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Donde se rompe la meseta

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Donde se rompe la meseta

Autilla del Pino es un buen punto de partida del recorrido por los paisajes de históricas villas

19.04.13 - 12:42 -
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A escasos kilómetros de distancia de su alargado casco urbano, la capital palentina tiene una serie de acogedoras perspectivas paisajistas y conjuntos urbanos históricos, que si bien no han pasado desapercibidos para los viajeros foráneos que nos visitan, son mayormente desconocidos –por eso, por su relativa proximidad– a los inquietos ‘correcaminos’ autóctonos.

El borde norte de los Montes Torozos, hoy más bien páramos desolados –pues han perdido gran parte de su cobertura vegetal de gran porte– acogen a una serie de villas y antiguos despoblados medievales, en muchos de los cuales todavía se mantiene el vocablo de origen árabe de ‘alcor’ (al-qur = el otero), que en cierto modo define una gran parte de los paisajes que por este territorio nos vamos a encontrar.

Los Montes Torozos y los Alcores palentinos son una estrecha franja, ubicada en la parte suroeste de lo que es el plano provincial, dentro de la cual se produce el rompimiento orográfico de la meseta parámica, con la gran inmensidad de la Tierra de Campos palentina. Aprovechándose de ese desnivel, los paisajes se convierten en verdaderos balcones, desde los cuales y casi a vista de pájaro, podremos ver desparramados por las campiñas terracampinas, muchas de las históricas villas en las que se fraguó la más antigua historia de Castilla y León.

La cercana villa de Autilla del Pino es un buen punto para iniciar este recorrido por los Torozos y los Alcores palentinos. Su mirador natural sobre la Tierra de Campos es un lugar de obligada visita. Quien no haya disfrutado de una puesta de sol en el Mirador de Autilla en una tarde de verano o de invierno, no sabe a ciencia cierta de lo que es capaz de regalarnos todavía la naturaleza. El barrio de bodegas trogloditas que se instala a sus pies es otra curiosidad más a unir a su entorno urbano.

No lejos de allí, queda Paradilla del Alcor, hoy finca particular, en la cual es de lamentar el ruinoso estado en el que se encuentra su recogido y pequeño castillo, junto con su recinto murado. Un poco más allá, localizaremos Paredes de Monte, lugar dependiente del término municipal de Palencia. Su iglesia de Santiago Apóstol es románica de finales del siglo XII, conservando en su interior unos bellos capiteles de esa época y un Cristo gótico del siglo XIV.

El arroyo del Valle

Cuatro pasos más y estaremos en Santa Cecilia del Alcor, donde nos llamarán la atención su barrio de bodegas y las viviendas rupestres excavadas en el borde del páramo que dominan al caserío, algunas de las cuales se mantuvieron habitadas hasta épocas relativamente recientes. El arroyo del Valle atraviesa su constreñido casco urbano, y en el centro del mismo, destaca su iglesia parroquial del siglo XVI.

Y cuando ya enfilemos hacia Ampudia, la más importante villa en este recorrido por los alcores terracampinos, entre medias dejaremos los antiguos despoblados medievales, y hoy granjerías, de Rayaces, Monte la Torre, Dehesilla y el Santuario de la Virgen de Alconada. De su devenir histórico han quedado en el pueblo buenos ejemplos monumentales, pues toda ella es una de las mejores muestras de lo que fueron las grandes pueblas medievales terracampinas.

Aparte de sus llamativas y sorprendentes calles porticadas o posteadas en ambas manos, que convierten Ampudia en uno de los mejores ejemplos y muestrarios urbanos de la arquitectura tradicional castellana, sobresale sobre su dilatado caserío, la soberbia mole constructiva de su castillo-alcázar, así como la airosa y espigada torre de su Colegiata de San Miguel, a la que hace compañía su Museo de Arte Sacro, que bien merecerá también una visita.

A escasos tres kilómetros de Ampudia, también podremos visitar la pedanía de Valoria del Alcor, que conserva una recogida iglesia románica del siglo XII dedicada a San Fructuoso, y desde aquí iniciar el regreso hacía Torremormojón, donde si somos capaces de ascender hasta las ruinas de su castillo, podremos disfrutar otro excelente mirador sobre la Tierra de Campos palentina.

Sobre el desparramado caserío de adobe y tapial de la villa, la cual llegó a tener una buena aljama judía, sobresale la apuesta y monumental torre románica de seis cuerpos de su iglesia parroquial de Santa María del Castillo. El resto del templo es un soberbio edificio construido en excelente cantería en el siglo XVI, en cuyo interior destaca el magnifico retablo mayor plateresco de Juan de Valmaseda. Un bello tríptico conocido como «el retablo del maestro Calzada» y que otros mas atrevidos atribuyen a Juan de Flandes, dos tablas que representan a Santa Lucia y Santa Catalina y otro de Juan de Villoldo, así como pintura del juicio final de Valentín Díaz (siglo XVII).

La senda de la Guindalera

Próximo a la plaza del pueblo, resisten al paso del tiempo los restos de la iglesia del convento de dominicas de Santa María de la Piedad que existiera en la villa hasta el siglo XVI. En los arrabales del pueblo, siguiendo la senda de la Guindalera, que suele ser el ultimo camino que recorren los torrejanos, se puede ver un excelente conjunto de palomares cilíndricos, de los más representativos de este tipo de edificaciones tradicionales de la Tierra de Campos palentina.

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