creó un divorcio entre la opinión pública y los Estados. Y luego la gran ampliación de los años 2004 y 2007, que supuso la incorporación de doce Estados, fue una ampliación poco asimilada y que ha creado una enorme heterogeneidad en la UE. Muchos de estos nuevos miembros están más próximos a Estados Unidos que a la Unión, y refuerzan el grupo de Estados poco europeístas que integran el Reino Unido, Suecia y Dinamarca. Por tanto, ese foco, que es una especie de Caballo de Troya dentro de la Unión, se ha reforzado extraordinariamente.

–¿Ha habido demasiada manga ancha?

–Muchísima manga ancha. Hay países que no reunían técnicamente los requisitos establecidos en el Tratado para la integración y se miró para otro lado. Y eso es muy grave.

–¿Cómo entenderlo? Si además la mayoría de estos nuevos socios son países llamados a ser beneficiarios de solidaridad.

–Sí, pero en el diseño global a futuro del siglo XXI esos países nos daban una cierta fortaleza ante el mundo. Hay que tener en cuenta que cerca del 60% del comercio lo hacemos entre nosotros. Una Unión Europea de 27 Estados, o de 30, nos hará muy fuertes en la globalización, si esos Estados caminan en la misma dirección. Pero si empiezan ya a tener tendencias centrífugas… Si les hemos pedido que vengan para fortalecernos y resulta que vienen para debilitarnos… Pero la Unión es generosa. Sabía que iba a costar mucho la ampliación hacia el Este, pero nunca le tuvo miedo. Europa ha sido muy solidaria.

–Economistas como Avelino García Villarejo creen que la crisis española está relacionada con la integración monetaria. A su juicio, España y otros países no cumplían los requisitos.

–El problema es que el diseño del euro se basó en criterios formales. Los economistas no veían claro el euro. Fue una decisión política de los Estados diseñada por juristas. Eso permitió que la mayoría de los países acabaran cumpliendo los requisitos formales y que países como España lo hicieran incluso antes que otros, cuando lo normal hubiera sido que fuéramos los últimos.

Pero los criterios de convergencia real eran otra cosa y lo cierto es que había enormes asimetrías entre unos países y otros, e incluso entre zonas de un mismo país, como Alemania. Y cuando una misma moneda responde a una economía tan diversa termina siendo artificial. Sigue siendo una moneda fuerte, pero con muchas tensiones internas, porque se apoya en economías muy distintas.

–Según Jane Kramer, «la idea de Europa ha ido avanzando sólo en la medida en la que nadie sufriera o creyera sufrir a causa de ella». Pero esto ahora ya no está tan claro. Europa está empezando a ser vista como una carga y un problema.

–Si hubiéramos estado fuera de la Unión Europea probablemente hubiéramos tenido a nuestro alcance la adopción de otras medidas, fundamentalmente monetarias, como la devaluación de la moneda. Pero también es cierto que no hubiéramos tenido el nivel económico que teníamos de partida. La crisis nos ha pillado con un Estado muy desarrollado y la ayuda de la UE ha sido vital para nosotros. Esta crisis, fuera de la Unión, hubiera sido tremenda. De hecho, ahora mismo lo que da miedo es que cualquiera se pueda quedar descolgado.

Porque la UE tiene rigideces, pero fuera, solos, no tenemos ningún porvenir. Pero no solo nosotros. Tampoco Alemania o el Reino Unido. En el medio-largo plazo ningún Estado europeo tiene opciones en este mundo del siglo XXI. La única que puede seguir en el G8 (los ocho más grandes del mundo) en los años 2030 o 2040 es la Unión Europea unida. Por tanto, España fuera de la UE terminaría convirtiéndose en un mediocre y desconocido país. Es más, permítame decirle que España se hunde como Estado si no está en la Unión Europea.

–La actuación de la UE con los depósitos bancarios de Chipre ha dejado mucho que desear. Primero, por incoherencia, y luego por vacilación y falta de rumbo claro.

–El presidente del Eurogrupo tomó una decisión que debía saber que suponía una violación de normas en vigor, como la garantía mínima para los depósitos de menos de 100.000 euros. Se podrá opinar si esa norma es adecuada o no, pero estaba en vigor. Así que se saltaron una norma vigente y que afectaba, además, a las clases más castigadas por la crisis. El viraje ha sido correcto, aunque la imagen que se ha dejado ha sido terrible.

Lo que se desprende de esa decisión es que la Unión Europea no va a volver a recapitalizar los bancos, como sí hizo en 2008, con una serie de ayudas públicas, prohibidas hasta ese momento pero que se autorizaron entonces. El problema es que España no recurrió a ellas porque ocultó el problema de la banca, que es un problema gravísimo, y uno de los muchos debes de la etapa de Zapatero. Pero en Alemania, en Francia, en el Reino Unido se recapitalizaron bancos. El mensaje que lanza ahora la Unión Europea es que eso no se va a repetir, que en realidad es algo que pedía la gente de la calle. A partir de ahora serán los que han depositado su confianza en las instituciones financieras los que tendrán que asumir la responsabilidad de dónde meten sus dineros.

–Tampoco da la sensación de que los ‘rescates’ sean eficaces. Grecia y Portugal no levantan cabeza. Y es paradójico que los países los teman más que los deseen.

–En el fondo un rescate significa que estás hundido y que, para no declararte en quiebra internacionalmente, que es mucho más grave para la población, la Unión está dispuesta a financiarte hasta que salgas adelante. Pero a cambio de unas condiciones que podríamos considerar ‘cláusulas abusivas’, sobre todo porque terminan asfixiando la economía.

Lo que me parece grave es que en Portugal, en España también, y en Grecia, los gobiernos nacionales –no la Unión Europea, que impone objetivos, pero no dice cómo alcanzarlos– se están cargando a las clases medias con las medidas que han decidido tomar. Y las clases medias son la estabilidad de toda sociedad y las que aportan el progreso y garantizan la paz.

–Y ¿qué tendría que haber hecho?

–Las medidas del Gobierno se han concentrado en los funcionarios y en los empleados porque son las más fáciles de adoptar. Pero luego hay una serie de autónomos de cuello blanco, de grandes profesionales liberales, y de empresas, que tienen una gran cantidad de mecanismos dentro de la propia legislación para escaquearse de pagar impuestos.

Esas sociedades ficticias entre matrimonios, que Hacienda permite, suponen que ya no pagan el Impuesto de Personas Físicas, sino el de Sociedades, y se les aplica un tope máximo de un 30%. Como además pueden desgravar muchos gastos, la media se queda en un 13%. Los ricos en España, tanto las clases desahogadas como los ricos y los muy ricos, no pagan más del 12%-13% de impuestos. Como ocurre con las empresas. Es una cuestión de voluntad política. La Unión Europea no dice que haya que pagar por los libros o la cultura el 21%. Eso es un error tremendo.

–También ocurre que nos está tocando tomar decisiones deprisa y corriendo, y cuando eso ocurre lo más fácil es acudir a la llave de paso…

–Es verdad que las urgencias de la crisis exigen tomar medidas con demasiada rapidez, pero también creo que los gobiernos se han basado en sus propias estructuras y no han acudido a la sociedad, donde hay gente muy inteligente y muy preparada. No se ha acudido a los grandes economistas, los grandes fiscalistas, a los grandes expertos, y se han dado muchos bandazos.

Se ha actuado de un modo muy diferente a como se hizo en la Transición, que coincidió también con una tremenda crisis económica. Entonces había un gran vicepresidente económico, Enrique Fuentes Quintana, que ya de por sí era una gran inteligencia, pero que no se bastó a sí mismo y quiso buscar a los mejores. Ahora no hay nadie en este Gobierno, ni en el anterior, ni en mucho tiempo, de la talla de los políticos de entonces. Que no solo eran grandes políticos, sino también personalidades excepcionales, la excelencia de la sociedad. Desde hace ya bastantes años, sin embargo, lo que impera es la mediocridad más absoluta.

–¿Y cómo hemos llegado hasta aquí?

–Es muy difícil saberlo, pero creo que es un efecto de la partitocracia. Los dos grandes partidos (y lo mismo se reproduce en Cataluña o el País Vasco) solo se han alimentado a sí mismos y se han nutrido de sí mismos. No han salido al exterior. Y han hecho de esas dos estructuras algo parecido a lo que era el Movimiento Nacional. Y tratando de copar todo en la sociedad, anulando a todo el mundo, han anulado a las grandes inteligencias del país, con las que no han contado.

–Es difícil ser librepensador en España; existe un alto grado de sectarismo en nuestra sociedad.

–Tiene mucha relación con lo anterior. Los partidos no confían en la sociedad. Tienen mucho miedo de perder poder. En España los partidos son instrumentos para sí mismos, para perpetuarse a sí mismos, y, en buena medida, también para enriquecerse. Pero incluso en aquellos casos en que piensan en el interés público, es un interés público matizado por lo que les interesa a ellos, lo que les permite permanecer, mantenerse y tratar de proyectarse al futuro. No han reconocido el valor de la sociedad y no han querido contar con ella. Solo cuentan con ella de una manera formal, una vez cada cuatro años, en las urnas.

Pero, además, hay instrumentos del poder que han llegado a crear una dependencia del electorado. Hay un voto cautivo clarísimo de mucha gente en España que está anestesiada. Millones de españoles de un lado y de otro que están anestesiados.

–Falta democracia interna en los partidos.

–Los partidos dependen tanto del líder que no son capaces de leerle la cartilla, algo que en el Reino Unido, por ejemplo, le ocurrió a la mismísima señora Thatcher. Thatcher no fue derrotada en unas elecciones: fue su propio partido el que le dijo que tenía que dimitir, al detectar un declive electoral importante. Lo mismo le pasó a Tony Blair. En España no ocurre esto; hay un personalismo tremendo en torno al González, al Aznar o al Zapatero de turno… ¡dependemos de una sola persona!

–Los problemas que sufrimos no pueden desligarse del mundo globalizado en el que vivimos. Una globalización que parecería requerir una autoridad internacional capaz de embridarla, pero que no parece nada fácil de construir.

–El sistema es global, los problemas son globales, pero los medios son locales, siguen siendo nacionales. Ese es el problema y eso genera una clara tensión. Uno de los problemas más graves de la globalización es la falta de gobernanza, que no hay reglas, precisamente porque los mercados, y las grandes empresas, superan a los Estados y establecen sus propias pautas de comportamiento, y luego los gobiernos se encuentran con los efectos que han producido sus conductas. Esa situación es grave.

Los grandes Estados como Estados Unidos China, la India, Suráfrica o Brasil, no aceptan reglas. El único que tiene reglas es la UE. Y además las reglas que nos hemos dado nosotros. Y son reglas que se cumplen y que tienen que cumplir los demás si quieren vender y comprar en nuestro territorio. Con todas sus debilidades, la Unión Europea es el único instrumento político y normativo que hay en la globalización. El único.

–¿Qué papel internacional juega hoy España? Usted ha escrito que fue respetada con González, mantuvo a duras penas su capacidad de influencia con Aznar, y con Zapatero desaparecimos del mapamundi. ¿Y Rajoy?

–Estamos en el mismo lugar que en la época de Zapatero. No hemos avanzado en absoluto. Seguimos siendo un país perdido en el mapa. Esperemos que puedan cambiar las cosas.

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