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«Los escraches son el ejemplo perfecto de hasta qué punto el odio es el motor de lo político»

un mundo que agoniza

«Los escraches son el ejemplo perfecto de hasta qué punto el odio es el motor de lo político»

Luis Martín Arias, profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad de Valladolid

26.04.13 - 21:58 -
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«Los escraches son el ejemplo perfecto de hasta qué punto el odio es el motor de lo político»

Prepárense, porque lo que va a leer en esta entrevista le va a sorprender. Profesor de la Facultad de Medicina de Valladolid, no es Luis Martín Arias un médico al uso. Ni tampoco un experto en cine convencional, pese ser docente en la Cátedra de la Universidad y haberse ocupado durante años de la Filmoteca de Caja España. Es más bien un pensador empeñado en comprender la naturaleza paradójica y compleja de la realidad; vocación a la que da rienda suelta como vicepresidente de la Asociación Trama y Fondo. Y es que, por encima de todo, Martín Arias es un hombre preocupado por los diversos pliegues y registros de eso que llamamos el ‘alma humana’, a la que mira a menudo con compasión, pero sin falsa piedad. Su visión de la política y los políticos, la ciencia, la superstición, la ecología, la charlatanería cultural… se desmarca significativamente de los lugares comunes mayoritarios. Él pertenece a esa necesaria estirpe de los que se atreven a pensar por sí mismos.

–De un tiempo a esta parte la política tiene un protagonismo muy marcado en nuestra vida. Casi no hablamos de otra cosa, ni hay aspecto de la sociedad que no se vea filtrado por la ideología de cada cual. ¿Es saludable? ¿Es inevitable?

–No es saludable y es evitable. Explicar cómo hemos llegado hasta aquí es complejo, pero esquematizando mucho podemos decir que la política está ocupando el hueco que ha dejado la religión. La política y la ideología se han constituido en una seudoreligión alternativa. En cuanto a si es contraproducente, creo que sí. Porque así como la religión –y cuando hablo de religión me refiero a la experiencia religiosa auténtica, no a las instituciones religiosas– abre una vía ética hacia el otro, el problema de la política es que se basa en la gestión del odio.

En esto coincido con Carl Schmitt. La política siempre significa señalar quién es el contrario, el enemigo, el adversario… De hecho no hay política moderna sin partidos, sin fracciones que se enfrentan. En este sentido, la política es muy peligrosa.

–El prejuicio, la presunción de intenciones, la descalificación del que piensa distinto son actitudes que han infectado nuestra vida cotidiana con una intensidad desconocida antes. Y no me refiero a los políticos profesionales, sino a la gente normal.

–Así es. En política hay dos agentes en juego: las estructuras, los partidos, los políticos profesionales, por un lado, y luego eso que denominamos el ‘pueblo’, aunque este sea un concepto que no me gusta por evanescente e imaginario. Los dos son peligrosos, pero más el ‘pueblo’ cuando se politiza. El mayor peligro hoy no es tanto la degradación que hayan podido sufrir las estructuras democráticas institucionales, como la politización del pueblo.

–El fenómeno de los escraches, del acoso a políticos del PP en sus casas particulares, ¿hay que interpretarlo en esta clave?

–Es el ejemplo perfecto de hasta qué punto el motor de lo político es el odio, y de cómo este odio conduce directamente a la locura. La agresividad política siempre se basa en el delirio paranoico de que la culpa siempre es del otro.

Wittgenstein plantea algo muy interesante. A su juicio, el punto de fractura que introduce el cristianismo es el ‘yo pecador’, la idea de que el culpable de mis actos soy yo de entrada, y luego, a partir de ahí, podemos analizar qué responsabilidad puede corresponder a otros. En cambio, la política opera justo al contrario: el culpable siempre es el otro y yo soy una víctima inocente.

El escrache es algo gravísimo en tanto que es la invasión de un domicilio particular. Es un ejemplo muy nítido de hasta dónde puede resultar invasiva la política.

–No es una forma de actuar muy distinta de la que practicaban en Alemania las SS antes de la llegada al poder de Hitler.

–No eran las SS, eran las SA, los camisas pardas, el pueblo luchando contra los enemigos del pueblo. Las SS ya supusieron un avance porque eran un cuerpo organizado y con proceso de selección. A las SA en cambio, cualquiera podía apuntarse. En su versión moderna como escrache es un invento que nos ha llegado del peronismo argentino, ejemplo máximo de esos movimientos populistas que están hundiendo a países enteros en América Latina. De ahí hemos importado dos cosas lamentables: esto y los piqueteros.

-Quienes justifican estas protestas destacan que son una forma de expresión de la insatisfacción ante lo que está ocurriendo.

-Es un terreno escurridizo el de la insatisfacción. Recientemente hemos conocido la Encuesta de la Fundación BBVA y algunos de los datos que revela son muy preocupantes. España es uno de los pocos países de Europa donde una mayoría social cree que el salario no debe estar en relación con el esfuerzo, sino que debe ser equilibrado. ¿Qué podemos esperar de un país donde se cree que debe ganar igual el que se esfuerza y el que no? Esto no se da ni en países socialdemócratas como Suecia o Dinamarca. La misma encuesta revela que aquí la mayoría es partidaria de que sea el Estado el que resuelva sus problemas en vez de implicarse con otros para intentar arreglarlos. Esto es puro franquismo sociológico. Después de tantos años no hemos salido de ahí.

-Pero hay un problema de fondo, el de los desahucios.

-Yo no estoy a favor de una ley general que atienda por igual algunas situaciones particulares que efectivamente sean merecedoras de ayuda y la de quien se metió alegremente en una hipoteca que le superaba y a la que nadie le obligó. En Alemania, que es un país mucho más rico que España, el 60% de la población no tiene casa propia. Hay que responsabilizarse de los propios actos.

–Antes indicaba que le preocupaba más la politización social que la degradación de los partidos, pero esto también es grave; no vamos a quitarle importancia…

–Hasta cierto punto. En esto soy un disidente. No podemos pedirle ética a la política profesional cuando está gestionando el odio. La mesura y la sensatez sí serían, en cambio, categorías exigibles. Hay una película que explica esto: ‘Lincoln’. Steven Spielberg cuenta cómo Lincoln corrompió y compró, con dinero y cargos, los votos demócratas que necesitaba para sacar adelante la enmienda que abolía la esclavitud en Estados Unidos. Y no solo eso, sino que prolongó artificialmente la guerra civil, cuando ya se habían rendido los confederados del Sur, provocando miles de muertos más, para ganar tiempo y poder aprobar esta ley.

–Entonces, ¿vale todo?

–No, por supuesto que no. La película lo plantea muy bien. En este caso está en juego la aprobación de la ley más importante del siglo XIX.

–La política también es preocuparse por cuestiones como la justicia o la solidaridad.

–Como ideales políticos son peligrosos y confusos. Esas grandes palabras no las inventó la política. Vienen del cristianismo, la filosofía griega y el derecho romano. Son ideales valiosos en el ámbito social, pero en el político siempre enmascaran algo que tiene que ver con el ataque a alguien. Siempre hay un enemigo; ese es el problema. Y, además, no conviene olvidar que invocar ideales no solo no garantiza avanzar, sino que puede significar retroceder. Si fuera por lo que dice, el comunismo sería perfecto, pero en realidad ha sido una de las prácticas más diabólicas que han existido. Las ideologías no hay que juzgarlas por su discurso, sino por sus hechos. En política hay que ser muy pragmático y tener en cuenta lo que funciona y lo que no.

–Nos invaden los prejuicios. Hace unos meses presencié cómo un responsable universitario presentaba a un conferenciante y destacaba como parte de su currículum que era de izquierdas. ¿No es un poco sorprendente esto en la Universidad?

–Bueno, es que no hay nada más politizado actualmente que la Universidad, cuando debería ser lo menos. En la Universidad española los piqueteros han perseguido a conferenciantes, como Rosa Díez y otros, hasta impedirles hablar. Es lamentabilísimo. Pero, además, ahora para hacer un máster tienes que firmar un documento en el que aseguras que tu proyecto se atiene a la Ley contra la Violencia de Género, lo que es una clarísima invasión.

Pero es que lo segundo más politizado en España es la enseñanza media. Los que enseñan a niños y a adolescentes son justamente los más infectados por el virus de la política. Es uno de los grandes problemas que tenemos, desde mi punto de vista.

–Pero ¿es posible hablar de lo social sin expresar un punto de vista político? ¿Es posible esa profilaxis que está sugiriendo?

–Por supuesto. Si no lo fuera, estaríamos apañados. La forma de no caer en política es ser riguroso, hacer ciencia. O, en el campo de las humanidades, estudiar la subjetividad basándose en textos y mediante un trabajo serio y meticuloso. La auténtica creación artística es también otra forma de eludir la ideología.

Y ahí llegamos al tercer ámbito más politizado de España: el de las prácticas culturales: el cine, pero no solo él. La mayoría de las presentaciones de libros, o de exposiciones, se hacen en función de la ideología del que las protagoniza. El problema es que todo este discurso termina siendo charlatanería, palabrería, sin ninguna trascendencia intelectual, científica ni estética, pero que impide que haya espacios al margen, porque lo ocupa todo.

Eso que se llama el ‘compromiso’ no es sino una forma de enmascarar la politización de algo que no debería estar politizado. No solo eso, sino que el arte y la cultura están entre los pocos ejemplos que tenemos de una actividad humana seria y rigurosa que se salva del odio al otro.

–Esto no solo ocurre en el mundo del cine o la Universidad. Cada vez es más difícil encontrar espacios sociales donde sea posible desarrollar una actividad que no esté condicionada o comprometida por una visión ideológica. Empieza a ser un poco asfixiante esto…

–Asfixiante totalmente. Nunca ha habido una sociedad tan politizada como esta. No se permite la más mínima disidencia en los temas políticamente correctos. Y la política lo invade todo: el mundo de los niños y los cuentos, las fiestas populares, la familia, la intimidad…. Espacios que antes estaban a salvo, incluso en los periodos de mayor fanatismo. Ahora no, ahora hay una enorme necesidad de imponer los propios prejuicios e ideologías.

–La prohibición de los toros es un buen ejemplo.

–En España siempre ha habido personas que los querían prohibir; lo novedoso ahora es que esta posición tenga tantos seguidores. Tenemos a media España deseando prohibir algo a la otra media. Sorprende la cantidad de gente que está del lado de la prohibición y que disfruta con ella.

–¿Es esto una falla en nuestra actitud democrática? Fernando Savater explica que la cultura democrática implica convivir con comportamientos que uno desaprueba.

–En realidad yo creo que esto lo promueve la democracia; de la que, por descontado, soy totalmente partidario, que quede claro. Pero, por su dinámica interna, la democracia genera división. Ahora bien, la solución a esto no es ‘más política’, sino al contrario, que haya espacio para otras cosas. Porque cuando la democracia ocupa todo, la dinámica del enfrentamiento invade la vida social y lleva a la violencia y a la degeneración del sistema.

–Muchos de los que nos lean pensarán que todo es política y que hablar de no politización es un eufemismo tras el que se esconde una ideología de derechas.

–No es la primera vez que me lo dicen y yo siempre contesto lo mismo: sí, en efecto, todo es política, pero hay cosas más políticas que otras. Un experimento científico podrá enfocarse desde un punto de vista político, pero tiene mucho menos de política que una opinión basada en ningún dato y apoyada en prejuicios. Y, por supuesto, todas las obras de arte contienen una parte política, una parte ideológica, pero lo que caracteriza a las grandes obras de arte es que se superponen a la política. Por eso pueden ser leídas dentro de mil años, o dos mil, cuando ni siquiera sepamos qué conflictos había cuando se produjo esa obra. Porque hay algo que trasciende eso. Sí, todo es político, pero no es lo mismo que sea un 1% que un 100%. No es lo mismo hacer una exposición sobre anarcosindicalismo en un instituto que una exposición sobre cómo mejorar la comprensión de las matemáticas. En esto también hay política, pero menos.

–La tradición filosófica griega parecería dar la razón a los partidarios del ‘compromiso’. Los griegos llamaban ‘idiotes’, el antecedente de nuestra palabra ‘idiota’, a quienes no se metían en política y se ocupaban solo de sus asuntos.

–Esa es una traducción que ha puesto en circulación Fernando Savater en España y con la que no estoy de acuerdo. ‘Idiota’ en sentido etimológico es el que se ocupa solo de lo suyo, solo de su yo –que efectivamente es lo más idiota que existe– y que se despreocupa del otro. Ahora bien, suponer que la única forma de preocuparnos del otro es la política es mucho suponer.

Es más, es un error, porque en la política nos preocupamos del otro para machacarlo, insisto. Lo que hace la política siempre es señalarnos el enemigo hacia el que podemos desplazar nuestro odio. Y para ello lo mejor es hacernos la víctima. Un ejemplo perfecto, volviendo al cine, es Tarantino. Elíjase a una buena víctima y un marco adecuado (las mujeres maltratadas por el machismo, las víctimas de los nazis o los negros en la época de la esclavitud) y a partir de ahí, dentro de ese marco, está permitido cualquier sadismo, cualquier exceso de violencia o de sangre. ‘Django’ es una continua reivindicación del goce sádico de la violencia, pero como la protagonizan las víctimas, que son los negros… el marco te legitima para disfrutar agrediendo al otro.

–Entonces, ¿quién es el idiota?

–El idiota no es el que elude entrar en la dinámica del odio al otro, y de señalar un enemigo; en absoluto. El idiota es el narcisista, el que está imbuido de su yo. El idiota es aquel que no asume ningún compromiso familiar, por ejemplo, porque es incapaz de salir de sí mismo y entregarse al otro, a su pareja, a los hijos. Precisamente salir de la política es buscar la vía ética hacia el otro, que es lo realmente difícil en la vida, y que solo es posible fuera de los marcos políticos. Esto lo afirmo con contundencia.

–Tampoco le resultará extraña la crítica que vincula cualquier intento de despolitizar la sociedad con regímenes como el franquismo. Supuestamente esto es lo que hacía Franco, sacar la política de nuestras vidas.

–Lo que plantea es interesante. El totalitarismo a lo largo del siglo XX ha sido justamente el resultado de un rechazo a la violencia generada por las fracciones, por los partidos, por la lucha de clases. Ha sido un intento de anular eso, anulando al ‘pueblo’. Pero caemos en un mal mayor, porque anulamos la libertad.

El problema del totalitarismo es que establece la invasión de la política, de otra política, en la sociedad y totalmente. El franquismo no se conformó con eliminar los partidos políticos y despolitizar, no. Prohibió el Carnaval, prohibió fiestas taurinas y populares, se metió en la alcoba a regular la sexualidad de los españoles, se metió en la familia… al ocupar totalmente la sociedad, es lo más político que hay. Es la paradoja: cuando uno quiere salir de la política mediante la política acaba en lo más político que hay, que es el totalitarismo. Y cuidado, que eso puede pasar ahora en Italia con los movimientos antipolíticos.

–Deduzco que Beppe Grillo no le genera ninguna esperanza.

–¿Beppe Grillo? ¿Un tipo que llama a no vacunar a los niños, que dice que los tratamientos antitumorales son un invento de las compañías farmacéuticas y que la gente con cáncer no debe tratarse, que el sida es una invención, que la culpa de todo esto la tienen los judíos…? Que a ese señor le haya votado el 30% dice a las claras lo peligroso que es el ‘pueblo’ cuando se pone a hacer anti política. Lo digo claramente: prefiero cien veces a los políticos profesionales –que al fin y al cabo tienen sus intereses y se mueven en un ámbito más regulable– antes que a ese pueblo antipolítico, que está del lado de lo totalitario.

–Entonces, ¿qué hacemos con la política?

–La política no se puede ni se debe anular. Siempre que nos ponemos por encima de ella e imponemos algo que la sustituya terminamos en un movimiento totalitario, ya sea de extrema derecha o de extrema izquierda. En cierta forma la política es como una leprosería, por eso hay que tener cuidado con ella y mantenerla vigilada. Y por eso yo a los políticos les pagaría mucho más de lo que ganan.

Podemos idealizarla y quedarnos tan contentos, pero lo real de la política es que tiene que gestionar los bajos fondos del ser humano. Por eso a mí el político profesional me merece todos los respetos. Eso sí, al que se pruebe que ha sido corrupto o ladrón, un castigo ejemplar, porque maneja dinero público.

Yo abogo por despolitizar la sociedad, sí. Pero no planteo eliminar la política. La política va a estar siempre ahí. Pero en el sitio donde debe estar, y con los límites que debe tener.

–Entonces, para que quede claro, ¿cómo articulamos la necesidad de la política de una formula no tóxica?

–La política más adecuada es la más aburrida, la que tiende a desactivarse a sí misma. Cuando la gente se aburre y no va a votar es una buena señal. Para mí ese es un indicador estupendo. El indicio de que algo no funciona es cuando hay tensiones y masas chocando en las calles. La política debería ser una gestión racional de las cosas.

Creo que vivimos en la mejor sociedad que ha conocido el ser humano. Dando eso por sentado, se trataría de perjudicarlo lo menos posible. Pero a mí lo que me preocupa es garantizar la existencia de un contrapeso de la política en el ámbito de lo social, del pensamiento científico y de las prácticas artísticas.

–Y en este contexto, ¿cómo articulamos la participación política de la gente que no se conforma con votar una vez cada cuatro años? Movimientos como el 15-M nacen de esa necesidad.

–Me parece bien que la gente participe como quiera o pueda, pero dentro de los límites legales. ¿De qué hablamos cuando hablamos de participación? ¿De cortar el tráfico, de los escraches? No me convence un tío que sale un día a la calle a dar gritos. A mí el que me convence es el que lleva diez años trabajando desinteresadamente para organizar actividades culturales en el colegio. O en cualquier asociación o espacio social. Sin embargo, paradójicamente, España, que es uno de los países donde más protestas hay, está también entre los países donde existe menor implicación ciudadana en la vida social.

Esta es la diferencia. En lo social no funciona el odio, sino un deseo de ayudar a los demás, de sacrificarse por los otros altruistamente. Pero el amor al prójimo exige un esfuerzo, un sacrificio. Así que si buscas fomentar el deporte en la escuela, o las actividades culturales en tu barrio te ves solo, no participa nadie. La cosa cambia si convocas una marea verde contra el PP. El odio es una cosa muy elemental y poderosísima. Mueve montañas y no requiere demasiado trabajo.

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