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«Vivimos momentos virulentos de confrontación. La mayoría de los políticos están haciendo el ridículo»

UN MUNOD QUE AGONIZA

«Vivimos momentos virulentos de confrontación. La mayoría de los políticos están haciendo el ridículo»

Luis Mateo Díez, escritor

10.05.13 - 20:47 -
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«Vivimos momentos virulentos de confrontación. La mayoría de los políticos están haciendo el ridículo»

Ese niño que vivió lo más parecido a la Edad Media en el leonés Valle de Laciana es hoy uno de los narradores más respetados y valorados de España. A su nutrido palmarés, donde ya figuraban dos premios de la Crítica y dos Nacional de Narrativa, sumó recientemente el Francisco Umbral. Pero, por encima de todo, Luis Mateo Díez es un escritor querido por los lectores, creador de una inmensidad de personajes que han cobrado vida más allá de sus obras. En esta conversación habla de la crisis del hombre contemporáneo y de sus desequilibrios. Pero, sobre todo, de ese caudal de buenos sentimientos que alberga el corazón humano y que son, pese a todos los escépticos, nuestra mayor esperanza en estos tiempos duros de desazón e incertidumbre.

–«Andamos angustiados. Vivimos un presente inexistente, el futuro está encima de nosotros y tenemos borrado el pasado». Son palabras suyas que describen con notable claridad el estado de desorientación en el que nos hallamos.

–Un estado de desequilibrio. El presente es inestable, es como pisar sin encontrar el suelo. Todo lo que procede de la revolución tecnológica y de la desaforada marcha de los tiempos es como el futuro que se nos viene encima, sin tiempo para llegar a él; una realidad constantemente cuajada de sorpresas. Y eso hace muy difícil mirar al pasado. El pasado se nos ha alejado muchísimo, hasta diluirse o borrarse; se vuelve frágil. En consecuencia, a veces tenemos la sensación de vivir en una casa que se derrumba sin encontrar sótano donde guarecernos.

Pero, además, padecemos un profundo sentimiento de orfandad, que tiene que ver con la falta de consistencia de un pasado que nos ampare con la herencia de la experiencia. Este es uno de los grandes problemas con los que convivimos hoy.

–Es que el pasado es hoy un valor muy devaluado.

–Se ha devaluado la experiencia, que es lo fundamental que uno puede heredar, porque nutre prácticamente todos los ámbitos de la vida. Cuando tienes una buena herencia parece que tienes una identidad mucho más nutrida por las cosas buenas que se hicieron, y por el conocimiento de cómo se hacen las cosas mal.

–Hay un problema con la herencia. Para poder heredar hay que tener capacidad para reconocer que hay algo heredable, o sea valioso, en ese pasado, aunque sea muy distinto del presente.

–Es que la incapacidad de heredar tiene que ver con la incapacidad de saber heredar, de ser herederos.

El siglo XX comienza con la liquidación del Antiguo Régimen y se desarrolla a través de tentativas muy contradictorias. Auschwitz es un emblema de la liquidación de muchas cosas en la parte honorable de lo que somos. De modo que es fácil entender que haya esfuerzos de olvido, porque pasan cosas terribles, de las que no quieres sentirte heredero.

No hay que ir muy lejos. En España todo el siglo está marcado por una dictadura interminable, por una liquidación despiadada de elementos nutritivos, complejos, de esa herencia a la que todos podíamos acceder. Hay una turbiedad antidemocrática y devastadora en esos años que lo empaña todo. Y, sobre todo, afecta y exaspera todo lo que podía ser la experiencia espiritual, en manos de una Iglesia no ya retardataria, sino aborrecedora de las cosas buenas del corazón humano. Muy despiadada.

–¿Se da este desapego del pasado también en la literatura?

–En mi ámbito literario hay mucha gente joven que confiesa no haber leído a los clásicos y tener un desinterés absoluto por la tradición de la literatura española. Muchos se revuelven contra eso, con una actitud no ya de desdén, sino de ofensiva contra esa herencia. Bueno, a mí esto no me parece nada beneficioso. No concibo que un escritor se instale hoy día en el mundo sin saber que detrás hay otros que se lo han dado casi todo.

–Casi todas las obras valiosas se han hecho tomando en cuenta la tradición, ya sea para refutarla, rebatirla o desmarcarse de ella, pero siempre conociéndola.

–Hay un elemento duro que está en la vida que vivimos y es la arrogancia del ignorante. El ser humano es fascinantemente complejo y estúpidamente complicado. Y ahí surgen pagamientos de uno mismo, y maneras de instalarte con una mirada muy ufana, dispuesta a validar exclusivamente tus credenciales. Pertenece a la condición humana esa arrogancia de la ignorancia, que es como un desplante de la inteligencia ante cualquier otra cosa que generosamente se te pueda ofrecer.

–A lo mejor esto puede ser un efecto secundario no deseado de la generalización de la instrucción, en la medida en la que ha recubierto a muchas personas con un barniz de conocimiento que les impide ser conscientes de lo que ignoran. La base de la sabiduría siempre es el reconocimiento de lo que se desconoce.

–Sin duda. Los continuos planes de enseñanza han generado un sistema educativo tremendamente degradado. ¿Es que no nos podemos poner de acuerdo para saber cuáles son los elementos sustanciales del conocimiento humano? Pues parece que no. Hay muchas contradicciones. Y muchos de nuestros problemas provienen de ahí.

–En realidad el modelo no ha cambiado desde los tiempos de Felipe González. Quizás las buenas intenciones y los idealismos que lo inspiraban no se han concretado en la realidad.

–Ciertamente, no han cuajado. En este problema se ha producido una gran dejación. Me extraña que la programación educativa no esté en manos de los profesores, de los auténticos profesionales de la educación, de quienes se han curtido en el aula. Es a esos a los que yo me dirigiría, porque además hay gente muy entregada a la causa. En vez de eso parece que las decisiones proceden de los ámbitos ministeriales –gobierne quien gobierne– de un mundo de pedagogos encerrados en unos criterios ajenos a la realidad.

–Volvamos a nuestra incertidumbre, porque esa evanescencia en la que estamos instalados nubla el juicio, e invita más bien a pasar por la vida sin hacerse preguntas.

–Estar en desequilibrio genera una nebulosa en el mundo, y conduce a una cierta ensoñación, a una cierta evanescencia, a una falta de vigilia atenta a lo que es la realidad y lo que son las cosas. Es como si estuviéramos nublados por muchos fármacos que nos llevan a esta especie de disolución mental, que, por lo que se ve, tampoco conduce a ningún nirvana. Sino que más bien reconduce a un mal sueño.

Tal vez este exceso de contradicciones, o una percepción de que la vida está llena de intermediarios, que te la predican y te la analizan, puede generar, en un hombre que vive una vida rutinaria, ciertas sensaciones de huida y de reserva. Pero cuando tu conciencia se diluye, y no está activa, y no sabe reforzarse con la voluntad, te conviertes en alguien muy indefenso y frágil.

-Una indefinición que se traduce en la renuncia al juicio. En opinión de Aurelio Arteta, «se ha pasado del fanatismo de la fe de unos pocos al fanatismo de la descreencia de los más». ¿Qué le parece?

-Esto orienta mucho. Pero claro, es el efecto de lo mismo. Una de las cosas que se borran en una situación como la que estamos radiografiando es el juicio, ese acto de voluntad que establece la cualidad del pensamiento personal. En el momento en el que uno toma decisiones alimenta un juicio crítico, una mirada juiciosa del mundo en el que vive.

La cultura del hombre contemporáneo es una cultura pragmática, pero a la vez enormemente fraccionada. En este disolverse se pierden capas cruciales de lo que somos. Y una de ellas es la mirada interior. Esa mirada te puede llevar a una fe, o a la idea de que el ser humano puede basar su trascendencia en la convicción de que, aunque una vez que acabas no hay nada más, tu tiempo en el mundo se justificaría en la bondad de lo que hubieras hecho y en el modo de administrar lo recibido.

–Ha tocado una palabra tabú: ‘bondad’ . El escepticismo en el que nos encontramos afecta de lleno al mundo de los buenos sentimientos (la piedad, la inocencia, la compasión…) que son hoy virtudes bajo sospecha, desacreditadas.

–Son elementos sustanciales del componente humano. Grandes bienes del alma. El problema es que los totalitarismos del siglo XX, que predicaban la búsqueda del bien de la humanidad, fueron grandes demoledores de la bondad. Yo, que creo mucho en el ser humano, pese a que a estas alturas de la vida quizás debería ser más escéptico y descreído, si encuentro algo esperanzador es justamente la confianza en la bondad de las gentes, porque he conocido muchas más buenas que malas. Gentes que creían que una parte sustancial del poso que querían dejar en la vida tenía que ver con la ejecución de sus buenos sentimientos.

Podemos tener sensaciones equívocas de cómo son las cosas, porque las personas buenas son más bien discretas y los que protagonizan la realidad están más bien en el otro conducto. Es un tema de percepción. Pero la discreción es un grandísimo valor, y un elemento crucial de la moralidad, y de la forma de ser de las personas honorables y honradas.

–Pues es un valor que está siendo machacado por cierta televisión, que exalta justo lo contrario.

–Otro de los asuntos cruciales de este mundo complicado es la pérdida de la ejemplaridad. Los modelos de vida siempre son interesantes y se han cultivado a lo largo del tiempo a través de la alta cultura, del refinamiento de la sensibilidad… son elementos que pueden conformar un cierto patrimonio asumible de promoción de una cierta ejemplaridad de comportamientos que hoy tenemos muy malbaratada.

–Por otra parte, a fuerza de estar mirándonos siempre el ombligo terminamos asqueados. Hay un exceso de ego, de individuos instalados en sus torres de marfil. Probablemente se lee poco, porque la literatura ayuda a curarse de eso.

–El arte en general. La literatura y el mundo de la ficción componen ese mundo maravilloso que yo llamo la conquista de lo ajeno. La lectura de las grandes obras clásicas y contemporáneas establece criterios de conocimiento humano, en el caso del pensamiento, y modelos de vida, en el caso de las ficciones. Modelos contradictorios, pero que te pueden dar la medida de la complejidad de lo que somos. Esto cura mucho el ego. Porque los egos solitarios, autosuficientes, arrogantes, componen la parte más ridícula de lo que somos los seres humanos. Cuando conoces a los demás y nutres esa relación con los bienes de la cultura, evitas la autocomplacencia. Adquieres grados de conocimiento.

–El escritor escribe para liberarse de sí mismo, pero idéntico móvil anima al verdadero lector. Necesitamos descentrarnos para encontrarnos, pero lo que hoy se predica es eso de «ser uno mismo». No salir de nuestra jaula mental.

–El alimento de uno mismo está en el conocimiento de los demás. Si todo fuera ensimismamiento serías muy desgraciado. Pero tienes que tener tu propia mirada del mundo y esa es la ganancia que se logra de vivir como se debe.

El escritor es un vividor frustrado. Es alguien que siente que la realidad y la vida dan poco de sí. La creación es un ámbito de libertad poderoso, y de sensibilización de las conciencias. El arte es creativo y procreativo. Es un alimento del espíritu y un placer sensorial. Y en estos tiempos duros que vivimos, es un poderoso refugio. No para librarte de toda la que está cayendo, pero sí para encontrar armas de lucidez y de autodefensa.

–¿Puede ser la literatura un refugio que cree, o recree, lo que cada vez es más difícil encontrar en la vida? Usted ha escrito: «Necesito ver a mis personajes dueños de sí mismos». Pero últimamente no es habitual encontrar eso en el mundo real.

–Cuando trabajas con ficción y con personajes imaginarios el esfuerzo está en que percibas que el personaje creado es dueño de sí mismo, porque esto ayuda a que la gente se adueñe de él. Y aquí está la retribución más hermosa que puede tener un escritor. Todos los grandes escritores han perdido a sus personajes. El gran escritor es un gran perdedor de las vidas que inventa. Es un acto extremo de generosidad. Fíjese adónde se le fue Don Quijote a Cervantes, que no le dejó ni cuatro cuartos de supervivencia. Se hizo un ser infinito, cuando Cervantes era un hombre tan manco y tan mortal.

–Muy importante en su literatura es el sentido del humor.

–Es un gran elemento de lucidez. Y la lucidez siempre da claridad. La lucidez nos hace dejar las cosas en su sitio. Porque en realidad casi todo lo que nos pasa es de risa.

La pérdida del humor sería la liquidación de uno de los bienes mayores que podemos tener los seres humanos. Porque, además, el humor y la ironía, cuando la sensibilidad los utiliza, son reductores de la complacencia y de la arrogancia. La caricatura es una forma de rebajar a esos seres poderosos que andan por ahí más subidos de lo debido.

El humor es también un elemento cercano a la cordialidad. La comprensión está siempre mejor matizada por la ironía y lo humorístico que por la tragedia y lo avieso de una mirada envidiosa y siniestra.

–A lo mejor también tenemos que aprender a perderle respeto al tiempo. En alguna ocasión ha dicho que a usted le gusta maltratarlo.

–El tiempo es un bien del que lo más que podemos decir es que dura muy poco. Pero hacer un empleo cuidadoso del tiempo conlleva un poco de desprecio o de maltrato. No puedes cuidarlo tanto que eso te lleve a ser excesivamente minucioso. No. No es buena la usura del tiempo: hay que ser generosos. Sobre todo en los momentos de relajación, esos momentos en los que el tiempo no tiene por qué tener un sentido, cuando tomas una copa con los amigos, o con tu chica. Ese tiempo no puede tener cortapisas. Y luego la vida dura lo que dura... No te pueden imponer un empleo del tiempo que no te conduzca a un sentido fértil, animoso y agradecido del mismo.

–Intuyo que esto tiene algo que ver con una realidad que la religión había venido articulando en nuestra sociedad, que es la idea del domingo, o del sábado. La separación entre el tiempo de la productividad y el tiempo del descanso.

–Eso lo vivimos también como una gran contradicción. Vivimos sabiendo que el tiempo es oro, porque del tiempo hay que sacar los bienes de la supervivencia, y además en esos bienes hemos llegado a un límite en el que no sabemos diferenciar entre lo necesario y lo superfluo. Esto que se llamaba la sociedad del ocio ha sido un poco engaño porque cuando hay una crisis radical, como la que vivimos, te das cuenta de que el trabajo tiene un valor tremendo. Y cuando no hay trabajo, hay paro, y cuando hay paro, hay desgracia.

Había mucha mercadería con el ocio. La clave está en pensar en lo que necesitas, eso es lo que nos da la medida: las necesidades. Porque si piensas en lo que quieres, ya te puedes estar engañando. Bueno, ahí está la burbuja urbanística, que es una demostración vergonzante de lo que nos ha pasado a todos. Vergonzante. Hay que ser precavido.

–¿Y cómo hay que entender su reivindicación de la rutina como el territorio donde se conoce más intensamente la vida?

–Entre los engaños que nos han intentado vender está la idea de que lo rutinario es empobrecedor, y que lo que hay que hacer es ir a cazar leones al África salvaje. Pero la vida del hombre se vive en su repetición. Vivimos sometidos a hábitos, obligaciones y labores que suceden, vuelven y se repiten. Y en esos tránsitos de lo diario y lo cotidiano es donde hay más posibilidades de conocerse profundamente uno a sí mismo.

Las verdaderas aventuras están en los encuentros y desencuentros que uno tiene. Y eso son las esquinas todavía por doblar del destino de un hombre, citando una frase de Faulkner. En lo rutinario es donde se va consumiendo el hábito de la vida, y también donde surge la expectativa de que eso se rompa.

–Es que en realidad los momentos de gracia, por utilizar una terminología muy querida por el novelista Gustavo Martín Garzo, discurren en ese territorio de lo cotidiano. Cuando nos empeñamos en el viaje a Cancún, o a Irlanda, quizás estamos poniendo nuestras esperanzas en el lugar equivocado.

–De ese tipo de ejercicios es de donde nacen más frustraciones. Lo cual no quiere decir que yo predique la rutina como un elemento de resignación. En absoluto. Yo la predico como un elemento de conocimiento. Y porque creo que las satisfacciones que podemos tener en lo pequeño, en lo cotidiano, tienen mucho que ver con la salvaguarda frente a las desgracias. Lo que más atenta contra nuestro sentido de la vida es la desgracia. Que viene a por ti. La tragedia viene a por ti.

–Como escritor, usted también está comprometido con el hombre concreto, más que con grandes ideas.

–Con el hombre concreto, y con el corazón humano. No hay sociología en mis novelas. Yo, que no he pretendido ser ambicioso en la vida, como escritor sí lo soy, y como escritor ambicioso a mí me gusta escribir para la eternidad. Me gustaría lograr que mis personajes pervivieran en el tiempo mucho más allá de las circunstancias en que surgieron.

Yo estoy muy de acuerdo con un director de cine francés que decía: «A medida que me hago mayor me doy cuenta de que cada vez me interesan más los sentimientos y menos las ideas». Este componente de los sentimientos es fundamental para el buen entendimiento. Pero no para caer en el buenismo y en esas cosas horrendas que nos han predicado últimamente, y que son malformaciones del entendimiento de la bondad como lo mejor que uno desearía para sí mismo y los demás.

–Hay un efecto de su literatura, que es un efecto profiláctico. En un mundo como el nuestro, en el que la política y la ideología invaden nuestras vidas, sus novelas son espacios de remanso.

–Una de las cosas más desconsoladoras de la realidad inmediata son las confrontaciones ideológicas. Daba la impresión de que eso lo teníamos superado y parece que no.

Soy una persona que siempre se ha considerado de la Constitución de 1978 y he comulgado con el mundo de la Transición, y con el modo como una serie de señores responsables se pusieron de acuerdo y dijeron: olvidemos muchas cosas, maticemos algunas, y veamos cómo tiramos para adelante.

Sin embargo, ahora vivimos momentos verdaderamente virulentos de confrontación. Si no fuera tan dramático resultaría risible. Los receptores de todo eso, la gente común, vemos a los políticos como en un escenario, en calzoncillos y haciendo el ridículo. Son como muñecos de cachiporra, sumidos en un permanente pimpampum. Esto está siendo un espectáculo degradado y bochornoso. La mayoría de nuestros políticos son profundamente ridículos.

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